Isabela de Sagua es la población de alguna importancia más afectada por el huracán Irma. Ninguna nota oficial le ha otorgado ese rango; sin embargo, es el sitio donde más personas duermen a la intemperie en Cuba.

A los 159 derrumbes totales y 89 parciales se añaden techos perdidos por cientos, hasta la cifra de 455 afectaciones, que se traducen en el 82% de todas las viviendas. Fue arrasada como ningún otro poblado.

Diario de Cuba refiere que a Isabela hubo que duplicarle las cartillas de racionamiento en la operación más ágil de la Oficina de Registro de Consumidores. Abrieron un taller para reparar refrigeradores y televisores que devolvió el mar. Hasta allá viajó un tren cisterna con 200.000 litros de agua. Tuvieron comida gratis y botellas de Ciego Montero. Son síntomas. Nadie recibió tanto.

Cuando el ministro de Turismo visitó hace unos meses cayo Esquivel, escenografía insuperable de un nuevo resort, empezó el rumor, corroborado en parte por declaraciones autorizadas, de que Isabela sería rehabilitada y tendría una dársena para yates.

La Feria Internacional de Turismo FitCuba 2018 celebrará en Villa Clara el prólogo de la rehabilitación de Sagua la Grande, el estreno del primer hotel, si Irma consiente todavía la inversión, si el presupuesto destinado al nacimiento del nuevo destino no hace falta para recuperar los otros.

A 17 kilómetros de la cabecera municipal, Isabela sigue por ahora en el traspatio de la zona turística. Más se le pronosticaba la semana pasada, sin huracanes a la vista.

Próxima a cayo Cristo, futuro centro de buceo, Isabela tendría su propia cuota de turistas. De hecho, ya los recibía. Se fomentaron con éxito cinco o seis restaurantes privados que aseguraban servir los mejores mariscos de Cuba, antes de acabar arrasados. Para hacer boca, algunos turoperadores ofrecían un almuerzo a europeos que viajaban de Varadero a Remedios.

Isabela confiaba en esta transición al sector de los servicios para atenuar la galopante muerte demográfica, la huida de miles, después del cierre definitivo del puerto en la década de los 90. La pesca justifica la existencia de un pueblo de pescadores a la vista de la plataforma. No basta a la subsistencia de Isabela, que tuvo más.

Dijo la Oficina Nacional de Estadística e Información en 2016 que la población de Sagua la Grande ha perseverado en la contracción durante el último lustro. La tasa anual de crecimiento se hundió hasta -7,6 en 2015, último año consignado. El municipio tiene 3.000 habitantes menos que hace 30 años.

A Isabela le va peor. Se le cuentan poco más de 2.207 vecinos. El censo de 1899, de factura estadounidense y fama de exacto, le contó 2.352. En 118 años de altibajos y oportunidades malogradas, el pueblo guarda menos gente, menos casas. Ya no tiene almacenes operativos ni muelles apropiados para buques mercantes.

"Si podemos irnos, nos vamos para otro lado", dijo Alina Hernández Rodríguez al periódico Vanguardia, después de Irma. "De aquí nos quedarán los recuerdos".

Isabela recuerda varias mudanzas que se anunciaron definitivas. El huracán Kate la destruyó en 1985 y por eso vino Fidel Castro a sugerir el traslado tierra adentro. Sin preguntar a un sociólogo, sin consultas populares, se decretó el traslado de cientos de isabelinos a un reparto construido a diez kilómetros, en el centro de un potrero. Isabela Nueva, amputada del mar, ha tenido una historia apacible y decenas de apartamentos cerrados.

Adrián Quintero, un realizador local, rodó Retorno al azul, un documental que narra las peripecias de los favorecidos con viviendas en Isabela Nueva. La gente regresó a la costa para levantar otras casas precarias. Este pueblo se resiste a la mudanza con una obstinación de pueblo viejo.

Como en 1888, tras el ciclón de septiembre, Isabela pierde con resignación. Como en 1933, tras el ciclón célebre de aquel año, Isabela se conforma. Tuvo Registro Civil propio. Tuvo manzanas enteras sobre pilotes que le ganaron un epíteto, La Venecia de Cuba. Por venir a Isabela, a decir que el Gobierno proveería, Carlos Manuel de Céspedes y Quesada dio ocasión a los sargentos que le propinaron un golpe de Estado en La Habana.

Más que nunca, como corolario de la crisis meteorológica y económica, el pueblo parece un descampado. En vísperas de Irma, ya cargaba el rictus desvencijado de las zonas de desastre: solares yermos, palafitos rotos, tablas perdidas. Isabela fue arrasada como nadie, antes de Irma.

"Si me dan para donde irme, me voy, porque esto pertenece al mar", dijo Osvaldo Triana al periódico Vanguardia.

Los Apuntes históricos de Isabela, de Juan Antonio Morejón, confirman que el mar cedió contra su voluntad varias parcelas. Con lastre de barcos rellenaron la calle Independencia en el siglo XIX. El mar la reclama con los mismos derechos que tiene sobre la Avenida del Puerto y el Malecón de La Habana, con los mismos títulos que posee sobre el pedraplén de cayo Santa María.

Bajo el barómetro de su aislamiento, Isabela también ha perdido el amor propio. Pide una gracia: que la rematen.

FUENTE: DIARIO DE CUBA/MAYKEL GONZÁLEZ VIVERO

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