LA HABANA.- En Cuba ya no resulta agradable comprar en las antiguas "shopping", hoy tiendas recaudadoras de divisas. Además de desabastecidas, no tienes opciones de pagar a plazos, los dependientes maltratan a los clientes, a quienes ven como si fueran presuntos delincuentes, y al menor descuido, te estafan a la hora de entregarte el vuelto.

Encima, sin aire acondicionado, apagado para ahorrar combustible. Antes de entrar, si llevas un bolso o mochila, debes entregarlo en un local contiguo al establecimiento. Una aburrida empleada te da una chapilla metálica o un trozo de cartón con un número, que debes presentar para después recoger tus pertenencias.

Un protocolo más o menos parecido cuando se ingresa a prisión, que te guardan tus pertenencias en un depósito hasta el día que sales en libertad. Luego, dentro del mercado, mientras buscas lo que necesitas, empleadas a las cuales les han asignado el rol de custodios, te vigilan con mirada adusta y sospechosa como si fueras un ladrón o asaltante.

A la hora de pagar, en tono alterado, la cajera te dice: “No tengo menudo pa’ dar vuelto. Tienen que pagar con el dinero exacto”. Y, por supuesto, no hay "jabitas de nailon" donde echar lo que has adquirido.

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Varias personas compran en una desabastecida tienda minorista que vende productos en pesos convertibles, en La Habana, Cuba.
Varias personas compran en una desabastecida tienda minorista que vende productos en pesos convertibles, en La Habana, Cuba.

No es por masoquismo que los cubanos compran en las cadenas de tiendas administradas por empresas militares. Es que no queda otra opción. El Estado controla el 95% del comercio en Cuba.

Hace cuatro años había cientos de tiendas particulares, mejor abastecidas y a precios más bajos que las estatales, pero Raúl Castro decidió prohibirlas. Como en la isla existen "puertas giratorias", aquellos negocios privados que eran legales, han comenzado a operar en la clandestinidad.

“Es mucho mejor, así no hay que pagar abusivos impuestos y te quitas de arriba a los inspectores corruptos que siempre merodeaban buscando extorsionarte”, dice la dueña de una ilegal tienda particular que llamaremos Miriam.

Algunos de estos mercados subterráneos funcionan en espacios habilitados dentro de una casa con todas las comodidades. Sus dueños te entregan un catálogo de fotos para que escojas el artículo que vas a comprar.

En caso de no tenerlo, te prometen entregártelo en una semana. “Nunca pido dinero por adelantado. Le digo al cliente que su mercancía puedo comprársela en Panamá, solo necesito que me garantice que luego usted va a adquirirla. Es un contrato verbal. Y por lo general la gente queda bien conmigo”, explica Miriam.

Los compradores habituales tienen trato preferencial. “Pueden pagar en dos o tres plazos”, aclara Miriam. Cuando se comparan servicios estatales versus privados, es demasiado evidente la ventaja que sacan los negocios particulares.

Entre los peores servicios estatales de Cuba, junto al transporte público y los dilatados trámites burocráticos, está el gastronómico. Pizzerías donde se ha adulterado tanto la elaboración de pizzas, lasañas y espaguetis que uno se pregunta cómo es posible que Italia no le haya declarado la guerra a Cuba.

Cafeterías que ofertan la cerveza caliente, el café mezclado con chícharos frío y los panes con unas hilachas de lechón asado, en destartaladas bandejas metálicas, rodeados de moscas.

Cuando se visita un restaurante del Estado uno no puede evitar alterarse. Diez meseros desocupados charlando de la novela de turno o de la carrera que perdió Usaín Bolt. Y usted, como un tonto, haciendo señas sin que nadie le haga caso.

Una rara manía de los restaurantes estatales es que al lado del precio de cada plato, ponen los gramos del producto que la persona va a consumir. Una aberración olímpica, pues nadie acude a un restaurante con una pesa debajo del brazo para verificar el gramaje de lo que consume.

Un consejo: excepto que no exista un negocio privado en diez millas a la redonda, o usted se esté muriendo de hambre, jamás acuda a un establecimiento de la gastronomía estatal.

Por varias razones. Aparte de que usted se va incomodar y le puede subir la presión arterial, la calidad de la comida deja mucho que desear y hay que tener un estómago de hierro para digerir alimentos no siempre bien conservados.

En la mayoría de paladares o cafeterías privadas, el servicio es diferente. Los mejores negocios gastronómicos particulares, como la heladería Gelato en Primera y 46, Miramar, al oeste de La Habana, o el restaurante La rosa negra, en Nuevo Vedado, tienen una carta surtida y amplia, agradable diseño interior, elaboración de calidad y buen trato.

Eso sí, no están al alcance de los cubanos cuyo salario promedio sea de 27 dólares mensuales. Pero el culpable de los sueldos de miseria no son los particulares, si no el Estado.

Ya sea un bar o taller de reparaciones, los negocios privados ganan por goleada a su contraparte estatal. Mientras los centros deportivos públicos piden a gritos mantenimiento, emprendedores particulares disponen de gimnasios con equipamiento de primer nivel y consejos profesionales y personalizados.

En los hediondos bares estatales suelen recalar alcohólicos incurables, siempre hay un nauseabundo olor a orine y el cantinero le echa agua al trago para ganar más dinero. Los bares privados son más caros, pero vale la pena disfrutar el trago con aire acondicionado, pantallas planas de TV, música y las cervezas las venden vestidas de novia.

En un país normal, un gobierno responsable tomaría nota y por sentido común, privatizaría la red gastronómica y de servicios públicos, incapaces de ofrecer un buen trato. Pero el régimen castrista va en contra de la lógica humana.

Lo que funciona bien se prohíbe. Y el caótico servicio estatal lo perpetúan. Se premia al mal trabajo y restablecen corruptos sistemas como los de las Empresas de Acopio, que por su mal trabajo, en el campo pierde alrededor del 57% de la cosecha agrícola.

En su afán de seguir al pie de la letra una ideología extranjera como el comunismo, y el temor de menguar su poder absoluto, castigan a los ciudadanos que hacen dinero trabajando. Ni proponiéndoselo se puede ser tan estúpido.

FUENTE: Especial

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