Ocho años habían transcurrido desde que visité Montevideo. En aquella ocasión me encontraba flaco y asustado porque me habían operado del conducto biliar en Miami y el médico me había cortado el páncreas por error. Llegué exhausto, me alojé en el Belmont, pasé unos días lánguidos sin salir casi del hotel y luego me llevaron a la casa de campo de Shakira, en el balneario de José Ignacio, donde me entregué al hábito que mejor cultivo, el del reposo y la contemplación de los árboles. De ese viaje me quedaba el recuerdo de haber retozado en el mar de José Ignacio, y también en las playas de La Pedrera y La Paloma, contrariando al médico que me dejó salir del hospital, a condición de que no tomara ningún avión. Le mentí, por supuesto, porque eso es lo que soy, un escritor, un mentiroso profesional.

Ahora viajaba con mi esposa, que parece mi hija, y mi hija, que parece mi nieta. Ya no sé viajar solo, me entristece profundamente alejarme de ellas. En abril mi esposa y yo viajamos a Barcelona por Sant Jordi y extrañamos tanto a nuestra hija, y lloramos tanto viéndola sollozar en Facetime, que nos prometimos nunca más dejarla en casa para salir de viaje: si ella no podía venir, entonces no viajaríamos. Esta vez faltaría a clases en el colegio, pero yo pensaba que aprendería mucho más viajando con nosotros que asistiendo a la escuela, así que conseguimos una excusa médica alegando dolencias y afecciones ficticias y justificamos de ese modo su ausencia. Al subir al avión e instalarnos en nuestros asientos, una mueca de disgusto se dibujó en nuestros rostros: el vuelo directo lo haríamos en una aeronave tan antigua que uno se sentía agraviado, estafado. ¿Por qué a Buenos Aires y Santiago esa aerolínea enviaba sus aviones modernos, y a la discreta Montevideo despachaba una chatarra? No nos pareció justo y estuvimos a punto de bajarnos, pero por fortuna nos resignamos a volar incómodos nueve largas horas y nos abrazamos a la fe de que, sorteado ese primer escollo, seríamos felices en Montevideo.

No nos equivocamos: fuimos tan felices en Montevideo aquellos cuatro días de invierno que hubiera sido un error desertar solo porque el avión era una lata vieja. Al llegar al Sofitel, un edificio bellísimo frente al río de la Plata, Luciano Fontana, el gerente, nos recibió con modales exquisitos, nos convidó el desayuno y le dio regalos a nuestra hija. Elegante y señorial, el hotel era un auténtico palacio en la arena, el antiguo Hotel Casino Carrasco, una joya arquitectónica inaugurada en el verano de 1921, remozada íntegramente en años recientes, y reabierta con todo su esplendor y detalles modernistas en marzo de 2013. Con la proverbial hospitalidad uruguaya, nos dieron dos suites preciosas, conectadas interiormente, donde nada perturbó nuestro sueño profundo, desmesurado, el sueño del viajero que siente merecerlo.

Como en mi visita anterior me había ocurrido el percance de que, viajando en taxi por la Rambla, el conductor chocó, dándome solo un buen susto sin provocarme daños ni lesiones, y como ahora me acompañaban mi esposa y nuestra hija, tomé la decisión de alquilar un auto grande, confortable. En estos tiempos, con Google Maps y Waze indicándote las rutas más convenientes en el teléfono móvil, uno puede manejar sin perderse en cualquier ciudad, y entonces nos conducimos con absoluta destreza, como si fuéramos locales y no forasteros, tomando las rutas más cortas, menos congestionadas, paseando por Montevideo con la comodidad de no depender de un taxi ni un chofer. Todo nos pareció muy bonito, pero el barrio que más nos gustó fue sin duda el de Carrasco, donde estaba nuestro hotel, donde se hallaba también el Belmont, y si bien paseamos por la Ciudad Vieja y el puerto, y por barrios tan estimables como Punta Carretas y Pocitos, nada nos maravilló tanto como ciertos secretos bien escondidos del barrio noble de Carrasco, donde se erigen algunas de las casas más lindas de la ciudad, muchas de ellas embajadas, consulados o mansiones de futbolistas que triunfan en Europa.

