CIUDAD DE MÉXICO.- No importa la edad, el sexo o la nacionalidad: los rostros de los desaparecidos en México son muchos, desde el adolescente en Veracruz que fue a una fiesta con sus amigos, hasta el salvadoreño que buscaba llegar a los Estados Unidos por mejores oportunidades de empleo.

"México es un cementerio de migrantes", dijo la hondureña Ana Enamorado, miembro de la Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos, que reúne a mujeres de Centroamérica en busca de sus hijos perdidos en tierras mexicanas durante su camino a la frontera norte.

Con fotografías de sus familiares en mano, carteles y lonas con decenas de nombres inscritos, la Caravana llegó a la Ciudad de México, donde fue recibida entre arengas y aplausos por colectivos mexicanos de personas que se encuentran en una búsqueda muy parecida.

"Llevo siete años buscando a mi hermano Miguel", contó a dpa Rosa Rojo, natural de Culiacán, en el estado norteño de Sinaloa. Su hermano tenía 46 años cuando salió de su casa para visitar a su pareja. "Ese mismo día, en la noche, su hija recibió una llamada muy extraña de él, diciendo que salía con unos amigos. Fue lo último que supimos", narra.

Desde entonces ha buscado a Miguel tanto en Sinaloa como en otros estados de México junto al colectivo "Voces unidas por la vida", con los que incluso ha encontrado fosas clandestinas en lugares como Veracruz, en el este del país.

De acuerdo con Amnistía Internacional (AI), en México existe una epidemia de desapariciones alimentada por la "incompetencia e inercia" de las autoridades. La organización defensora de derechos humanos calcula que la cifra de desaparecidos en la última década asciende a 27.000, aunque algunos otros hablan de más de 30.000.

Muchas de las desapariciones, tanto de mexicanos como de extranjeros que se internan en el país para cruzar a Estados Unidos, son causadas por la violencia desatada por el crimen organizado, aunque también hay otros factores, como funcionarios corruptos, la complicidad entre algunos miembros de las fuerzas de seguridad y grupos delictivos, así como el uso excesivo de la fuerza.

La organización Open Society Justice Initiative presentó en junio un informe en el que señalaba que entre 2006 y 2015 más de 150.000 personas fueron asesinadas en México tanto por el crimen organizado como por las fuerzas militares.

Esa información y la de AI se ve reflejada en casos como el de los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos en 2014, en el estado de Guerrero; las fosas con más de 100 cadáveres encontradas en Tetelcingo, en el estado de Morelos; los casos de jóvenes desaparecidos en Veracruz, entre otros.

"Uno ya no sabe en quién confiar, porque bien pueden ser los delincuentes y narcos los responsables, como los mismos policías", sostiene Rojo, quien además señala que denunciar la desaparición de un ser querido casi no sirve para nada "porque las autoridades no hacen caso". Una queja constante entre los familiares de desaparecidos.

Son decenas de colectivos y asociaciones de diferentes partes de México que se dedican a esta búsqueda. Muchos excavan en busca de fosas clandestinas, con la triste esperanza de encontrar en ellas un cuerpo que puedan velar y que les dé algo de paz en medio de la amarga incertidumbre en la que viven.

"A mi hijo se lo llevaron cuando fue a un concierto en (el estado de) Hidalgo", contó Mónica Orozco, que lleva buscando a Benjamín desde 2013, cuando tenía 19 años. "Yo sólo quiero saber qué paso con él, qué hicieron con mi hijo".

Tan sólo en Guerrero, donde la violencia ha alcanzado picos elevados en la última semana, se han encontrado más de 300 fosas y casi 200 cadáveres desde 2014. Grupos como "Los otros desaparecidos de Iguala" continúan buscando restos humanos en esa entidad.

En una entrevista con dpa, el activista y poeta mexicano Javier Sicilia señaló que la violencia en el país vive "un aumento exponencial del horror" en el que el Gobierno es cómplice "por omisión o por comisión".

Para él, que perdió a un hijo en 2011 debido a la violencia de los grupos delictivos, las autoridades deben dejar de ver a las víctimas como cifras y empezar a verlas como personas. "Que no minimicen la realidad", pidió.

Los padres, madres, hermanas, hermanos, hijos e hijas que conforman los colectivos reparten volantes, marchan en las calles y recorren instituciones privadas y del Estado con la esperanza de encontrar a sus seres queridos.

"La esperanza es lo último que se pierde", dice Orozco con la voz quebrada. "Desgraciadamente para nosotros, encontrarlos sin vida es la opción más probable".

FUENTE: dpa

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