TIJUANA.- Cada noche, a la hora de la cena, una larga hilera de hombres se forma en la puerta del refugio para migrantes del Ejército de Salvación en la ciudad mexicana de Tijuana, a un kilómetro de la frontera. Muchos son deportados de Estados Unidos.

"Esta noche hay casa llena en el albergue", dice su director, Andrés Saldaña. Todos los asientos del comedor están ocupados, así como las 130 camas de los dormitorios.

"Eso que aún no hemos recibido el golpe de Trump", agrega, en referencia a los millones de inmigrantes indocumentados que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quiere deportar.

Si se produce una ola de deportaciones, los albergues no tendrían espacio ni alimentos suficientes para atender a los mexicanos que regresan a su país. En Tijuana ya se encuentran saturados por refugiados de Haití que el año pasado empezaron a arribar a la frontera.

La mayoría de los haitianos perdieron sus casas y trabajos en el terremoto de 2010. Muchos fueron acogidos por Brasil, pero en medio de la crisis económica brasileña se quedaron sin empleo y decidieron seguir camino hacia Estados Unidos.

Según las autoridades migratorias mexicanas, alrededor de 16.000 haitianos llegaron a Tijuana el año pasado. Alrededor de 4.000 continúan viviendo en la ciudad fronteriza, esperando para solicitar asilo al Gobierno de Estados Unidos.

Saldaña dice que no hay mucho que pueda hacer su albergue para prepararse ante la emergencia que generaría una deportación masiva. Almacenar alimentos no perecederos y pagar por adelantado los servicios de agua y electricidad son algunas de las medidas que han tomado para que la falta de recursos no les impacte en la atención a los migrantes.

A las siete de la noche, las personas entran al albergue para recibir la cena. El primero en entrar es Elías Sarmiento, mexicano deportado a Tijuana a finales de enero, después de vivir 27 años en Estados Unidos.

En la mochila carga un poco de ropa y objetos personales, lo suficiente para subsistir mientras recupera fuerzas para cruzar la frontera y regresar a casa con las dos hijas que dejó en ese país.

El olor a estofado de pollo inunda el comedor, que lentamente se llena de haitianos y mexicanos. Elías se acomoda en la mesa del fondo y observa a los migrantes que van entrando. "Todos nosotros tenemos necesidad de cruzar (a Estados Unidos), y lo vamos a hacer", afirma.

En 2007, el Gobierno de Estados Unidos deportó a 573.000 mexicanos, la cifra más alta de los últimos diez años. En 2016, el número descendió hasta 220.000, según cifras de la Secretaría de Gobernación de México.

Trump prometió en campaña expulsar a los 11 millones de inmigrantes ilegales de su país, aunque después de ganar las elecciones afirmó que solo deportaría de dos a tres millones de indocumentados con antecedentes criminales.

José Moreno, de la Coalición Pro Defensa del Migrante, dice que históricamente las organizaciones de la sociedad civil "han hecho frente de una manera muy digna" a las emergencias migratorias, como deportaciones masivas o el arribo de refugiados a la frontera.

Sin embargo, considera que actualmente ningún albergue está lo suficientemente preparado para recibir a un grupo masivo de deportados. "Ahora es el Gobierno el que debería prepararse, pues es el principal responsable de la atención a los migrantes", señala.

Los organismos ciudadanos han solicitado al Gobierno del presidente Enrique Peña Nieto la instalación de un albergue para atender sobre todo a los haitianos que siguen en Tijuana. Esto permitiría brindarles una mejor atención, al mismo tiempo que liberaría espacios que se pueden destinar a los mexicanos deportados.

Para Mary Galván, trabajadora social del Centro Madre Assunta para Mujeres Migrantes, el arribo de haitianos a la frontera ha saturado la capacidad del albergue hasta el punto de que imposibilita una atención adecuada de las migrantes y sus hijos.

"Ha sido una locura", dice, al describir la dificultad de atender a más de 150 personas en un albergue con capacidad para 45.

Así como los albergues no están preparados, tampoco lo están los habitantes de Tijuana y de otras comunidades fronterizas, considera Saldaña, del Ejército de Salvación.

"La gente aquí en la frontera no siempre ha visto al deportado con simpatía, incluso lo han percibido como un peligro", lamenta, porque tienen mucho que aportar a las comunidades a las que son deportados.

Reclutadores de fábricas y centros de atención telefónica locales visitan con regularidad el Ejército de Salvación. Para ellos, encontrar un trabajador deportado con buena capacitación laboral y que además sea bilingüe y bicultural, "es como encontrar un tesoro", sostiene Saldaña.

Sentado en el comedor, Elías Sarmiento asegura que nunca ha tenido dificultad para encontrar trabajo temporal desde su deportación. El crecimiento del sector inmobiliario de Tijuana generó una demanda de trabajadores de la construcción, como Sarmiento, que dedicó la mayor parte de su vida laboral en Estados Unidos a ese oficio.

Para Moreno, el posible incremento en las deportaciones debe despertar la solidaridad de los mexicanos con sus connacionales que emigraron. "Muchos de los migrantes se han ido porque no podían tener una vida digna. No porque despreciaran su país. Ahora tenemos que darles la oportunidad de que se integren a nuestras comunidades".

FUENTE: EFE

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