Lucerna. -No te pongas nerviosa. El comandante te va a recibir en su despacho, me dijo Chomy.

-¿El comandante?, respondí.

Era el martes 12 de mayo de 1986. Entonces no era usual que Fidel Castro recibiera a periodistas cubanos. Y menos en su oficina del Palacio de la Revolución.

Previamente Chomy -doctor José M. Miyar Barrueco, médico de profesión y entonces secretario del Consejo de Estado y de su presidente- me había dicho que me estaban localizando desde el día anterior. Habían dejado el recado en mi casa. Pero yo no estaba con deseos de responder ninguna llamada. Ni aunque fuera de parte de Fidel Castro.

El domingo 10 de mayo había sido el Día de las Madres. Y por todo regalo en mi casa había habido un cake de diez pesos, de los que por esa época vendían por la libreta de racionamiento, a razón de uno por núcleo familiar (vigente desde 1962, la libreta o cartilla de racionamiento ha mantenido a la población cubana con una ración mensual mínima de alimentos subsidiados por el Estado). Encima, el motor del edificio se había roto y el fin de semana me lo había pasado cargando cubos de agua desde la cisterna hacia nuestro apartamento en el primer piso.

Al día siguiente, lunes, me fui a trabajar a Prensa Latina, donde hacía un mes laboraba en prestación de servicios, en la redacción del Cono Sur. Mi salario (250 pesos, 10 dólares al cambio actual) como reportera de los servicios informativos de la televisión, lo seguía cobrando por el ICRT (Instituto Cubano de Radio y Televisión).

Esa semana tenía el turno de 1 de la tarde a 7 de la noche. Por el teléfono del director de Prensa Latina me localizaron del Consejo de Estado y fui autorizada a marcharme. Eran cerca de las 2 de la tarde y la cita era a las 6, en la oficina de Chomy. Por suerte, en 1986 todavía se podía depender del transporte público. Cogí la ruta 2, que nacía en 25 y N, al doblar de Prensa Latina. A las 3 ya estaba en mi casa. Y a las 5 saliendo rumbo a la Plaza de la Revolución, en una 174.

Sin nerviosismo ni temor entré al despacho. Una habitación espaciosa y clara. Se podía prescindir de la iluminación artificial. Una pared encristalada permitía entrar la luz diurna. Cerca de allí estaba su buró. Me llamó la atención un recipiente con caramelos, señal de que recientemente había dejado de fumar y a cada rato -supuse- se chupaba uno. “A lo mejor me brinda alguno”, pensé.

Había cuadros, plantas, sofás, mesitas y butacones. Un despacho sobrio, pero elegante. La decoración probablemente databa de cuando vivía su secretaria, Celia Sánchez, quien durante toda la lucha guerrillera en la Sierra Maestra había estado al lado de Fidel y después de 1959 fue su secretaria. Ella le imprimió un mismo estilo a todo el Palacio de la Revolución.

Para llegar hasta allí desde la oficina de Chomy, caminé por un largo pasillo. Chomy iba conmigo. Al final, en un cuarto, estaban los escoltas, tres o cuatro, no recuerdo bien, vestidos de verde olivo. Sobre una mesa se veían las metralletas. Por una puerta accedimos al despacho.

Dentro, de pie, se encontraban, Fidel Castro, Pepín Naranjo, su ayudante, y el recién nombrado presidente del INTUR (Instituto Nacional de Turismo y Recreación), Rafael Sed Pérez. Nadie me había registrado ni pasado ante ningún detector de metales. Al menos que yo me hubiera dado cuenta.

Cuando salí del Palacio de la Revolución me fui a pie hasta casa de unos amigos que vivían a menos de dos kilómetros, por el Parque La Normal, en el Cerro. Ellos fueron los primeros en conocer de esa entrevista. Chomy me había pedido discreción, pero pensé que personas de mi absoluta confianza debían saberlo.

Cuando llegué, estaban viendo el NTV (el Noticiero Nacional de Televisión salía dos veces al día, pero su emisión estelar era a las 8 de la noche, y muchos hogares en Cuba a esa hora suelen tener puesto el NTV: los noticieros constituyen una de las principales herramientas de propaganda del régimen). Apagaron el televisor y cuando les dije que venía de hablar con Fidel Castro creían que les estaba corriendo una 'máquina' (broma).

