En los últimos días ha sido noticia el levantamiento del embargo armamentístico, que ha llevado a cabo el presidente Obama y que pesaba sobre Vietnam. 

Esta república del sureste asiático asestó a Estados Unidos su primera derrota bélica, lo que causó el comprensible trauma nacional. 

La guerra –anterior– de Corea no concluyó en victoria, pero, al menos, la situación quedó en tablas. Tampoco ha existido triunfo en Irak y Afganistán, pero el derribo de la estatua de Saddam Hussein y lo lejano de los escenarios han aliviado la imagen de fracaso. No pasó lo mismo en Vietnam.

Con ese trasfondo, no sorprende que vuelvan a repetirse los discursos que acusan a Obama de paloma, de débil o incluso de traidor. 

Calificar a Obama de paloma es un disparate siquiera porque nadie que bombardea siete naciones en sus cinco primeros años de mandato puede serlo.  Personalmente, estoy convencido de que la posteridad juzgará la política exterior de Obama más positivamente que millones de sus contemporáneos. 

En aquellos aspectos en que Obama siguió una política agresiva, como en Ucrania o en la primavera árabe, su política exterior ha sido un fracaso.  En el caso de Ucrania, porque Putin no tiene la menor intención de permitir que Rusia se vea cercada por mucho que así lo desee la Casa Blanca y, en cuanto a las primaveras árabes, porque la política iniciada por Brzezinski de utilizar al islam para avanzar los intereses de los Estados Unidos, ha demostrado ser desastrosa por más que el conocido polaco, a pesar de Al Qaida e ISIS, siga jactándose de ella. 

Sin embargo, donde Obama se ha despegado de la política seguida en las últimas décadas, especialmente por Bush hijo, los resultados han sido mucho mejores. 

Por ejemplo, el establecimiento de un equilibrio entre Arabia Saudí e Irán ha sido muy inteligente especialmente tras el caos derivado de la invasión de Irak.  Lo mismo podría decirse de su política en Extremo Oriente relacionada con una China que apenas llama la atención del americano medio, salvo para protestar por las corporaciones que han abandonado el suelo patrio para asentarse en el del gigante asiático. 

Obama ha ido estableciendo un cerco a China y aquí es donde el levantamiento del embargo armamentístico a Vietnam cobra sentido.  En 1979, el general Giap, vencedor de los ejércitos francés y estadounidense, regresó de su retiro para derrotar a una China irritada porque los vietnamitas habían acabado con el régimen genocida de Pol Pot en Camboya. 

Para sorpresa de todos, aquellos vietnamitas que habían logrado expulsar de su territorio al tío Sam tuvieron el mismo éxito frente al tío Mao.  Durante años, y a medida que China ha ido convirtiéndose en un coloso, Vietnam ha ido mirando con suspicacia a su antiguo enemigo.

Ahora Obama le ha comunicado que permitirá que sea armado frente a China. Por muchas vueltas que se le quiera dar, se trata de un paso inteligente.  El imbatido enemigo va camino de transformarse en aliado.      

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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