La aparición en las plataformas digitales del más reciente disco de Joaquín Sabina no es un hecho que deba pasar por alto. Lo niego todo viene a saldar un quinquenio sin nuevas canciones de Sabina, en una era en la que cada vez se festeja menos la llegada de una novedad discográfica.

Vuelve el flaco de Úbeda justo ahora, cuando los artistas reniegan de los álbumes porque sobreviven a cuenta gota con los sencillos, parapetados en decir que los discos no se venden, aunque en realidad debieran decir que no tienen suficiente talento como para redondear esa idea que resume “genialidad y arquitectura” a la que debiéramos seguir llamando con todo respeto: disco.

Y este es el caso. Sabina ha regresado como atleta de alto rendimiento con una disposición poética y musical que no deja espacio para las dudas. A diferencia de otros muchos de su generación, Sabina no suena gastado. Sigue siendo provocador, descarado, genial.

Esta vez, amparado en géneros de siempre, el poeta viene a cantarle a la vejez. Hace un resumen de sus andadas y asume con un disfrute brutal páginas ya vividas, ilustradas con versos tan realistas como demoledores.

Sin embargo, hay tres canciones y estilos que son la base matriz de este maravilloso fonograma, y que no han sido perfiladas como sencillos promocionales en la primera etapa del disco, porque justamente son eso. Sin ellas no tendrían aire las demás.

La primera es un rock and roll titulado Las noches de domingo acaban mal, en la que se cuestiona así mismo desde el más sincero desarraigo, debatiéndose entre huir del todo o entender que algunos labios merecen perdón.

La segunda ¿Qué estoy haciendo aquí?, un reggae que cuestiona y alaba al mismo tiempo todos los desatinos del corazón, convencido de que todo lo que no tiene precio en la vida es lo que nos ha costado más caro.

Y por último, el maravilloso homenaje a José Alfredo Jiménez que subyace en Postdata, una suerte de ranchera moderna que será obligatoria en bares y cantinas hasta convertirse en clásica entre los gruperos y mariachis.

Las demás canciones, todas podrían estar en los primeros lugares de las listas de éxito, pero claramente, esto no sucederá porque hace décadas que los inteligentes no están de moda ni frecuentan los hit parade.

El disco cierra con su único dúo. En Por delicadeza aparece Sabina cantado junto a Leiva, una de las últimas adquisiciones del cantautor, todo un genio de la música y la producción discográfica, que entiende como nadie hacia donde guiar los versos del poeta sin que pierdan dulzura mientras están almibarados con acidez.

El maestro ya tiene 68 años. Muy a su estilo sus nuevas canciones han sonado a todo dar en el metro de Madrid, donde se le conoció por primera vez hace ya unos cuantos años. Dicen desde su oficina que ya están agotadas las entradas para su próxima gira a pocas horas de ponerse en venta.

Lo niego todo arrasará porque sus canciones fueron escritas por un hombre poseído, un poeta con absoluta lucidez y gracia, que viene a desentenderse y negarnos todo lo que nos ha hecho creer durante décadas. El sabrá porque lo hace.

FUENTE: Especial

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