MIAMI.-Todos no lo saben, pero ha muerto Leonard Cohen. Si no el más trascendental de los poetas y cantautores canadienses, seguramente el más singular, versátil y enigmático. Una de las últimas leyendas del arte moderno. Aunque su mayor producción fue musical (unos 25 discos) publicó 12 libros, 10 poemarios y 2 novelas. Fue Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2011 y varias veces candidato al Nobel de Literatura.

Su voz grave parecía una especie de susurro de profundidad infinita. Como un locutor de los tiempos gloriosos de la radio, más que cantar, declamaba sus versos, casi augurios, acompañado de una música celestial y callejera escapada de la noche. Con su timbre quebrado fue capaz de crear increíbles melodías sobre las miserias y hazañas cotidianas, suyas y de sus contemporáneos.

Habló, con marginal elegancia, de casi todo lo que navega entre la vida y la muerte: el deseo y los miedos, las religiones y las dudas, la sociedad y la familia, la guerra y las modas, la política y la poesía, el hallazgo y la ceguera, el aislamiento y las relaciones interpersonales, el arte de amar y el arte de mentir.

Nacido en una familia de emigrantes judíos, tituló su tercer poemario Flores para Hitler, que aunque sembrado de ironías fue su monólogo interior para despedirse, sin olvido, de los fantasmas del holocausto. Entendió que “los niños muestran sus cicatrices como medallas. Los amantes las usan como secretos que revelar. Una cicatriz es lo que sucede cuando la palabra se hace carne”. De ahí que sus libros y discos sean una lúcida y coherente colección de cicatrices, con la que intentó salvar su mundo, el mundo, al que a veces parecía no pertenecer.

Fue el autor más espiritual de la contracultura. Creció entre ilusiones y decepciones, entre caricias y adioses, y nunca dejó de ser un seductor. No en balde Memorias de un mujeriego se titula uno de sus poemarios. A Janis Joplin dedicó Shelsea Hotel donde convierte en poesía el recuerdo de una felación. También escribió que “el amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males”. En su aire de Lord posmoderno, el existencialismo y el romanticismo bebían del mismo trago.

La filosofía Zen le salvó del desasosiego existencial que varias veces le llevó a la depresión. Vivió 6 años en un monasterio en California, convirtiéndose en monje, con el nombre de Jikan, que significa silencio. Escribió: “El término depresión clínica se abre paso en demasiadas conversaciones hoy en día. Uno tiene la sensación de que se ha producido una catástrofe en el panorama psíquico”.

En su obra no faltan mensajes donde confluyen la moralidad, la espiritualidad y el idealismo ante las angustias del hombre atrapado en el laberinto o el ocaso de la modernidad como “actúa de la manera en la que te gustaría ser y pronto serás de la manera en la que actúas”. O “el cuerpo que te prometieron está enterrado en el corazón de una máquina inutilizable que nadie puede detener o poner en marcha”.

Parásitos del paraíso, El libro del anhelo, El libro de los salmos y Los hermosos vencidos, son algunos de los libros del poeta del sombrero clásico y ojos nerviosos. Entre sus discos más exitosos están Songs from a room, Songs of love and hate, I'm your man y The future, con inspiradoras letras, que como balbuceos proféticos, hablan del poder de la esperanza sobre la apatía. Tres canciones de este disco (Waiting for the miracle, The future y Anthem) fueron incluidas por Oliver Stone en su película Natural Born Killers.

En su canción Everybody knows, usada en los filmes Pump up the volumen, de Allan Moyle y Exótica, de Atom Egoyan, le quita el antifaz a la sociedad contemporánea: “Todo el mundo sabe que los dados están trucados / que el barco hace aguas / que el trato está podrido / que la pureza del hombre y la mujer son solo un antiguo y bonito engaño / Todo el mundo sabe que la escena está muerta, pero va a haber una reunión en tu cama que descubrirá lo que todo el mundo sabe”.

Recientemente, delicado de salud, declaró que estaba preparado para morir. Y el mes pasado, emocionado por su último disco, You Want It Darker, rectificó: “Creo que estaba exagerando. Tengo la intención de vivir para siempre”. Aunque este 7 de noviembre se anunció su muerte a los 82 años en Los Angeles, California, no sabría decir cuál de las dos frases es la cierta. Fue, sin duda, el más iconoclasta de los monjes. Debe estar riendo.

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