El primer secreto celosamente custodiado, esquivo a los turistas, compartido por un puñado de nativos, vinimos a descubrirlo gracias a la intervención decisiva del azar: llegamos a almorzar al Café Misterio a las tres de la tarde, y nos dijeron que la cocina ya había cerrado, y entonces caminamos media cuadra y nos encontramos con un restaurante pequeñito, casero, sin grandes aspavientos, de pocas mesas, casi el garaje de una casa reconvertido en comedor, y nos acomodamos en una mesa adentro, porque hacía frío, y tres señoras nos saludaron con cariño, pues nos habían reconocido de la televisión. El lugar se llamaba Lo de Carola: todo lo que comimos y bebimos (sopas, pasteles de espinacas, milanesas, limonadas con menta y jengibre) nos pareció absolutamente delicioso, insuperable, de ensueño, y por eso volvimos al día siguiente y subsiguiente, y nos atendieron tan amablemente y quedamos tan contentos que decidimos que allí almorzaríamos todos los días que pasáramos en la ciudad. Estaba en la calle Costa Rica, a media cuadra de la plaza del Canario, y sería un crimen de lesa humanidad que pasaran por Montevideo sin visitarlo: lo dice un glotón y un sibarita como yo, que almuerza y cena todos los días en restaurantes, dondequiera que esté.

Desde luego comimos también en otros lugares de Carrasco, pero ninguno como Lo de Carola. Sin embargo, el penúltimo día, cumplida ya la agenda de entrevistas y charlas en la feria del libro, descubrí, echándole aceite al auto en el concesionario alemán, que, no muy lejos del hotel, había un salón de té, rodeado de un vivero, que, desde afuera, parecía precioso, irresistible: el Lavender Tea Room. Llamamos y tratamos de hacer reservas, pero nos dijeron que estaban copados y no había mesas. No por eso nos desanimamos: teníamos ganas de tomar el té con la sensualidad y la exuberancia con que se lo puede tomar en el Alvear, y entonces, aun sin mesa reservada, nos presentamos y esperamos a que se desocupara una mesa. El lugar estaba lleno y no había hombres: todas eran señoras guapas, refinadas, elegantes, que me recordaban a mi madre, y hablaban casi susurrando, en voz baja, conspirativa, y tantas mujeres distinguidas tomando el té resultaban un deleite de mirar. Además, el salón estaba rodeado de un vivero que, entre otras flores, exhibía claveles, lirios y hortensias, orquídeas, malvas y jazmines, y mientras esperábamos a que nos sentaran, mi hija y yo paseamos por el vivero, contemplando las flores, oliéndolas, tocándolas. Yo no era ajeno al lenguaje inescrutable de las flores porque mis hijas mayores crecieron en una casa en medio de un vivero en Lima, y caminar por los senderos del Lavender Tea Room me recordó al jardín sobrecogedor del escritor Pablo Simonetti en Zapallar y me hizo escribirle un correo a mi madre: “Quiero comprarme una casa en el campo y tener un jardín muy grande, lleno de flores de todos los colores”. El servicio completo de té incluía cuatro sandwichitos de miga, dos medialunas calientes, dos scones, mantequilla y mermelada, jugo de naranja y todo el té que uno quisiera. Fue una absoluta delicia, al punto que, terminado el primero, pedimos uno más. Lamenté que mi madre no estuviera con nosotros, el lugar era perfecto para ella. Si pasan por Montevideo, separen un par de horas y vayan al Lavender Tea Room: no se arrepentirán, el olor de las flores y la compañía de tantas personas amables los llevará a un lugar impreciso en el tiempo, allí donde los relojes se detienen y la felicidad es tan intensa que uno tiene ganas de disculparse con los desdichados.

Ya en el vuelo de regreso a Miami, me di cuenta de que no habíamos fumado la marihuana fresca que compramos en la Ciudad Vieja, al lado del restaurante Jacinto, en la calle Alzáibar, y que, por distraído, todavía llevaba en uno de mis bolsillos, guardada en un pastillero de plástico transparente. Se suponía que Miami era el primer mundo y Montevideo el tercer mundo, pero el temor de que la intolerancia policial tercermundista de Miami me confiscara la hierba y me arrojara a un calabozo me obligó a tirarla al inodoro del avión y verla desaparecer, succionada por una ráfaga de aire sonora. Ese fue, a no dudarlo, el momento menos feliz del viaje, y al llegar a casa mi esposa me amonestó por no haber tenido el coraje de pasar los controles aduaneros con tres cogollos de marihuana en mi chaqueta.

Nos hemos prometido que volveremos a Montevideo en enero, de camino a José Ignacio, y que dormiremos en el Sofitel, almorzaremos en Lo de Carola y tomaremos el té en el Lavender Tea Room. No me digan después que la felicidad no existe.

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