CARACAS.- Desde que se iniciaron las protestas en Venezuela, hace más de ciento quince días, muchas han sido las historias de atropellos por parte de las diferentes fuerzas de seguridad del Estado, pero cuando los carceleros son desconocidos, cuando tienen el rostro tapado y dejan a la víctima en un cuarto oscuro el cuento se vuelve pesadilla.

La pasada mañana del 14 de junio Antonio Alberto Pimentel Rondón fue sacado de su oficina por sujetos que llegaron fuertemente armados, con los rostros cubiertos, sin identificación y muchos menos una orden judicial. Entraron a la fuerza buscando al joven de una fotografía que mostraban en un celular. No sabían su nombre, ni qué hacía o qué edad tenía. Solo una imagen.

Cuando un compañero de trabajo se atrevió a preguntar por la orden de arresto mostraron sus armas asegurando que ésas eran sus órdenes. Él, un joven diseñador gráfico de 33 años de edad, que jamás estuvo involucrado en política, ni en protestas, ni en marchas fue llevado sin explicación alguna. En el ascensor le taparon la cara con su franela, y así lo montaron en un carro hacia un destino desconocido.

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En el momento en que sujetos con los rostros tapados y con armas largas sacan a Antonio Pimentel de su lugar de trabajo.
En el momento en que sujetos con los rostros tapados y con armas largas sacan a Antonio Pimentel de su lugar de trabajo.

En ese momento comenzó un viacrucis para la familia Pimentel Rondón. Al conocer la noticia comenzaron a llamar a amigos, hacer contactos, a buscar respuestas y alguien le dijo que estaba en el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin); pero allí lo negaban. Durante siete días no supieron nada de él. Si estaba vivo o muerto. Si había comido, o tomado agua. Si estaba bien o necesitaba algo. Nadie daba respuesta, las autoridades no decían dónde estaba. Simplemente Antonio había desaparecido.

Ante la posibilidad de que estuviese en el Sebin, decidieron introducir un hábeas corpus para ver si así presionaban y lo soltaban. Ocho días después, entre lágrimas de angustia y búsquedas infructuosas, sus padres Antonio José Pimentel y su madre Vilma Rondón tuvieron noticias. Lograron ubicarlo en un destacamento del Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro (Conas) cercano a su residencia, y allí conocieron qué ocurrió en esos días en los que estuvo desaparecido.

Al salir de su oficina, Antonio cuenta que lo montaron en un vehículo, con el rostro tapado. Recorrió varias millas, dio muchas vueltas y cuando lo bajaron lo colocaron en un cuarto sin luz, donde permaneció siete días. Allí le daban agua y comida; pero también lo torturaban. Cada vez que lo iban a interrogar le tapaban la cabeza para que no pudiera ver quién lo preguntaba. Estaba amarrado con esposas en los pies y en las manos, para que no hiciera nada mientras lo golpeaban con una correa.

“¿A qué partido perteneces? ¿Quieres tumbar al gobierno? Dame las claves de tus correos. ¿Con quién estás conspirando? Tú estabas cuando quemaron el Tribunal Supremo de Justicia”, y cada pregunta con un golpe en las piernas, cada pregunta una humillación.

Al pasar siete días, Antonio no había dicho nada de lo que ellos querían oír. No había nombre, ni líderes, ni cabecillas, ni conspiradores. Es que Antonio se dedica a trabajar y a ahorrar dinero para pagarse estudios superiores en España.

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El martes 20 de junio, en horas de la noche, lo sacan del cuarto oscuro y lo montan en un vehículo, le dan vueltas por la ciudad, y en un momento le quitan la capucha, le rompen los lentes, y le dicen que se vaya a su casa. Le dan la orden de que no volteara, que no se detuviera, porque si lo hacía lo mataban. Se da cuenta que está en su carro, y temeroso, sin poder ver bien, arrancó. Solo avanzó unos 20 metros, e inmediatamente fue detenido por funcionarios del Conas, quienes habían instalado un operativo especial justo después del lugar de su liberación.

Lo primero que le dijo a los funcionarios fue: “yo estuve secuestrado”. Pero sus palabras no fueron atendidas, por lo que lo obligaron a bajarse del vehículo para hacer una revisión de “rutina”. En ese momento encontraron las pruebas, que él jamás había visto y que hoy por hoy lo mantienen en la cárcel. En el carro de Antonio, luego de siete días de estar privado de su libertad, había dos bombas lacrimógenas, dos máscaras antigases y unos escudos de la Guardia Nacional, por lo que está acusado de terrorismo.

Una vez más privado de libertad, los funcionarios lo llevaron a la sede del Conas cercana a su residencia. Esa noche la pasó sin saber de su familia y al día siguiente su mamá lo ubicó a través del rastreador de su celular. Fue presentado ante los tribunales militares donde fue imputado por los delitos de traición a la patria, rebelión contra el país, y sustracción de equipos militares. Enviado a Ramo Verde, espera que se haga justicia.

Antonio ya lleva más de un mes detenido, a la espera del período de 45 días para que la parte acusadora recabe las pruebas y acuse. Los viernes, sábado y domingo puede ver a sus padres; los otros días debe buscar qué hacer en el penal porque el ocio se ha convertido en su enemigo. Mientras tanto anhela una justicia, cada vez más imprecisa en medio de un país sumergido en conflicto, donde el Estado de Derechos está en entredicho.

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Antonio Alberto Pimentel Rondón de 33 años.
Antonio Alberto Pimentel Rondón de 33 años.

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