A mi padre, que está en el cielo.

A mi madre, por ser quien soy.

A mi ciudad natal, Holguín.

A los que no menciono, ¡pero están!

Además de no hacer nada ¿a qué otra cosa te dedicas Chichi?, le oíste decir al Nene, alias Lomoeyagua, cuando te tocaba el hombro izquierdo y asomaba la risa postiza por el otro. La broma de siempre, lo que más le divertía a él y lo que más te jodía a ti. Seguías el rito del mirar por rutina, olvido, o seguir la corriente de su humor negro. Recién afeitado, pelo rubio empavesado de brillantina, espalda encorvada de donde venía el apodo, ojos azules y achicados por un astigmatismo mal tratado, propio del esfuerzo de la vista en el manejo de relojes y circuitos eléctricos, te hablaron de resaca incurable. Nene, pocos se atrevían a decirle en su cara Lomoeyagua, era de esos tipos que saben de todo y lo arreglan todo en el barrio. Más de una vez, incluso, se le vio con una escopeta de caza inventada por él, y de la que nadie se fiaba, igual disparaba al apretarle el gatillo, que al caer al suelo por un descuido: ¡qué peligro!, decía la abuela al verte con aquel loco con cara de loco.

Estaban en el bar-restaurante “Brisas de Yareyal”, a veinte kilómetros de la ciudad, paso obligado de entrada y salida al pueblo. El Chichi vestía su atuendo de mecánico, oficio que ejercía por aquella época y le servía para, de tarde en tarde, con el pretexto de probar la dirección de los carros que arreglaba, acercarse hasta el bar y beber alguna que otra copa. Solo traía una camisa por encima del overol para ocultar las manchas de grasa y gasolina. Las manos manchadas y el olor a taller y sudor poco disimulado.

Habíamos quedado hace media hora Lomo… ¿qué pasa compay? Na´ tuve que ayudar a la vieja a cargar el agua pa´lavar y mirarle el fogón, y que me levanté tarde, además, ¡qué coño!, tú siempre estás en lo mismo Chichi, no me jodas más, dime, ¿dónde están Maiví y la amiga?, debías encargarte tú de eso, ¿no? Qué va compay, esa muchacha no quiere saber de mí, y de la amiga y tú ni hablar, tú no ves que eso es un bomboncito y tú estás más malo que´l carajo… ¡Eh! Chino!, ponle un doble con cara´etriple al amigo y repíteme lo mismo a mí. ¿Y qué pasó contigo y Maiví?- preguntó el Nene luego de agradecer con un gesto al Chino y levantar el vaso con el Chichi a modo de brindis. Na´, lo de siempre: ella que si yo soy, que si quiere casarse, que por qué no voy a su casa a hablar con el padre, yo no estoy pa´eso. Si, a ti la que te gusta es la flaca, esa de las tetas grandes, ¿cómo se llama? Déjate de comer mierda Nene y no toques ese tema que no me gusta. Claro que si compadre, esa solo piensa en la musiquita y la última moda, además, ya te ha dejado plantado más de una vez, que si va al colegio en la ciudad, que si los amiguitos con sus discos “prohibidos de rock” y revistas bajo el brazo, tu ni sabes de música, ni de baile, ni de modas, y creo que nunca te has leído más de tres oraciones seguidas de un libro. Bueno déjalo ya y date un trago. No, lo que tienes que saber es lo que se ajusta a ti. Mira Nene, la vida no es un reloj de esos que tú arreglas o desarmas para armar otro, la vida es complicada y yo no quiero más complicaciones, en la última discusión le tuve que prometer a Maivi que no iba a tomar más. Cómo que no vas a tomar más Chichi, ¿y qué es esto? No, no voy a tomar más, ahora voy a tomar igual, porque si no me paso y…, jajaja.

