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MIAMI.– Aparte de su controversial figura, la historia también indica que Fidel Castro acentuó la presencia de Cuba en el mapa internacional. Desde participar en conflictos armados en África hasta exportar sus ideas políticas por Latinoamérica, el dictador cubano no escatimó esfuerzos por dejar su cuño por doquier.

En una fecha tan temprana como el año 1959, Cuba envió una expedición militar a Venezuela, al frente de la cual situó el entonces comandante Arnaldo Ochoa, que habría de ser fusilado en 1987 tras su paso por Angola y Etiopia.

Fue la primera expansión del castrismo en la región que terminó en fracaso, pero no por eso implicó desistir de planes futuros. A mediados de la década de los años 1960, con la creación de la llamada Conferencia Tricontinental, Castro intentó darle una estructura organizada a la ‘lucha antiimperialista’ en el Tercer Mundo, reuniendo en La Habana, en 1966, a los principales líderes de los movimientos de liberación.

“Nuestra vocación es una vocación intrínsecamente internacionalista. El internacionalismo es algo que el pueblo cubano lleva en el corazón y a él seremos eternamente fieles”, dijo el entonces dictador cubano, durante la clausura del cónclave, introduciendo en la liturgia revolucionaria cubana el concepto de la ayuda “desinteresada” a los pueblos “en opresión”. “Nuestra vocación es una vocación intrínsecamente internacionalista. El internacionalismo es algo que el pueblo cubano lleva en el corazón y a él seremos eternamente fieles”, dijo el entonces dictador cubano, durante la clausura del cónclave, introduciendo en la liturgia revolucionaria cubana el concepto de la ayuda “desinteresada” a los pueblos “en opresión”.

En esa época la lucha se volcó hacia el colonialismo y Cuba desplegó fuerzas militares en cuatro países africanos, dos de ellos colonias de Portugal, que entrenaron a las inexpertas guerrillas, al tiempo que recibió en su suelo a combatientes que fueron fogueados en el arte de la guerra irregular.

La intervención de Castro en África se distinguió en dos grandes teatros de operaciones, Angola e Etiopía. En el caso del primero fue una operación tan sorpresiva que el propio exsecretario de Estado Henry Kissinger habría de reconocer en sus memorias de que se enteró del desplazamiento de una columna de 2.000 hombres una semana después.

La guerra en Angola fue una intervención militar que trataba de apuntalar un régimen prosoviético y fue también una especie de lucha ideológica contra el apartheid sudafricano, y la victoria final, dada por la batalla de Cuito Cuanavale, terminó por transformar a Fidel Castro en una leyenda popular africana y una referencia en la izquierda, en ese entonces, dividida y huérfana de héroes por la burocracia soviética y el divisionismo chino.

El escenario de la guerra en Etiopía fue parecido, aunque la intención política era controlar el acceso al Océano Indico, donde la flota soviética se encontraba en plena expansión. En ambos casos las consecuencias políticas fueron desastrosas. El dictador etíope Menguistu Aile Mariam terminó como millonario en Zimbabwe, donde aún vive, y el presidente angoleño José Eduardo dos Santos transformó su país en un virtual supermercado de las multinacionales.

Cuba también participó en el conflicto árabe israelí, al enviar una brigada de tanques a los altos del Golán, a favor de Siria, comandanta por uno de sus experimentados generales, Leopoldo Cintras Frías. Fue la única victoria que los sirios tuvieron en una batalla de la Guerra de los Seis Días y Castro la capitalizó enviando más instructores todos los que se lo pedían.

En Latinoamérica, el exgobernante cubano fue artífice de la unión sandinista, cuando reunió a dos comandantes guerrilleros en una casa de protocolo habanera y les dijo claramente, según afirman fuentes que presenciaron la reunión: “De aquí no salen sin ponerse de acuerdo”.

Dicen que ambos guerrilleros se pusieron de acuerdo en menos de un fin de semana. Seis meses después la primera columna entró en Managua y derribó la puerta del bunker de Anastasio Somoza. Allí se encontraba el entonces mayor Antonio de la Guardia que también, como Ochoa, terminaría fusilado en julio de 1987.

Pero un día las guerras se acabaron. La Unión Soviética desapareció, se acabó la ayuda económica y el apoyo político, pero Castro no se dejó amedrantar y vio eso como un acicate hacia otra etapa, la ayuda internacionalista con médicos y maestros que, a la vez, se transformó en una fuente de ingresos de divisas.

Fue cuando decenas de miles de médicos y enfermeras se esparcieron por todo el mundo en brigadas perfectamente organizadas con una férrea disciplina militar y comenzaron a adquirir fama internacional por la forma eficiente de su trabajo.

Todo esto tuvo un precio, Cuba quedó abandonada. Principalmente en las ciudades la asistencia médica se vio mermada y el país perdió mucha de su mano de obra.

De todos modos, allende las fronteras, pese a los escollos, el dictador dejó su huella. Fue testigo, a regañadientes, de una reconciliación con Estados Unidos, vio la ascensión de la izquierda en Latinoamérica, en muchos casos liderados por aquellos viejos guerrilleros que asistieron, jóvenes imberbes, a la reunión de la Tricontinental. Pero más tarde falleció viendo lo que creyó era un auge entrar en su ocaso.

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