Estas amistades conocían muy bien mi historial de “conflictiva”. Ellos, como mi padre y mi familia materna provenían del Partido Socialista Popular (PSP). Eran viejos comunistas, bastante críticos con el 'socialismo fidelista'. Decían: “No fue por esta mierda que nosotros luchamos”.

-¿Tú hablando con Fidel Castro?

-Pues sí. Vengo de hablar con el mismísimo comandante en jefe.

Hicieron silencio. La incredulidad no desaparecía de sus rostros. Comencé mi relato.

“Resulta que a una brasileña amiga mía le cortaron la mochila en una guagua. Había venido a un evento sobre la enseñanza artística. Y el día antes del incidente había aparecido una entrevista con ella en Juventud Rebelde. Hasta ese momento, ella y varias colegas se sentían felices, de veras creían que éramos la patria del 'hombre nuevo'. Lo más traumático fue descubrir que había sido uno de los alumnos (de secundaria, por la descripción del uniforme) que estaba detrás de ella en la guagua. Cuando esa noche las visité en el Hotel Tritón se echaron a llorar. De la tristeza de saber que también en Cuba había niños 'malandros' como en Brasil.

“Les pedí la mochila picada. A la mañana siguiente, bien temprano, me senté ante la máquina de escribir y le hice una carta al ministro del Interior, José Abrantes (uno de los hombres más fieles y cercanos a Fidel Castro, después del caso Ochoa, en 1989, fue detenido y en 1991 moriría de un “infarto” en la prisión de Guanajay). Aproveché y le mencioné a Abrantes casos de delincuencia sufridos por otros brasileños y de los cuales había sido testigo. Entregué personalmente el sobre en la recepción del Ministerio del Interior. El militar que la recibió a lo mejor pensó que se trataba de un regalo, por lo abultado de la correspondencia, pero dentro contenía la mochila cortada. Por cierto, ¡tremendo trabajo me costó encontrar un sobre grande para meterla!

“Eso había ocurrido en febrero de 1986. Lejos estaba de imaginar que el gobierno se estaba preparando para renovar la policía: pensaban que así podrían combatir más eficazmente el delito y posibilitar el desarrollo turístico".

-¿Y qué pasó con tu carta? ¿Abrantes te mandó a buscar?, quiso saber uno de mis amigos.

-No, no me dio respuesta.

“Y le quité el plug (me desentendí). En su oficina, Chomy me mostró el original de la carta. Abrantes se la había mandado a Fidel. En el margen superior izquierdo, con un plumón negro, Fidel había escrito que yo era una persona muy valiente y quería conocerme. Chomy me mostró lo que Fidel escribió, para que lo leyera, sin tocarlo. Entonces fue cuando me di cuenta del motivo de la citación.

“Ustedes saben -continué contando a mis amigos- que yo a todo el mundo le mando cartas haciendo críticas o por situaciones negativas, pero a Chomy le había estado mandando algunos materiales interesantes, como un reportaje aparecido en la revista Manchete sobre la Spirulina (suplemento dietético). Y pensé que sería para agradecérmelo”.

Fidel Castro no dejaba hablar

El martes 12 de mayo de 1986 había ido al Palacio de la Revolución sin previamente conocer el motivo de la cita. Quien ha conversado con Fidel Castro sabe que él apenas deja hablar a sus interlocutores.

De su buró trajo un montón de papeles. Los estaba leyendo. Versaban sobre próximas medidas relacionadas con la reorganización de la PNR (Policía Nacional Revolucionaria). Me habló de su interés por todo lo vinculado a la policía y el turismo. Castro pertenece al tipo de personas que cuando tiene algo rondándole la cabeza, prioriza tanto el asunto, que todo lo demás es relegado a segundo o tercer plano. Un psiquiatra a lo mejor lo clasificaría como obsesivo-compulsivo.

Mientras hablaba, me ponía una mano en el hombro. Estábamos frente a frente y los demás un poco alejados. Pepín y Chomy más distantes, cercanos a su buró, y Sed Pérez cerca de mí. En un momento, por otra puerta -no por la que Chomy y yo entramos- un escolta pidió permiso y entró. Traía un pequeño radio portátil. Era para que el comandante oyera el final de la pelea de un boxeador cubano en no sé cuál campeonato. Una interrupción breve.