Un Cadillac ´57 blanco, descapotable, aparcó cerca de la entrada. Por el sonido el Chichi adivinó la marca, el año de fabricación y algún que otro fallo del carburador a pesar de lo nuevo que aparentaba ser el automóvil. Nadie reparó en el mulato medio-tiempo, de traje blanco, sombrero y bastón, que, encaminándose al bar, pañuelo de seda en mano, se enjuga el sudor de la cara y el cuello. Buenas tardes a los caballeros, se le escuchó decir. Otros parroquianos, hombres todos, se apoyaban a la barra, nadie contestó al saludo, solo el Chino pregunta, ¿qué se le ofrece al señor? Ponme un doble de Aguardiente con limón natural, por favor. ¿Quién será este tipo?, le susurraste a Lomoeyagua extrañado. A mí su cara me es conocida, pero no tengo ni idea, contestó Lomo, ahora apartando la mirada del desconocido. ¿Qué dicen los muchachos?, era el mulato que a modo de saludo se daba la vuelta para hablarles. Aquí estamos, sin muchas cosas que hacer, como todo domingo por la tarde, dijiste con una risa improvisada. Queda muy lejos la ciudad, es que tengo que trabajar esta tarde aquí y por la noche en el Casana Club… Y a qué se dedica usted, si no es indiscreción, le preguntó Lomoeyagua, en tono inquisitivo. Yo, soy cantante. No, no, él quiere decir, ¿en qué trabajas, cómo te ganas la vida?, dijiste ahora más serio. Eso, soy cantante, me gano la vida cantando. Ah, tú eres artista. Si, ¿por qué? No, por nada, soltaste, guiñándole un ojo al de al lado. El corro se había cerrado, la gente del campo peca por la indiscreción ingenua, pensaste al mirar a los lados. Chino, ponle lo que quieran los muchachos, y ustedes que quieren, dijo el mulato a los demás que se habían acercado sin que nadie los llamara, ¡Chino ron para todos que va por mí! El primer trago fue de golpe y unánime, parecían puestos de acuerdo. El que tenga sed que pida un vaso de agua muchachos, era Lomoeyagua con su humor de perro viejo. No te preocupes rubio, Chino, repite y pon. La conversación giró en torno a cualquier tema y chistes propios del momento. Vengo de La Habana, es una gira arreglada, pero yo voy por mi cuenta, ayer debí quedarme a dormir en el hotel de este pueblo, pero me compliqué en el anterior (¿han visitado Puerto Padre?, hay unas mulatas en ese pueblo… ¡Oh!), y nada, ya ven, ahora es que aterrizo. El mulato hablaba con soltura y brillo en los ojos, como si los conociera de toda la vida. Debe ser linda la capital, preguntó alguien. Si, para el que tiene dinero, si no tienes dinero te come el león, yo llegué a La Habana pobre y semianalfabeto, con un cajón de limpiabotas y una guitarra, pero joven y con deseos de vivir y salir adelante, eso fue lo que me salvo, y la suerte de conocer a personas que me ayudaron en su momento, claro. En todos los lugares es igual, si no tiras pa´lante te come el león, como dices tú, mira yo, tengo que trabajar hasta los domingos, crees que me gusta estar sucio, con olor taller y manchado de grasa a esta hora, no jodas compay, esto no es fácil. ¿Y es verdad que en La Habana hay casinos de juegos gigantes y que van los actores de cine y cantantes famosos y que los carnavales son los más bonitos, con las mujeres y carrozas más bellas?, volvió a preguntar la misma voz de antes. Sí, todo es verdad, pero también es verdad que para disfrutar de esas cosas hay que pagarlas y no todos pueden. Bueno vamos a dejar el lamento para otro día, y tú deja de preguntar que tienes loco al señor, dijiste antes de empinar el codo. No importa que pregunte, mejor, eso me demuestra una vez más que lo material no es todo en la vida, yo he vivido todo eso que quizá ustedes en este momento no conocen y mírame aquí compartiendo un trago con ustedes, a veces estas cosas también nos hacen falta. El mutismo de los hombres acaba en el primer trago, decía el abuelo, y ya nosotros tenemos más de uno, pensó Lomoeyagua de camino al baño.

