dcastrope@diariolasamericas.com
@danielcastrope

BOGOTÁ.- La estación de buses de Transmilenio parece un enjambre humano. Una suerte de prisa mezclada con ansiedad hace mella en hombres y mujeres que caminan cruzados de brazos para combatir el frío de la tarde. Margarita tiene prohibido acercárseles. Desde una distancia prudente, casi entre dientes, ofrece unas almojábanas (producto típico colombiano) a quienes más les interesa llegar a casa temprano que entretener el estómago comprando unas golosinas.

La mujer intenta hablar como los demás, pero su marcado acento la deja en evidencia. Es venezolana, de Maracaibo, y el solo hecho de no ser bogotana, o al menos originaria de otra parte de Colombia, la pone en una situación de desventaja frente a otros vendedores callejeros que abundan por doquier en la capital colombiana, muchos de ellos reacios a compartir sus “territorios”.

“No es justo, chamo”, dice con un aire de desconsuelo. “Llevo casi todo el día vendiendo en este lugar y todavía no completo los 40.000 pesos [14 dólares] que tengo que llevarle al ‘Jefe’. Cada día es más difícil hacer la tarifa, y sin reales [dinero] me botan de la pensión [vivienda donde habitan varias personas]”.

“El Jefe”

El tal “Jefe” es un “habilidoso” comerciante al que Margarita ha visto una sola vez desde que hace ya siete meses cambió el calor abrazante de su ciudad natal por el gélido ambiente de una urbe oscura y contaminada por la polución que generan los vehículos.

Para llegar a él, la cuarentona tuvo que pasar varios “anillos” conformados por hombres que le proponían “trabajos más suaves” y “mejor remunerados”. Pero entregar su cuerpo por dinero no estaba en los planes de Margarita, la mayor de tres hermanos que estudió contabilidad en una institución tecnológica en la Venezuela que dejó atrás para no morir de hambre.

El dueño de la “empresa”, cuyo nombre desconoce, le habló claro y sin rodeos. En el día, hasta las seis de la tarde, vende las almojábanas que él mismo produce, y en la noche debe ayudar con la limpieza y el orden del lugar donde comparte una habitación con más de 20 venezolanos que también realizan ventas callejeras y otro tipo de labores.

Además, el “Jefe” le planteó que podría quedarse con el 40% de las ventas solo después de que completara la “tarifa mínima diaria”, acordada en 40.000 pesos. Es decir, si la mujer alcanza esa meta solo tiene “garantizado un espacio para dormir” y ni un centavo irá a parar a su cartera.

Pero las “condiciones” del que sus “empleados” también llaman el “Patrón” son más “exigentes”. Según Margarita, la tercera vez que ella o cualquiera de sus compañeros incumpla la “tarifa diaria” pierde tanto el alojamiento como el trabajo, y nadie quiere eso.

“Usted tiene que vender o vender para no quedarse en la calle”, le habría dicho el “Jefe” en un tono que le pareció “dictatorial”. Pensar en ese instante en el fallecido Hugo Chávez y en Nicolás Maduro no podía ser una coincidencia. “Esos dos demonios son los causantes de mi situación”.

“La pensión”

Margarita no cuenta todo por temor a volver a dormir en una fría silla de la terminal de transportes de Bogotá. Sin embargo, tiene claro que el sitio donde vive es peor que una “ratonera”.

“Cuando yo llegué tuve que quedarme dos días en la terminal esperando un dinero que me iban a enviar desde Venezuela, que nunca llegó. Sea como sea, ahorita por lo menos tengo un techo para poder dormir”, subraya.

Describe la “pensión” como una casa de dos pisos situada en el sur de Bogotá. En la parte baja, el “Jefe” tiene las máquinas para producir las almojábanas, cuyo valor al público es de 3.000 pesos [un dólar] por cada paquete de cuatro unidades. En la producción también trabajan venezolanos que tienen otras “condiciones laborales”.

En el segundo piso de la vivienda está el área donde pernoctan alrededor de 20 personas en condiciones de hacinamiento. “Es un espacio sin divisiones; solo están las camitas, y hay un baño para todos, además de otro que está en el primer piso, que es más pequeño”, explicó.

El drama

El padre de Margarita, que murió hace tres años mientras Venezuela se desmoronaba, era un colombiano de los tantos que llegó al vecino país hace más de cuatro décadas, en busca de mejores horizontes.

“Yo siempre me sentí venezolana; crecí como venezolana, y por hablar como lo que soy, siento que me discriminan en Colombia”, país al que decidió moverse sola “con dos trapos y una maleta vieja”. Atrás quedaron su madre, sus hermanos y su hija de siete años, indica asumiendo un rostro triste.

Del trato con el “Jefe”, la suma más alta que ha logrado ahorrar fueron 400.000 pesos [unos 135 dólares] para enviarles ayudas a los suyos. El dinero solo alcanzó para comprar los alimentos de cinco días y “una ropita para la niña que anda toda mal vestida”.

La mujer de mirada inquieta no se arrepiente del paso que tuvo que dar como “última opción”. Tenía solo dos caminos: quedarse a esperar el desenlace fatal de su familia en medio de la crisis venezolana o dejar todo y marcharse a Colombia a reiniciar su vida.

Pero a pesar de todo, Margarita espera que la situación de Venezuela mejore pronto, y que personas como ella, en Colombia, puedan echar raíces, siendo útiles para la sociedad. “Yo sueño con eso. Yo sé que el alma de mi padre en el cielo me va a ayudar”.

En ese instante, un cliente se acerca, ella le brinda una almojábana y un vaso de café caliente, que regala a todo el que se lo pide. El hombre saborea al producto, toma un sorbo de la bebida y saca un billete de 10.000 pesos [unos 4 dólares].

“Quédese con las vueltas [el cambio]”, le dice el cliente, mientras Margarita mira hacia un cielo que vaticina una noche metida en agua.

Aparecen en esta nota:

 

Deja tu comentario

Se está leyendo

Lo último

Encuesta

¿Cuáles creen que deben ser las prioridades para el nuevo alcalde de la ciudad de Miami?

Transporte
Seguridad
Vivienda asequible
Infraestructura para enfrentar inundaciones
Control de la construcción
ver resultados

Las Más Leídas