No recuerdo cuándo pude hablar. Pero de pronto se produjo el milagro: Fidel Castro se había callado. Entonces hablé y él me prestó atención:

-Mire, comandante, el problema es que muchos de esos jineteros, casi todos negros, viven muy mal, son pobres. Algunos tienen nivel universitario y hasta saben idiomas, pero, comandante, el problema es que… (mirando hacia donde estaban Chomy y Pepín) ustedes me perdonan lo que voy a decir, pero ellos también quieren tener cosas como tienen los 'hijitos de papá', cuyos padres viajan a costa del Estado (probablemente en otros países los hijos de ministros y funcionarios del gobierno también gocen de una serie de privilegios, con la diferencia de que sus buenas vidas a costa del dinero público en cualquier momento pueden ser objeto de una investigación periodística y saltar a titulares).

Silencio. Miradas. Ni un comentario. En 1986, debo aclarar, el jineterismo había comenzado a coger fuerza. Pero los que proliferaban en ese ambiente eran hombres, no tan dedicados al proxenetismo sino a la caza de dólares a través de negocios turbios y cambalaches (trueques y, por extensión, mercado negro) con turistas y extranjeros residentes en el país. El despegue del turismo ocurrió a partir de los 90, con la llegada del llamado "período especial en tiempos de paz". Fue cuando las jineteras dijeron “aquí estamos”. Y a base de sexo se impusieron y desplazaron a los hombres. Después de todo, la cara y el cuerpo de ellas eran más propicios para la búsqueda de “fulas” (dólares).

El espíritu de Yarini (en otra época, chulo habanero de ribetes legendarios) había resurgido. El proxenetismo socialista aún está por escribir. La espinosa realidad era -y es- pasada por alto por la prensa oficial. Todavía no se vislumbraba el nacimiento de un periodismo independiente. En el exterior el tema tampoco acaparaba espacio. Pero yo tuve la oportunidad de hablarlo personalmente con Fidel Castro. Y también de percatarme que el jineterismo había llegado para quedarse y convertirse en un fenómeno social.

Por ello no fue casual que la primera crónica que escribiera como periodista independiente, el 12 de octubre de 1995, fuera sobre una jinetera. Se titulaba El príncipe azul. Estaba basada en un caso real. Ese fue el primer texto mío que llevé a Raúl Rivero, quien unos días antes, el 23 de septiembre, había fundado Cuba Press (la más importante y profesional de las agencias de periodismo independientes surgidas en los años 90 y que pese a la represión, han jugado un rol primordial en la difusión de la realidad cubana).

Mis amigos que vivían por el Parque La Normal habían escuchado sin interrumpirme. Hice una pausa para tomar un vaso de agua, el primero en horas. Aprovecharon para preguntarme curiosidades: ¿tenía Fidel la cara rosada como se veía por televisión? ¿De qué color era su pelo? ¿Tenía muchas canas en la barba? También querían saber cómo daba la mano.

¿Cómo Fidel daba la mano?

Comencé por el final: “Tiene la mano suave y la da flojito, lo que es decepcionante para alguien rodeado de tanta aureola de poder. Uno espera que una persona así dé un apretón fuerte, con otra energía. El pelo es castaño rojizo, y no se lo noté entrecano. En la barba, rala, sí se veían canas (en mayo del 86 él estaba a punto de cumplir 60 años). La piel de su rostro es rosada. Y volviendo a sus manos, sus dedos son largos y delgados y sus uñas limpias y alargadas”.

Cuando alrededor de las 11 de la noche llegué a mi casa, mi hambre se había desvanecido. Las tripas se habían tranquilizado. En el refrigerador no quedaba ni un pedacito del cake por el Día de las Madres. Me dormí enseguida. Pero a media noche, un extraño sueño me despertó. Castro estaba en una cueva, y cada vez que iba acercándome a él, apretaba el paso y seguía caminando. Le gritaba y no me respondía. Finalmente se detuvo y se viró. Y con horror vi que no tenía ojos ni orejas.

Ese martes 12 de mayo de 1986 vez no había sido mi primera conversación con Fidel Castro. La primera fue en diciembre de 1960, en la tribuna de un acto de recibimiento a maestros voluntarios en Ciudad Libertad, antiguo campamento militar de Columbia.

-Fidel, dice Lalo Carrasco que nunca le pagaste los libros de marxismo que te llevaste fiados.

-¿Y Lalo todavía se acuerda de eso?, me respondió.

