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La encargada de alimentar a un bebé mientras se forma en el vientre materno es la placenta, órgano que comienza a desarrollarse en la parte inferior del útero, justo en el momento en que se implanta el embrión, y se compone de cientos de vasos sanguíneos.

Se forma a partir de las mismas células que dieron origen al feto, y permanece en su lugar hasta el momento del alumbramiento.

Lo normal es que en la última etapa del embarazo la placenta, que para ese momento tiene unos 20 centímetros de diámetro y un peso aproximado de 500 gramos, comience a despegarse de la pared uterina, pero cuando esta se encuentra adherida de forma anómala es difícil que la separación se produzca de manera natural, provocando una peligrosa condición que se conoce como acretismo placentario.

Este trastorno está clasificado en tres niveles según la gravedad de la unión de la placenta con la pared uterina, se trata de: la placenta accreta, increta, y percreta. Esta última es la menos común, a ella corresponden apenas el 5% del total de diagnósticos, y se produce cuando la placenta penetra la pared uterina y se adhiere a otros órganos, como la vejiga.

En un segundo nivel estaría la llamada placenta increta, que se produce cuando esta se adhiere aún más profundo, penetrando el músculo uterino. Esta condición representa aproximadamente el 15% de todos los casos.

Finalmente, la placenta accreta a la que corresponden el 75% de los casos, se produce cuando la adherencia es profunda aunque no llega a penetrar el músculo uterino. Estas tres condiciones son consideradas una complicación grave, por el peligro potencial que representa el crecimiento excesivo de los vasos sanguíneos que componen la placenta, y que son capaces de provocar una masiva hemorragia postparto con consecuencias fatales.

Cuidado con las cesáreas

La ciencia aún no ha logrado determinar un origen específico para este trastorno placentario, aunque se le ha relacionado con condiciones como placenta previa, cirugías uterinas anteriores, madres mayores de 35 años de edad, multiparidad, lesiones del endometrio, y especialmente con las cesáreas; de hecho una variedad de estudios confirma que este es un factor identificado en más del 60% de los casos. Sin embargo, se han diagnosticado casos de placenta accreta en los que no existe ningún antecedente de cirugías previas.

Al parecer, las cicatrices de cesáreas anteriores, provocan que la placenta se pegue y se incruste, por eso los especialistas coinciden en señalar que este es el elemento fundamental para explicar el vertiginoso aumento en el número de casos aquí en Estados Unidos, pues una condición que era extremadamente rara en la década de los cincuenta con una proporción aproximada de uno en cada 30.000 embarazos, ha aumentado a uno por cada 500 nacimientos.

Y esa cifra alarmante viene acompañado de otro dato importante: una de cada 14 mujeres americanas con placenta accreta muere a consecuencia de una incontrolable hemorragia postparto, donde la pérdida de sangre promedio se estima entre tres y cinco litros.

Silente y no previsible

El acretismo placentario suele ser asintomático, siendo la única excepción en este sentido un diagnóstico de placenta previa, es por eso que usualmente no se logra detectar sino en el momento del parto, especialmente cuando la placenta no ha sido expulsada a los 30 minutos de la salida del bebé.

En algunos casos, una hemorragia vaginal durante el tercer trimestre del embarazo, es el elemento que indica la necesidad de descartar una placenta accreta, esto suele hacerse a través una ecografía, que puede transvaginal o transabdominal. Cuando este examen no es concluyente, algunos especialistas se sirven de estudios de RM y de flujo Doppler.

Lamentablemente no hay ninguna estrategia para prevenir una placenta accreta, y realmente es poco lo que se puede hacer una vez que se ha diagnosticado, más allá del seguimiento constante del caso y la programación de una cesárea para el momento en que se confirme la madurez pulmonar fetal, lo que sucede por lo general entre las 34 y 35 semanas de gestación.

En este caso, la cesárea exige la participación de un equipo quirúrgico multidisciplinario que debe incluir necesariamente un obstetra, un ginecólogo, un angiografista, un urólogo, y un anestesiólogo, además del especialista encargado de atender al bebe que suele ser el menos afectado, porque el verdadero riesgo es para la madre.

Esta intervención quirúrgica permitirá separar manual la placenta de la pared uterina, y aunque en la mayoría de los casos se busca preservar el útero de la madre, en algunos casos es necesario recurrir a una histerectomía, lo que implica su extracción completa, y en consecuencia, la pérdida de la capacidad para concebir.

Posibles complicaciones

  • Hemorragia vaginal intensa.
  • Necesidad de recurrir a múltiples trasfusiones de sangre.
  • Rotura uterina.
  • Pérdida de la capacidad reproductiva.
  • Parto prematuro.
  • Infección.
  • Riesgo de lesión en los órganos internos.
  • Síndrome de dificultad respiratoria aguda
  • Muerte materna

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