Se dice que en la cima del pico Everest hay sólo unos pies de rocas cubiertas de nieve, el resto, adonde quiera que se mire es puro cielo. Arribar, aunque sea a la base, sin arriesgar demasiado la vida, es casi imposible, pero más de un año caminando kilómetros de arena en Miami Beach y subiendo escaleras varias veces al mes en los edificios de Sunny Isles y Aventura, reducen considerablemente la triste opción del fracaso. Llegar más allá de Gorakshep, el asentamiento más alto del planeta, es posible.

Así mismo, la genética es firme en esto y la pregunta sin respuesta es quién lo logrará y quién sólo vivirá la ilusión. Mientras más se gana en altitud, menos oxígeno llega a la sangre, y esa transferencia de gases que ocurre en lo más íntimo de los pulmones es estrictamente personal. Cada ser humano inspira oxígeno y vota el dióxido de carbono proveniente de las diferentes partes del cuerpo. Las cantidades y la velocidad de esa tramitación microscópica varía en cada cual. Algunos no lo logran de forma efectiva, es decir, que aunque respiren bien, sólo una pizca de oxígeno alcanza la sangre. Esta capacidad se hereda y no hay gimnasio que lo arregle. La única forma de saber cuánto eres capaz es intentando las alturas.

El Monte Everest reina en la gran cordillera del Himalaya. En su cabellera de hielo y enormes piedras se haya la cima del mundo, justo a 8.848 metros (29.028 pies). El aire es tan “fino” que la mayoría de los mortales necesitaríamos al menos un poco del gas de la vida en el trayecto por las nubes. A esa altura ya no llegan los helicópteros, no hay animales ni plantas, el cuerpo cesa de adaptarse y la vida se esfuma de segundo a segundo, entre los aullidos y ventiscas de las altitudes. Llegar hasta el Campo Base de Comolangma, o Sagarmata, como también se conoce al Everest, conlleva menos esfuerzo que escalarlo propiamente, pero una preparación igual de rigurosa considerando que este colonia de exploradores se haya a 5.364 metros sobre el nivel del mar.

Ciencia de altura

Nada como una expedición al “tercer polo”. Se trata de una aventura al otro extremo del planeta, el lado alto. Una oportunidad exclusiva en navidad para ver el cuerpo hacer lo suyo, para documentarlo y estudiarlo, para meditar sobre los resultados y entonces poder dar consejos a tantas personas. El por qué es también el reto a lo difícil, a poner bandera en el lugar donde nadie logra vivir, sino sólo sobrevivir. Llegar al balcón del cielo viniendo de una isla caribeña rodeada de playas y donde las montañas no sobrepasan los dos mil metros.

Altitud 0 metro. Un estudio se diseñó pensando en los numerosos alpinistas, viajeros y los residentes de aldeas y villas que pierden la vida, los dedos, y hasta el juicio persiguiendo sus propios sueños de senderos al infinito terrenal. Luego de consultar con los profesores de la Escuela de Medicina de Ross University y presentar un proyecto de investigación al comité científico obtuve una respuesta inusual, pero muy alentadora: “Su comenzar ha sido excelente. Hágalo y disfrútelo”. Esta expedición encausó todo esfuerzo en detectar y calcular los latidos del corazón, las calorías gastadas, y la distancia recorrida en pasos y millas entre laderas y picos. Todo se basa en relacionar la influencia del hostil medio ambiente y el esfuerzo para lograr cima. La incertidumbre me impulsa al intento. Desde el inicio se detectó que la velocidad promedio del ascenso era muy baja en comparación con la de, por ejemplo, caminando por el parque. Entre 1 y 2 kilómetros por hora. Al menos alimentos como el chocolate, el turrón del tipo jijona, el arroz, el jamón, y las papitas en conserva suelen ser excelentes aliados para ganar el cielo del Valle del Khumbu. Aprendí que las grasas se deben evitar por lo difícil de digerir en las altitudes, pero el jamón es una excepción por sus valores: 1) El contenido de proteínas necesarias para la recuperación después del ejercicio; 2) la presencia de sal importante de reponer luego de tanto sudar, y la tercera, lo rico que sabe. En serio, el impacto sicológico de los platillos es clave cuando se trata de lograr lo imposible, y un “serrano” siempre es de ayuda en las lomas. Contiene, además de calorías importantes para el frígido clima, sodio, potasio, calcio y magnesio. El producto no necesita congelación, es ligero y pega con todo.

2480 metros. Desde el inicio de la marcha en Lukla se siente el cambio: no hay nubes de espuma. Frio de menos 7.3 grados dentro de los cuarticos, silencio y colosos montañosos sincronizan un escenario que cautiva el alma y domina la indócil inmensidad. Familias sherpas se han establecido por generaciones alrededor de picos con nombres ya mundiales: Ama Dablan, Lohtse, Nuptse, Anapurna, Makalu y por supuesto, Everest. Los sherpas de Namche Bazaar nos regalan datos increíbles, como que el té negro, el jengibre y el ajo son buenos para ayudarnos contrarrestar el peligroso mal de montaña. Se trata de un síndrome clínico que afecta seriamente a los montañistas llegando incluso a causar dolor de cabeza, náusea, fatiga, mareos y aceleración del pulso. El mal puede progresar hasta una retención anormal de líquido en el cerebro o los pulmones que puede ser el final del atrevimiento.