Pero ya están vacíos, Chino, ¿qué pasa compay?, dijo el mulato en tono y acento burlón. Señor… pasa que el administrador me ha dicho que no le ponga más ron, que usted tiene que cantar en el restaurante en unos minutos, dijo el mesero entre dientes. Y quien cojones le dijo a tu administrador que tiene que decirme lo que debo hacer. Había subido el tono de la discusión y te adelantaste para mediar en caso necesario. No se ponga así señor, él es el jefe y manda, yo solo cumplo órdenes. No lo digo por ti, Chino, perdona la respuesta, lo digo por estos cuello blanco que siempre están dando órdenes a los demás como si dirigieran una unidad militar, dile a tu jefe que venga acá. Compay deje esa discusión, ya hemos bebido bastante, si quieres nos vamos a otro sitio en el pueblo, deja este imbécil que se meta su bar, con restaurante y to´ en el culo, le susurraste al mulato con el brazo en el hombro. Es que no admito que alguien me diga lo que tengo y debo hacer y menos un “hijoeputa” que explota a todos y roba a dos manos. ¡Eh!, ¿qué pasa aquí, caballeros?…, era el Nene, que, con cara de susto y ojos saltones, terminaba de subirse la cremallera en el salón y se secaba alguna que otra gota en las perneras del pantalón. Nada rubio, no te preocupes que todo está arreglado, deja que venga el cabezaepuerco ese pa´ cantarle las cuarenta.

La puerta que comunica la barra con la cocina dejó ver dos figuras diferentes por ser tan iguales. Trajes, ambos claros, aunque uno más oscuro que otro. Pelos, engominados, aunque uno calvo y el otro con raya al costado. Estatura desigual, aunque no muy marcada, el calvo era más gordo y aparentaba menos talla. Risas forzadas y manos estiradas al mulato a modo de saludo cortaron la tensión. Mira Bartolito, hablaba el alto, te presento al señor Perdomo, administrador y gerente del restaurante-bar “Brisas de Yareyal”, en el que nos encontramos ahora y en el que tú debes cantar esta tarde acompañado de otros colegas de esta tierra de grandes cantores. A ti no se te quita el tono retroburócrata ni en otra provincia Pepito, coño hasta cuando compadre…, dijo el mulato con cara extrañada ante la mano que tenía delante. Te habías alejado unos metros para abrir paso. A una seña del Chino te acercaste y este en susurro a los vasos que secaba comentó, ese flaco alto es el manager de la gira, el tipo está forra´o. Ah! Pepito, te quería presentar unos amigos y brindar con ellos antes de comenzar a cantar, y, de paso, dar tiempo para que el señor Perdomo prepare una mesa para ellos en el restaurante, ¿qué opina el señor?- la voz y gesto del mulato quedó ahogada en la respuesta del gerente. Bueno…, como usted comprenderá, tenemos aforo lleno nada más anunciar su actuación, no cabe un alma, además, nos acompañan las mejores familias del pueblo y sus alrededores con reservas anticipadas, en fin, me pone en una situación difícil. Difícil se la pondría si no canto, y eso solo sucederá si NO me acompañan mis amigos. Bartolito, coño no me puedes hacer esto… mira que ya esto está pagado y la gente sabe que estás aquí porque te anunciamos, se le escuchó decir al manager en tono conciliador. Eso no tiene problema Pepito, pongan la mesa para mis amigos que ya voy para allá, ¡ah!, y dile al chino que repita una ronda a todos, supongo que invita Perdomo, ¿no es así señor? Claro, lo que usted diga, dijo el gordo enjugándose el sudor de la frente. Bueno muchachos, ya ustedes saben, en cuanto nos avisen entramos y vamos a ponerle sabor a esto, venga Chino que no te veo en el vaso. Pero…, mire como yo ando vestido, bueno si a esto se le puede llamar andar vestido, le dijiste al mulato acercándote a brindar. Pues ya lo oíste, Chichi, si no vamos todos yo no canto y me quedo aquí con ustedes. Lomoeyagua no atinó hablar, conservaba la boca semiabierta y la mirada azul perdida en la copa que apretaba su mano derecha.

Por la misma puerta que antes había aparecido la doble representación de la retroburocracia ahora entraba la corte de los milagros a decir de Víctor Hugo. El grupo no llegaba a diez, quizá siete con el mulato: lo fusiforme de los atuendos y las risas y comentarios fuera de tono engrosaban la marcha. Fue Lomoeyagua, por esa facilidad de percatarse de lo imperceptible que lo acompaña, quien reparó en el cartel que anunciaba: Hoy: Orquesta “HERMANOS AVILES” con FAUSTINO ORAMA (El Guayabero) y BENNY MORÉ, El Bárbaro del ritmo! (si viene). Aaaah!, mira quien es el mulato, pero como no había caído antes. ¿Qué estás diciendo Nene? ¡Qué este tipo es el mismísimo Benny Moré!, Chichi. No jodas, pero… Pero mira que “hijoeputas” son esta gente, pensaban que yo no venía, ¿no? Era el mulato, ahora Benny Moré, que arrancaba el cartel de anuncio y lo tiraba la suelo para pisarlo. El abrir de puerta y el paso por estrechos y cortos pasillos filtraba la música del salón:

Coro: …a mí me gusta que baile Marieta

Voz solista: Todo el mundo conoce a esa prieta

¡Coño!, pero si está cantando el compay Faustino, ¡cara´!, cuanto tiempo, muchachos, hay que apurarse que esto se pone bueno, la risa del Benny en la expresión contagió a todos.

