El día en que reina la verdadera patrona de Cuba, la Virgen de la Caridad del Cobre, el huracán Irma pasó a Categoría 4 para estremecer la costa nororiental de Cuba, una franja cercana a su templo, el Santuario del Cobre en Santiago de Cuba. Ni por esas el huracán perdonó.

Tampoco por el pequeño infierno cotidiano que atraviesan los cubanos de oriente y occidente para consolidar una comida al día y algún que otro tentempié. Tragándose la fuente de energía que emana del mar en forma de vapor caliente, Irma impactó contra la zona oriental de Cuba mezclando el tablerío y los desechos recogidos por los vecinos para reforzar sus casas ya bastante tocadas por la coalición del huracán Matthew, otra fuerza de la naturaleza que atravesó la punta oriental de Cuba en octubre de 2016.

Es rizar el rizo, porque en las provincias de Guantánamo, Santiago de Cuba, Granma, Holguín, Las Tunas, Camagüey y Ciego de Ávila, apenas quedaba de dónde “arañar” recursos. Si después del paso de Matthew, los daños causados ascendieron a 97,2 millones de dólares, Irma probablemente haga crecer esa cifra, dadas su dimensión, fuerza y velocidad. Las lluvias asociadas continuaban inundando las ciudades costeras de la zona norte. Los ruinosos terrenos apaciguados por una sequía galopante ahora están inundados.

En Caibarién, una ciudad costera de la Provincia de Villa Clara, en el centro de la isla, los residentes tuvieron que abandonar sus casas. Las evacuaciones de la Defensa Civil comenzaron en la madrugada del miércoles. Villa Clara, con todo su cayerío norte tocado, se suma a esta lista de pérdidas que no encajan con la perfecta maquinaria a la que la Defensa Civil cubana había acostumbrado a su población durante décadas. Poda de árboles, evacuaciones masivas, reparto de alimentos y agua, fuerzas del ejército volcadas en labores de rescate y salvamento, vecinos movilizados como fuerza voluntaria caracterizaban la “alerta ciclónica”, segunda de cuatro etapas establecidas para enfrentar estos fenómenos en archi-azotada Isla Caribeña.

Sin embargo, en este 2017 colmado de vaivenes políticos, aún a las 48 horas previas al paso del huracán, los noticieros de radio y televisión y la prensa oficialista mantenían una contradictoria calma. Una calma chicha frente a un Huracán de categoría 5 en la escala en la escala Saffir-Simpson que solo admite comparación con el Mitch, el más violento y mortífero fenómeno tropical que pasó por Centroamérica.

En el pronóstico dado por el meteorólogo del sistema informativo de la Televisión Cubana, Miguel Ángel Hernández, el tono utilizado no se percibía como urgente hasta 24 horas antes del paso de Irma. En la medida que el huracán siguió su rumbo, los llamados a ser cautos y a refugiarse en casa de amigos y familiares para conservar lo más preciado, la vida, se hicieron enfáticos. La noche del jueves, José Rubiera, director del Centro Nacional de Pronósticos del Instituto de Meteorología de Cuba, reaparecía en la televisión de todos los cubanos para dar un mensaje concreto: estamos ante un huracán muy peligroso que se ha mantenido en categoría cinco durante tres días, algo sin precedentes.

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(Video originalmente publicado en Diario de Cuba)

DIARIO LAS AMÉRICAS comprobó el nivel de alerta con varios villaclareños, para constatar que, efectivamente, la rutina de movilizaciones previas no había tenido ni la escala, ni los tiempos de anteriores alertas. La evacuación no fue una medida preventiva prioritaria esta vez, sino el llamado a mantener la calma, con una mirada de soslayo a la evolución del Huracán.

Cuba es uno de los países caribeños con más experiencia y éxito al lidiar con ciclones y tormentas en la era contemporánea. Su fuerte son los trabajos preventivos bajo la organizada mirada del ejército. Esta vez, una de las principales preocupaciones fueron las infraestructuras hoteleras, las embarcaciones, los medios náuticos, y las instalaciones de renta de autos y autobuses que fueron trasladados a lugares seguros con tiempo suficiente.

Resulta que los derrumbes, los hundimientos y los desprendimientos de trozos de viviendas, se pueden predecir, pero no prevenir. Ahí no se está haciendo nada. Ante la capacidad destructiva de esta temporada de huracanes, resulta que la contemplación pasiva de elementos arquitectónicos dañados por falta de mantenimiento desde antes de los años 90 es un fenómeno asumido con normalidad para los mandamases de la Isla.

En el 2006, el régimen cubano admitió que a pesar de haber recurrido a todas sus reservas estatales (militares) para atender a millones de damnificados, estas no eran suficientes. En el diario Granma, órgano del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, se podía leer "imposible resolver la magnitud de la catástrofe con los recursos disponibles". Durante los desastres subsiguientes, la población ha tenido que buscarse la vida en un entramado sistema burocrático de “entrega de elementos constructivos”, de los que también se abasteció su potente mercado negro.

Según ha tenido que admitir recientemente la propia Asamblea del Poder Popular (Parlamento unicameral), los afectados de las peores catástrofes naturales de los últimos veinte años siguen esperando por una casa, por un techo, por ventanas o por todo un conjunto de medios básicos. En las candongas del mercado “liberado”, auspiciadas por el propio régimen, está todo lo que necesitan a precios exorbitantes, pero el Estado sigue ciego ante tales sutilezas económicas.

Los derrumbes, totales o parciales, que dejaron Ike (2008), Gustav (2008) y Sandy (2012), huracanes crueles que se ensañaron con el patrimonio urbano de la Habana, siguen mostrando las tripas de las cuarterías a turistas ávidos de iconos y clichés. Iconografía asociada a muertes y pérdidas materiales que alteraron en negativo el curso de familias enteras y que siguen sin ser prioridad frente a los grandes retos de la revolución.

Antes de Irma, las redes hidrográficas cubanas ya tenían salideros; el sistema de aguas albañales, escapes y el tendido eléctrico, serios problemas. El huracán solo los empeoró. Antes de Irma, los altos niveles de asfixia económica dela población, estaban. El déficit de un millón y medio de viviendas, era una realidad. El ostensible encarecimiento de la vida causado por el aumento de desigualdades, fungía de tormento del 70% de los cubanos.

Sin embargo, ante un panorama más crudo y, con una trilogía de huracanes activas en el Atlántico, Irma que sigue arrasando, y sus seguidores Katia y José, la único que tienen en sus manos los cubanos es la posibilidad de mirar fijamente a su virgencita y preguntarle, “¿Hasta cuándo, Cachita?”.

A la espera de que el conteo de daños materiales y humanos totales no consolide una precariedad suicida para los cubanos de la Isla, habrá que desplegar una resignación de categoría 5 en la escala del “no es fácil”. Cuba sabía dominar las consecuencias de los huracanes, pero no sus secuelas espontáneas, esos dramas humanos que dejan las aguas al retirarse.

FUENTE: REDACCIÓN

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