MIAMI.- En Santa Clara, en el centro de la isla, el que se vislumbra como el próximo gobernante de Cuba, Miguel Díaz-Canel, calificó las informaciones sobre ataques a funcionarios de Estados Unidos como “insólitas patrañas sin evidencia alguna”.

Esta es la respuesta más dura, hasta el presente, a las alegaciones estadounidenses.

El Departamento de Estado no ha indicado la implicación directa de Cuba en los hechos, pero sí destacó la obligación de sus autoridades de proteger al personal de la embajada y sus familias. En otras palabras, sugirió que no habían cumplido con los acuerdos de Viena de 1961, que regulan las relaciones entre los países y la inmunidad del personal diplomático.

Así, las palabras del primer vicepresidente en el acto por el 50mo. aniversario de la muerte de Ernesto Che Guevara constituyen un escalón más en lo que ya se aprecia como una campaña para cuestionar los incidentes y sus consecuencias, a saber: retiro de diplomáticos y virtual cierre de embajada en La Habana y expulsión de funcionarios cubanos de Washington. Anteriormente el canciller Bruno Rodríguez indicó en conferencia de prensa el 3 de octubre que las investigaciones no habían arrojado “evidencia alguna”. Y durante la Asamblea General de Naciones Unidas, el 22 de septiembre, había afirmado que se trataba de “retórica, carente de evidencias e información, así como de datos concluyentes”.

Desde luego, la falta de pruebas o datos concluyentes no es suficiente para engavetar un caso, sobre todo, tratándose de uno de tanta gravedad. A fin de cuentas, un crimen no se desvanece porque se desconozca el medio o motivo. Pero quedarse en la “falta de evidencias” no aleja la sospecha; en cambio, argumentar que es producto de la fantasía la neutraliza, la corrompe.

Por eso Mariela Castro Espín, durante una entrevista con la televisora árabe Al Mayadeen, el 29 de septiembre, expresó que “en La Guerra de las Galaxias no hubo tanta fantasía, no se les ocurrió ese tipo de ataque. Tienen más fantasía que los realizadores de cine de este tipo”, idea que había deslizado semanas atrás un artículo del diario Granma. La tesis del “infundio yanqui” ahora se maneja abiertamente por todos los medios cubanos.

La campaña puede tener otro objetivo: difuminar la responsabilidad del Gobierno en la seguridad de diplomáticos y sus consecuencias: recomendación del Departamento de Estado de no visitar Cuba y probables efectos negativos en el turismo. Cuba “es universalmente considerada como un destino seguro para visitantes extranjeros, incluidos los de Estados Unidos”, señaló Díaz-Canel.

La pérdida de ingresos de divisas deviene problema de Estado después del huracán Irma y la sensible rebaja de la ayuda venezolana. Se ha dado la voz de alarma y ahora mismo proliferan los descuentos en viajes y hoteles. El mensaje es sencillo: “turistas, pueden seguir viniendo, aquí no hay peligro”.

Por cierto, parece que la campaña está siendo efectiva: despachos de agencias de prensa en la isla y de periodistas independientes demuestran lo bien que ha calado la explicación de que todo es pura invención. Un reportaje del 8 de octubre de Iván García, colaborador de DARIO LAS AMÉRICAS, constataba que la historia “no la entienden los cubanos de a pie”. Un entrevistado dijo que “tiene más de ciencia ficción que de realidad”. Y otro, que la información “no tiene ni pies ni cabeza (..) y el cuento está incompleto”.

¿Cómo se explica tal efectividad? Ante todo, el régimen siempre ha controlado la información. Los medios de comunicación responden en concierto según la pauta de las autoridades. A los cubanos, por un lado, se les brinda una sola parte de la historia y, por otra, se les repite hasta el cansancio la “verdad”, que es la del Gobierno. ¿Recuerdan el Ministerio de la Verdad que presenta George Orwell en su 1984?

Los cubanos no se enteraron de que Raúl Castro le dijo al embajador Jeffrey DeLaurentis a mediados de septiembre que estaba perplejo por lo sucedido y ofreció colaborar en la investigación (si era patraña, ¿para qué este gesto?). Tampoco saben ciertos datos que ha publicado la prensa en todo el mundo:

  • Al menos cinco familias de diplomáticos canadienses resultaron afectadas; incluso la Policía Montada visitó la isla.
  • Los ataques se detectaron en casas, hoteles (Capri y Nacional) y en la propia embajada.
  • Ciudadanos de EEUU, no vinculados a la embajada y alojados en hoteles, reportaron síntomas similares.

Cualquiera de estos elementos daría pie a pensar que no se trata de delirios. En consecuencia: ¿cómo se arriesga el régimen cubano a sostener que los ataques nunca tuvieron lugar cuando la verdad pudiera aflorar en cualquier momento? ¿Acaso tiene la seguridad de que esto no ocurrirá?

Uno de los 22 estadounidenses que resultaron afectados declaró el 10 de octubre a CBS News —el medio que reveló por primera vez el asunto— que el Departamento de Estado había ignorado sus denuncias. “Sé que estaban tratando de ocultar los ataques”, subrayó. También se quejó de la inexplicable demora en retirar el personal y sus familias.

Si esta declaración fuera cierta, tal vez ayudaría a explicar la postura de Cuba. Ahora bien, ¿por qué Estados Unidos también querría ocultar los hechos?

No es creíble que el régimen cubano esté ajeno. Todo lo que se mueve en la isla —tierra, agua y aire— se sabe. Pero tampoco lo es que este país —con tantos adelantos científico-técnicos, ilimitados recursos y premios Nobel— no sepa qué aconteció.

Un artículo de la revista digital Slate de fines de septiembre se aventura en ofrecer una pista. Bajo el título de Something in the Air (Algo en el aire), el periodista Fred Kaplan adelanta que un incidente de espionaje del pasado pudiera dar la clave.

Kaplan, autor del libro Dark Territory: The Secret History Of Cyber War (Simon & Schuster, 2016) dijo haber preguntado a un oficial de inteligencia retirado si los recientes sucesos en La Habana le recordaban otros acontecidos en Moscú en los años 70. Se refiere a una operación de espionaje que recoge en su libro, en la que la KGB, en respuesta a una acción de inteligencia, dirigió ataques de microondas contra la embajada estadounidense. El oficial reconoció que había pensado lo mismo cuando leyó las noticias.

Kaplan sugiere que los cubanos pudieran haber estado utilizando técnica soviética obsoleta y que el mismo esquema acción-reacción, podría haberse repetido en La Habana. Curiosamente, a resultas de aquellas acciones —reveladas casi medio siglo después— personal de la legación de Estados Unidos enfermó.

Entre tantas especulaciones, esta tiene bastante peso. Cuba no revelará lo sucedido por razones obvias (por eso alega que es “fantasía”); tampoco lo hará Estados Unidos (por eso el manto de silencio). Pero estoy seguro de que lo sabremos dentro de 40 años, si estamos vivos.

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