La familia es la que más lo sufre. De pronto uno nota que un familiar cercano va cambiando radicalmente, que ya no es quien era, hasta que llega el diagnóstico: Alzheimer. Una joven nos cuenta cómo vivió este proceso con su padre y cómo aprendió a aceptar la enfermedad en el seno familiar.

Annegreta Frenzel tenía sólo 15 años cuando comenzó a notar cambios en su padre. Su madre estaba de viaje y había dejado dinero en efectivo. Ya el primer día había desaparecido todo. "Le pregunté a mi padre qué había sucedido y me dijo que no sabía". Al regresar su madre, hablaron sobre lo ocurrido y comenzaron a atar cabos: últimamente habían pasado varias cosas poco usuales en la casa.

La pareja consultó a varios médicos hasta que les supieron decir que se trataba de un Alzheimer en estadio temprano.

"Por momentos sentía pena, por otros mucho enojo", recuerda hoy Annegreta, a sus 26 años.

Los especialistas dicen que la primera fase es especialmente dura para la familia, porque por lo general todos se niegan o no saben lidiar con lo que está pasando. "Una vez que los familiares dejan de luchar contra la enfermedad, les resulta algo más sencillo", explica Susanna Saxl, de la Sociedad Alemana de Alzheimer.

El Alzheimer afecta ciertas zonas del cerebro que llevan a problemas de memoria, de orientación, del habla y de personalidad. "Las zonas del cerebro que se utilizan más suelen tener una estabilidad más prolongada", apunta el neurólogo Joachim Bauer. Por eso, dice, es muy importante que los familiares observen qué es lo que el paciente todavía puede hacer solo y que intenten mantener un equilibrio entre los cuidados y cierta independencia de la persona.

Por supuesto, de todos modos es doloroso ver cómo alguien cercano va cambiando tanto. Lo que más sufrió Annegreta fue ver precisamente cómo su padre iba desdibujándose. "Ya no era la misma persona", recuerda. "Antes estaba todo el tiempo pensando en los demás, hacía todo por mí y ponía lo que él quería en un segundo plano, pero de pronto dejó de interesarle lo que yo hacía", comenta la joven, que lo recuerda ausente y al mismo tiempo nervioso. Dice que se sentía sobrepasado por todo y que a veces también reaccionaba como si lo estuvieran atacando.

"Como yo en ese momento era muy joven, hubo veces en que reaccionaba contratacando, y es algo que lamento", dice Annegreta.

Saxl explica que las personas que sufren demencia no suelen ser agresivas a raíz de cambios cerebrales, sino, por lo general, a raíz de algún disparador externo como un sonido muy fuerte o situaciones que les generan miedo. Cuando cambia el contexto, su comportamiento suele mejorar.

"Los pacientes con Alzheimer se vuelven agresivos si sienten que no los están tratando con respeto", observa Bauer, que asegura que el mejor modo de prevenir la agresividad es el trato amable.

La familia de Annegreta vivió un antes y un después hace tres años, cuando el padre quiso poner agua a hervir y prendió la hornalla en la que había una cacerola con restos de comida. En realidad es algo que le podría pasar a cualquiera. "Pero comenzó a quemarse y él estaba sentado, leyendo el periódico con total tranquilidad en la cocina llena de humo", dice su hija.

Tanto a ella como a su madre les costó muchísimo tomar la decisión, pero en ese momento tuvieron que reconocer que debían hacer algo. Decidieron que el padre viviera en un hogar muy cerca de la casa. El orden y las reglas claras de ese lugar le dan seguridad. Su hija lo visita a menudo y también siente cierta tranquilidad de poder salir a comer o incluso irse de vacaciones unos días sabiendo que su padre "está en buenas manos".

FUENTE: DPA

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