POR ALBERTO PÉREZ
ESPECIAL

México ha recibido una grave herida desde sus entrañas. Cuando el sismo del pasado 7 de septiembre dejó a Chiapas y Oaxaca con unos 300.000 afectados, ya a la Ciudad de México literalmente se le había movido el piso; pero no fue hasta el día 19, exactamente 32 años después del devastador terremoto de 1985, que una de las urbes más pobladas del mundo devino presa de la desesperación y tal vez de la esperanza.

No es para menos, muchos todavía no olvidan la escalofriante cifra de 10.000 fallecidos a consecuencias de aquel sismo. De este último, hasta el cierre de este reporte, se conocían 286 muertes entre Morelos, Puebla, Guerrero, Estado de México y Ciudad de México.

Aunque los efectos del terremoto son más notables en la capital mexicana, otras partes del país sufrieron cuantiosas pérdidas. Jojutla, uno de los municipios del estado de Morelos, es la localidad más dañada después de Ciudad de México con la muerte de 16 personas y la destrucción de 150 inmuebles (3.100 viviendas en todo el estado).

Durante la noche del miércoles, en la capital la lluvia no fue pretexto para impedir el avance de los Topos, brigadas mexicanas de rescate reconocidas internacionalmente, únicas a las que en estos momentos se les permite entrar en las áreas de derrumbe. Primero fueron los civiles quienes con cubetas y parados en hileras abrían el camino hasta las víctimas; después llegaron la Marina, el Ejército y la Policía para aplicar los protocolos de protección y evitar posibles derrumbes por el exceso de personas en el lugar.

Gracias a la búsqueda insistente en una fábrica de ropa, donde en un inicio los gritos de las obreras dieron las pistas para allanar el camino de los rescatistas, se encontraron hasta tarde en la noche 20 personas, de ellas cuatro vivas. El rastreo iba a continuar a pesar de que no se tenían indicios de vida en el lugar, pero sí se sabía de la existencia de personas desaparecidas.

En la casa donde escuché las primeras noticias del siniestro, vi llorar a mi esposa por los niños sepultados bajo los escombros de la escuela Enrique Rébsamen, por los hijos que no son suyos pero que podrían serlo y por los padres que ya no los acompañarán a la escuela.

Los puños levantados de los rescatistas indicando la necesidad de hacer silencio para establecer contacto con algún sobreviviente atrapado en los escombros, han mantenido la esperanza de quienes siguen las noticias en los medios televisivos e internet.

Cuando escuchas de golpe “cinco niños muertos y un profesor”, piensas en lo insignificante que en ese momento se vuelven los bienes materiales, por lo menos para las personas que perdieron a sus seres queridos.

Entonces se vale llorar, porque en este caso las lágrimas merecen la pena, aunque algunas familias prescindieron del llanto enfocándose en las labores de rescate junto a los vecinos y voluntarios que se convirtieron en uno solo para sacar de los escombros a los niños y maestros. Pero es tiempo de pensar en el futuro, que no tiene que ver solo con huracanes y terremotos, para reorientar la nobleza de estos días hacia otras metas nacionales.

Todavía la jornada no termina, no solo en esta escuela enterrada, sino también en todos los sitios tocados por las ondas sísmicas de los últimos terremotos: Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Estado de México, Morelos y Ciudad de México; particularmente, en cada familia que quedó sin hogar, en cada edificación en peligro de derrumbe y en cada escuela dañada. Deberá continuar, además, en la acción solidaria con los que sufrieron pérdidas humanas.

Tres días después del terremoto permanece la esperanza en aquellas familias que todavía esperan a alguien, más ahora que se ha reforzado la ayuda internacional. A los rescatistas de Ecuador, El Salvador y Honduras se sumaron las brigadas de Colombia, Guatemala, Perú, Chile, Panamá, Estados Unidos, España, Israel y Japón.

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Jóvenes en Puebla apoyan el acopio de víveres para damnificados, rescatistas y voluntarios.
Jóvenes en Puebla apoyan el acopio de víveres para damnificados, rescatistas y voluntarios.

Un ejemplo de movilización han sido los estudiantes y jóvenes en general que en muchas partes del país organizaron centros de acopio para proveer de víveres, material de curación y artículos de higiene a los damnificados, rescatistas y voluntarios.

Las redes sociales han ayudado en la rápida cooperación de la ciudadanía que también promueve diferentes iniciativas de apoyo como la organización de grupos de voluntarios, protección de animales, habilitación de albergues, entre otras. Una de las propuestas que se impulsa, y al parecer no tendrá todo el éxito esperado, es la petición a la Cámara de Diputados de que los recursos dirigidos a los partidos políticos para las elecciones del 2018 se reasignen a los damnificados por el temblor.

La mejor lección que dejan estos últimos días de desastres naturales en México es la solidaridad entre la gente, la que surgió espontánea, sin arengas ni anuncios publicitarios, en el calor del duelo y la desesperación. Hay esperanzas, entonces, de que los mexicanos asumamos como nuestros “los hijos de otros padres” no solo en momentos de desastres naturales.

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