PARÍS.- El nombre de Pierre Bergé estará siempre unido al del icono de la moda Yves Saint Laurent, con quien compartió medio siglo de vida y amores, y a la pasión por la creación que les llevó a alumbrar juntos una de las casas más influyentes de la alta costura francesa.

Pero la vida de este empresario, fallecido este viernes a los 86 años tras una larga enfermedad, fue mucho más allá de ser la pareja de Saint Laurent y el cerebro que dirigió el talento del artista por los raíles del éxito.

Bergé se convirtió a golpe de buena mano para los negocios, su compromiso con los derechos de los homosexuales y con la izquierda y una visión empresarial decidida en una de las figuras más influyentes del universo artístico y mediático de la Francia de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI.

El año pasado, su fortuna se calculaba en unos 180 millones de euros (215 millones de dólares).

Admirado y criticado, Bergé fue siempre una voz escuchada, un referente muy seguido que deja un legado de obras y acciones impresionante, "un hombre que hacía nacer allí donde era posible la belleza y la excelencia", en palabras del presidente francés, Emmanuel Macron.

Hasta que en 1958, con 28 años, su vida se cruzó con la de Saint Laurent, ese oriundo de la isla de Olerón de curiosidad inquieta y ambición asumida, había tenido tiempo para dejar su casa en el Atlántico y entrar en contacto con el bullicioso universo cultural de la postguerra en París.

Hijo de un funcionario y de una soprano aficionada, Bergé se trasladó a la capital con 18 años con la idea de convertirse en escritor y periodista y, fruto del azar tras caer de la ventana de un edificio en plenos Campos Elíseos, se encontró con el poeta Jacques Prévert, que le introdujo en el universo cultural, a través de la actividad de marchante de libros.

Así entró en contacto con nombres como Jean Cocteau y se hizo con derechos sobre las obras de autores como Louis Aragon, Albert Camus o Jean-Paul Sartre.

Pero fue de la mano de Yves Saint Laurent como su vida cobró una nueva dimensión. Junto a él creó una de las marcas más afamadas de la costura francesa y se convirtió en el principal sustento de una mente tan genial como atormentada.

Tras la muerte del modisto en 2008, fue el mejor albacea de su obra y de su memoria.

Infatigable emprendedor, Bergé no se quedó sólo en el negocio de la moda y diversificó sus actividades en la edición, la cultura, el coleccionismo o la política, en tanto que uno de los principales apoyos financieros del Partido Socialista.

Amigo personal de François Mitterrand, apenas abandonó las causas de la izquierda y fue una voz muy visible en algunos movimientos, sobre todo cuando se trataba de defender los derechos de los homosexuales.

Para la lucha contra el sida, fundó la asociación Sidaction, una de las más importantes y activas.

Director durante años de la Ópera de la Bastilla, embajador de buena voluntad de la Unesco, militante de asociaciones antirracistas, Bergé se lanzó en los años ochenta a la actividad de prensa, que le llevó a ser uno de los principales accionistas del vespertino Le Monde.

"Me hubiera gustado ser artista, pero nunca pasé al acto, me conformé con respaldar a quienes tenían cosas que crear", aseguró en una de sus últimas entrevistas.

Hasta su fallecimiento, Bergé no dejó de tomar la palabra para denunciar las causas que consideraba justas, lo que le llevó a hacerlo en ocasiones con frecuencia y a ganarse enemigos.

Durante la campaña para la legalización del matrimonio homosexual fue uno de sus principales defensores, y azote de las organizaciones reaccionarias que militaban en su contra.

FUENTE: EFE

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