En el salón: tres mesas unidas, sin más adorno que sencillos manteles blancos, vasos y una botella en cada una, habían sido colocadas delante de todos. Imaginaste la protesta unánime, pero ahora la viviste al entrar aquel comando de truhanes con Lomoeyagua a la cabeza. Por caballerosidad Benny entró de último y, con una venia conocida, arrancó los aplausos del público que, ipso facto, olvidó el suceso y le dio igual la mesa y los comensales. En el escenario un negrito flaco y alto como una “vara de tumbar gatos”, a decir de la abuela, con guayabera y sombrero blanco apuntó al Benny para improvisar:

Yo tengo una mala maña (Benny)

Que a mi mismo me da pena

Yo tengo una mala maña (Benny)

Que a mi mismo me da pena

Que yo me acuesto en mi cama

Y despierto en cama ajena.

Coro: A mi me gusta que baile Marieta.

Todo el mundo conoce a esa prieta

Un disimulo in-disimulado los llevó a la mesa. Lomoeyagua destapó una de las botellas y dejó caer un trago al suelo: pa´ l viejo, susurró. Oye Nene, quien te dijo a ti que este ron es de nosotros, le preguntaste acompañado de un codazo. Nadie, que le cobren al gerente, él nos invitó, ¿no? Bueno, a ya tú. ¿Qué pasa, no vas a tomar, Chichi? Vamo´ a darno´ un trago si de to´a forma van hablar… mira oye esta décima que está buena. El Benny había subido al escenario y compartía micrófono con Faustino Orama, el cantante.

Anoche estaba fiestando

en un santo celebra´o

coro con Benny: Ay Dios

Sentí olor a bacalao,

dije allí están cocinando

coro con Benny: Ay Dios

y así me exploté cantando

para portarme mejor

y resulta que el olor

coro con Benny: Ay Dios

que estaba allí sucediendo

es que había una lata hirviendo

llena de ropa interior.

Coro con Benny: A mí me gusta que baile Marieta

Todo el mundo conoce a esa prieta

Una risa aplaudida contagió el ambiente. Más de una señora enrojeció y bajó la mirada entre risas tras un pañuelo de seda. Ahora fue Benny quien atacó micrófono en mano.

Mi mujer se me enfermó (¡Faustino!)

Del corazón en La Habana

Y el médico una mañana

Vino y la reconoció

El médico le quitó:

Blúmers, también el refajo,

pero al ver yo aquel relajo

dije esto no me conviene,

creo que mi mujer no tiene

el corazón tan abajo.

Coro con Faustino: A mí me gusta que baile Marieta

Todo el mundo conoce a esa prieta

Otra vez risas y comentarios en susurro fueron opacados por el solo de guitarra de Faustino y el coro repetido para el cierre. A una señal del Benny, notada solo por el ojo inquisidor y detallista de Lomoeyagua, la orquesta cambió al son montuno tradicional y un piano irrepetible y contagioso dio paso al mambo de trompetas y saxofones, para hacer mover la punta de los zapatos y dar palmadas sobre las rodillas al mismo Chichi, quien solo había reído impune ante el ritmo anterior.

Coro: Castellano que bueno baila usted

Benny: Castellano que rico y que bueno baila usted

Coro: Castellano que bueno baila usted

Benny: Decían que yo no venía y aquí usted me ve!

Coro: Castellano que bueno baila usted

Benny: Benny Moré que banda tiene usted!

El solo de metales, el baile y la improvisación irreverente del Benny te ponían, literalmente, los pelos de punta. Ahora comprendiste la frase de mi madre cuando te escuchó contar la historia borracho: a quien no le gusta la música no le gusta nada, y la nuestra, la cubana, es la mejor de todas.

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