Durante las últimas semanas, se han multiplicado las críticas a Obama por su viaje a Cuba.  Para algunos –especialmente miembros del Partido Republicano y sectores del exilio cubano– sería una intolerable muestra de condescendencia hacia la dictadura de los hermanos Castro. 

De aceptar determinados juicios, la acción incluso podría estar rayando en la traición. Semejantes opiniones son comprensibles entre personas que han sufrido el desarraigo y también entre aquellos que desean conservar un puesto en Washington a costa de fingir que los defienden. 

Sin embargo, no deja de ser interesante examinar cómo ven la situación aquellos que quizá no sienten simpatía alguna por los Castro, pero tampoco tienen el menor interés en la ampliación de la influencia de Estados Unidos en este hemisferio.  

Por ejemplo, tomemos un reciente estudio de Pyotr Yakovlev.  Persona de nada escasa relevancia, Yakovlev es el director del Instituto de Latinoamérica, pertenece a la Academia rusa de ciencias y es catedrático de economía en la universidad Plejánov. 

De manera bien reveladora, Yakovlev no ve en la acción de Obama un “gesto por la paz mundial” que sería la forma elegante de referirse a un error fruto de la debilidad.  Por el contrario, lo interpreta como un astuto movimiento para recuperar una influencia perdida hace décadas.  

Lejos de abonarse a una estrategia de confrontación que no ha producido ningún resultado tangible más allá que el de cierta satisfacción moral y el del mantenimiento de ciertas cajas de votos, la administración Obama habría decidido optar por un colocarse en el primer puesto para el día después. Si de Franco se decía que había que esperar al “hecho biológico” –sutil manera de referirse a la muerte– y que luego vendría el cambio, parece que Obama también cree que merece la pena atender a la desaparición física de los hermanos Castro, pero colocando a Estados Unidos en la primera posición para aprovecharlo. 

Se piense lo que se piense de la visita y de episodios como el partido de base ball o la conversación telefónica con el humorista Pánfilo, Obama ha pasado por encima de los alemanes, de los franceses, de los españoles y de tantos otros que ya se habían pasado por la hermosa isla caribeña para plantar las semillas del lucro. 

Acostumbrados a una política de revolver y salón, digna ciertamente de una película de Clint Eastwood, no pocos han contemplado la acción exterior de Obama como una penosa serie de muestras de debilidad.  Sin duda, no ha conseguido sacar del todo a la nación de dos guerras –Afganistán e Irak– que iban a ser breves y victoriosas, pero que siguen durando y que carecen de un final aceptable a la vista. 

Sin embargo, ha logrado evitar una intervención terrestre en Siria, ha captado la centralidad de una estrategia en Extremo Oriente y –¡al fin!– se ha percatado de que Estados Unidos no puede mirar hacia otro lado en lo que a Hispanoamérica se refiere. 

No es por casualidad que haya señalado la situación en Venezuela como esencial para la seguridad nacional o que, tras el viaje a Cuba, tenga como objetivo una Argentina que ha expulsado al populismo.  Analizando cómo ven todos estos pasos gentes que no aspiran a obtener un puesto en el Congreso, se tiene acceso a otras maneras de ver las cosas.  Merece la pena escuchar también a los otros aunque se llamen, por ejemplo, Yakovlev.          

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