Lalo Carrasco, viejo comunista como mi padre y mi familia materna, había tenido una librería en Carlos III y Marqués González. Entre 1959 y 1961 trabajé como mecanógrafa y bibliotecaria en las oficinas del comité nacional del PSP, y la librería de Lalo quedaba enfrente. A menudo hablé con Lalo. Siempre decía: “¡Qué descarado es ese Fidel, se llevó los libros y nunca me los pagó!”. No sé si antes de morir Lalo, Castro le pagó lo que le debía. (A una librería que durante un tiempo hubo a la entrada del hotel Habana Libre, a la derecha, le pusieron Lalo Carrasco. Cada vez que entraba, me acordaba de la anécdota de los libros de marxismo. Lalo era un tipo campechano y mi padre se llevaba bien con él, igual que con su mujer, una de las aguerridas hermanas Restano).

Mi segundo encuentro con Fidel Castro se produjo un domingo del mes de febrero de 1961, poco antes de sumarme al tercer y último contingente de maestros voluntarios, en la Sierra Maestra. Fue en La Raquelita, finca ubicada en El Cacahual, otrora propiedad de Luis Conte Agüero, famoso periodista y político antes de 1959.

Tras la llegada al poder de los barbudos, la finca había sido expropiada y entregada a Blas Roca, secretario general del Partido Socialista Popular, para que allí pudiera trabajar. Mi padre había sido guardaespaldas de Blas durante más de veinte años. Además, Roca era el esposo de mi tía Dulce Antúnez y hermana de mi madre Carmen. Por si no bastara, Blas Roca en 1961 fue mi jefe en las oficinas del PSP.

Aquel domingo de febrero de 1961, Blas y los principales líderes del comunismo nacional se habían reunido secretamente con Fidel Castro. Si mal no recuerdo, se encontraban Aníbal Escalante, Joaquín Ordoqui, Carlos Rafael Rodríguez, Manolo Luzardo, Lázaro Peña, Flavio Bravo y Severo Aguirre.

A todos ellos y también a Juan Marinello, Secundino Guerra, Antero Regalado, Zoila Castellanos, Carlos Fernández R., Rafael Ávila y Ramón Calcines, entre otros, infinidad de veces mecanografié todo tipo de textos, desde actas de reuniones del comité nacional del PSP hasta la reedición del libro Los fundamentos del socialismo en Cuba, del 'tío Paco', como siempre le decía a Blas.

Una vez, mecanografié unos versos, que el poeta manzanillero Manuel Navarro Luna había acabado de componer y me dictó de una hoja de papel manuscrita. Fue el 29 de octubre de 1959 y estaban dedicados a Camilo Cienfuegos, misteriosamente desaparecido en el mar el día antes, cuando en avión se trasladaba de Camagüey a La Habana.

El poema se titula A Camilo y la primera estrofa dice: Tienes que estar caído, tremendamente desgarrado y caído, para que no respondas al pueblo que te llama y ahora te busca entristecido.

Aunque el rumbo socialista de la revolución no se hizo público hasta el 16 de abril de 1961, ya la cosa estaba ideológicamente amarrada. Aquel eslogan de “la Revolución es más verde que las palmas” no era más que eso, una consigna (en sus inicios se pensó que el proceso revolucionario tendría un carácter estrictamente nacionalista, con participación protagónica de la pujante burguesía cubana). Lo realmente cierto era lo que la gente decía: "Es como un melón, verde por fuera y roja por dentro".

Durante una pausa que hicieron los reunidos en la finca La Raquelita, mi tía Dulce me llevó al secreto encuentro, en una especie de bohío circular sin paredes y techo de guano, que no permitía la visibilidad desde afuera.

-Fidel, ésta es mi sobrina Tania. Dentro de poco se irá a la Sierra Maestra, a un curso de maestros voluntarios, pero nadie en la familia cree que va a aguantar, porque mira qué flaquita es (tenía 18 años y pesaba unas 100 libras) y, además, es muy mona (melindrosa) para comer.

Fidel se puso en pie y le dijo a mi tía:

-La familia que no se preocupe. Aquello allá es muy sano. En las montañas hasta el aire engorda.

Y mirándome me dijo:

-Te vas a acordar de mí, porque cuando regreses no te van a conocer.

Y así fue. Luego de tres meses en el campamento La Magdalena, Minas del Frío, Sierra Maestra, y después de subir tres veces al Pico Turquino -el más elevado de Cuba, con 1.974 metros de altura- cuando regresé a La Habana había dejado de ser 'flaquita'. Pesaba 130 libras.

Tania Quintero*

* Fragmentos de su libro "Periodista, nada más", editado por Canek Sánchez Guevara y publicado en su blog en mayo de 2011.

FUENTE: Especial

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