A 3.500 metros, la expedición sube a esfuerzo creciente a pesar del frio decembrino. Cubrimos unos 62 kilómetros de trayecto en esta subidas de montaña (unas 38 millas en ascenso) viviendo la ruta clásica del peregrinar. El Everest es también un mausoleo natural de alpinistas cuyos cuerpos se hallan aun entre rocas y hielo, en los abismos sombríos y los helados pasos que enlutasen el camino a la victoria. La montaña no perdona errores y los accidentes en el descenso son la regla. El tiempo parece jugar con el cerebro y la distorsión puede ser en cualquier sentido. Las paradas de la expedición parecen muy breves o muy largas aunque los minutos sigan siendo fijos. A veces dormimos (o intentamos) dos noches seguidas en el mismo caserío para garantizar la adaptación al mundo del silencio: voy aclimatando mi anatomía en Fakding, Namche Bazar, Dingboche ,Tengboche , Lobuche, Gorakshep…y en medio del compulso marchar sin aire y aun repleto de esperanza aparece majestuoso, impasible y único. El Everest parece mirar en derredor con cierto aire de superioridad, pero con la melancolía de no tener ni una planta viva en derredor; esto parece Marte. Creo que estoy imaginando cosas por la poca oxigenación. En mi sangre, sólo hay un 70% de oxígeno que en el jadeo me hace echar de menos mi habitual 98% cerca de la Bahía de Biscayne.

Everest XL

Ha sido una contienda en este extremo del planeta. Mientras mejor te preparas más chances tienes de lograrlo. Claro, gastas menos oxígeno para cualquier esfuerzo y queda más disponible al cuerpo. Garantías ninguna. La respiración promedio no es suficiente. Aquí aumenta el número de bocanadas de aire, las pulsaciones, las veces que se orina y la cantidad de líquido que reciclamos en el cuerpo. Producto de la altitud extrema pueden suceder cambios emocionales adaptativos, irritabilidad, trastornos temporales de memoria y hasta alucinaciones. El propio Hillary describía en su primer ascenso al Everest cómo el cerebro “le jugaba malas pasadas”. Se refería a las alucinaciones. Recuerdo que regresando de un ascenso a 3087 metros ‘escuché’ dos veces voces de un grupo de mujeres que charlaban. Le comenté al guía dominicano que entonces me ayudaba en el Pico Duarte. “Yo también las ‘escucho’…a veces”. Entonces me di cuenta que trataba de explicarme algo sin ofenderme. Fatiga, aislamiento, silencio, azúcar en sangre muy baja y altos niveles de cuerpos cetónicos (sustancias producidas por el metabolismo en el ejercicio extremo) pueden hacer ver, sentir o escuchar las llamadas alucinaciones, verdaderos espejismos, cosas que no existen en ese momento.

A 5.365 metros. Todo es exagerado en el perímetro Everest: la necesidad de agua que se escapa del cuerpo, la radiación que lo bombardea, los caminos más recios, las temperaturas más gélidas y las noches oscuras de la montaña sherpa. Aunque limítrofe con China, el lado nepalés es el más usado para ascender y el más cálido, según los expertos. En mi reporte escribo datos muy singulares:

Distancia recorrida. 60 kilómetros de montaña

Altura de comienzo: 2800 metros

Altura máxima alcanzada: 5643 metros

Saturación de oxígeno en Miami Beach: 98%

Oxigenación más baja (Kala Patthar) 70%

Pulso más bajo y más alto registrado: 95-189

Si de algo sirvió esta expedición fue para probar que a marcha lenta nos adaptamos. Lo que no quedó claro fue qué pasó con mi respuesta hormonal. Quizás en el próximo viaje, por ahora todo lo que sube…debe volver con su familia. La señal satelital no alcanza para transmitir mi alegría que se pierde en el sofoco y lágrimas. Llegar a la base del Monte Everest es un rotundo “si” a los imposibles. Nunca había estado tan lejos de mi tierra. Me faltó asaltar la cima del Everest; algún día, en esta vida o la próxima.

Todavía falta también interpretar la influencia de la temperatura, la presión atmosférica, y la propia altitud recorrida sobre este cuerpo exhausto. He prestado mi corazón a la ciencia, pero creo que es hora ya de regresar a casa. Dejo en la cima del Kala Pattar una placa de metal que cargo desde mis entrenamientos: “Al pueblo de Nepal, del pueblo de Cuba, con agradecimiento a los Estados Unidos de América. En memoria a la mayor altitud escalada por un cubano y su primera Expedición Médica al Everest. 5. 643 metros, 18.514 pies”. Y sobre el pedregal alzo mi bandera con el sol a trasluz.

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