“¡Al fin! Creo que Dios permitió que el tirano permaneciera tantos años en este mundo por dos motivos. El primero, para que su arrogancia sufriera el castigo más grande que podía recibir, ser testigo de su inmenso fracaso. El segundo, darle tiempo para que se arrepintiera de todo el daño que había causado: tanta destrucción y sufrimientos, tanta sangre y lágrimas derramadas por su culpa. Como no hubo arrepentimiento, Nuestro Señor no puede abrirle a su alma las puertas del cielo y será el diablo el que se lo lleve para que arda eternamente en el infierno”.

Sobre la desaparición física del tirano han surgido miles de comentarios y muchas personas han dicho elegantemente que “nadie debe de alegrarse de la muerte de un ser humano”. Fidel Castro era un ser inhumano, un monstruo sin sentimientos que llevado por su ambición desmedida de poder destruyó material y espiritualmente a millones de seres que SÍ eran humanos. Tampoco como dicen algunos puedo considerarlo un “símbolo” pues esto significa la síntesis pasiva de muchas cosas buenas o malas. Él era EL EJE DEL MAL, una fuerza activa y estúpidamente ciega capaz de causar sin el menor remordimiento mucho dolor, un caudal de lágrimas y un río de sangre cubana derramadas. Por todo esto yo no tengo el menor reparo en confesar que me alegro de la muerte de Fidel Castro y hasta la estoy disfrutando. Así de claro.

Quiero agregar que a la tres de la madrugada, contemplando en la pantalla de mi televisor el júbilo popular, me conmovió ver la gran cantidad de gente joven sonriendo felices, agitando pancartas, ondeando en sus manos banderas cubanas, entonando con sus voces el himno de la patria. ¿Quién dijo que la juventud del exilio era indiferente a la situación política del país que dejaron muy pequeños o que jamás conocieron? Fue una emoción muy grande para mí saber que sus sentimientos era afines a los de sus padres y abuelos, ver como con esa actitud agradecían el sacrificio que ellos hicieron renunciando a todo, incluso a la tierra amada para traerlos a un país donde nacieran y crecieran con libertad y justicia. ¡Qué hermoso comprobar que sus corazones laten al mismo compás que los sus viejos!

¡Dios bendiga a nuestros muchachos cubanos! ¡Dios bendiga a Cuba!

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