Sin llegar a la trascendencia del ataque llevado a cabo contra Nueva York el 11 de septiembre de 2001, el yihadismo ha vuelto a propinar un durísimo golpe en Estados Unidos.

Sin embargo, tras su reunión con el Consejo de Seguridad Nacional en Washington, el presidente Barack Obama dirigió un mensaje a los ciudadanos estadounidenses en el que ha valorado más la tolerancia religiosa que la defensa de las libertades desde las que los ciudadanos debemos desmarcarnos de los irracionales que nos agreden.

Las palabras de Obama se producen dos días después de la matanza llevada a cabo por un joven estadounidense de origen afgano, Omar Mateen, en la discoteca ‘Pulse’ de Orlando (Florida), que causó 49 muertos y 53 heridos, el peor tiroteo múltiple de la historia de Estados Unidos y que ha desatado la ira de la comunidad internacional contra los terroristas que continúan asesinando personas inocentes, a causa de sus creencias, opiniones o su orientación sexual.

Los análisis precipitados nunca son buenos, y menos cuando se produce al calor de los acontecimientos para responder a la terrible realidad del fundamentalismo yihadista que, con lo ocurrido en Orlando, ha mostrado un aumento particularmente sospechoso de la actividad terrorista en EEUU. Pero las palabras de Obama, marcadas por la ambigüedad que desorientan más que aclaran, exigen una profunda reflexión.

Pese a que llamar a las cosas por su nombre fue una promesa electoral del ejecutivo demócrata al inicio de la legislatura, el doble rasero, los eufemismos y la politización de la lucha antiterrorista se han instalado como estrategia de comunicación en el gabinete del actual ejecutivo norteamericano cuando se trata de definir al terrorismo islámico.

Curiosamente, Obama llama “extremismo autóctono” al terrorismo yihadista y ha calificado la matanza de Orlando como “terrorismo doméstico” sin vínculos exteriores. Sin embargo, fuentes autorizadas han revelado que Mateen había sido investigado hasta en dos ocasiones por el FBI y, según fuentes de la agencia federal, realizó dos viajes a Arabia Saudí, uno de ellos en 2012.

A medida que avanza la investigación y que trascienden detalles operativos sobre algunos de los implicados en los últimos ataques terroristas, una larga lista de errores y descoordinación preocupan a la opinión pública. El nombre del principal inculpado en la matanza de Orlando reapareció poco después, en 2014, por su posible asociación con Moner Abu-Salha, otro ciudadano de Florida acusado de ser el primer estadounidense que viajó a Siria y perpetró allí un ataque suicida. Según fuentes del FBI, ambos acudían a la misma mezquita, pero desde los servicios de la Oficina Federal de Investigaciones abandonaron sus pesquisas al no poder determinar que hubiera un vínculo personal entre ellos.

Por su parte ‘The Washington Post’, que cita fuentes oficiales, revela que el atacante de la discoteca ‘Pulse’ no solo manifestó su adhesión al líder del ISIS en la llamada al 911, sino que también hizo una referencia a los atentados de 2013 en el maratón de Boston perpetrados por dos simpatizantes yihadistas y en que murieron tres personas.

Estos episodios ponen de manifiesto como el gobierno de Obama ha ignorado información clave sobre los presuntos terroristas. De hecho, una y otra vez, el presidente insiste en negar que existan evidencias de que tanto los autores de los atentados de la masacre de Boston, San Bernardino como el de Orlando hayan sido dirigidos por una organización terrorista extranjera o de que formaran parte de una conspiración mayor en el país.

Este acto sangriento y de odio, que amplía la lista de crímenes atroces reivindicados por el Estado Islámico (EI), debe empujar a la administración de Barack Obama a asumir que estamos ante una realidad que no se da en Afganistán o en Siria.

Estamos totalmente de acuerdo con la tolerancia religiosa que defiende Obama. Lo que resulta compatible tanto a la hora de rebatir los planes populistas de Donald Trump de negar la entrada de musulmanes al país, como de condenar el odio que un fundamentalista islámico ha descargado sobre la comunidad gay.

Pero la cuestión de fondo en estos momentos no es si tales ideas cobijan odio racial, sino la falta de una regulación eficaz en materia de seguridad y de inmigración, pues ese vacío constitucional suscita especial incertidumbre en un país en el que parece un delito decir que el enemigo ya está dentro, y puede llegar a contar con margen de maniobra para construir redes de apoyo de grupos extremistas tan estables como la que protegió a Salah Abdeslam durante los cuatro meses que precedieron los atentados de París.

La masacre de Orlando es el vigésimo ataque o trama terrorista realizada en sitios públicos en EEUU desde 2015, y el sexto este año. La mayoría llevado a cabo por simpatizantes inspirados en ISIS y otros grupos extremistas islámicos, según la Fundación Heritage.

Es preciso, por lo tanto, asumir la amenaza terrorista y actuar en consecuencia para defender la seguridad nacional, sin que ello comprometa la esencia misma de nuestra democracia, de la libertad de creencias y de los derechos humanos.

La realidad siempre es más compleja que los ideales políticos abstractos por muy justos que sean. La tolerancia tiene límites y debe basarse en un respeto a las reglas democráticas recíproco. De manera que ante la amenaza de los extremistas de uno u otro signo que pongan en peligro los valores de la convivencia, el gobierno de Barack Obama debe actuar sin complejos para atajar estos excesos y defender los principios que respaldan el Estado de derechos ante el chantaje de las organizaciones criminales

La unidad de los demócratas es una condición ineludible para vencer el terrorismo. Por ello, los partidos políticos y sus líderes están obligados a renunciar a esa dinámica que les lleva a someter sus convicciones democráticas a reparos o intereses particulares en la estrategia contra esta plaga infernal.

Como primer paso, urge revisar y fortalecer los protocolos que soportan los servicios de inteligencia y seguridad. Y es Obama el primero que debe actuar, con urgencia y responsabilidad.

Dejar pasar el tiempo no resuelve nada. Al contrario, acrecienta el riesgo. Es el momento de abandonar la ambigüedad, mostrar una actitud más firme y generar confianza. El país lo necesita.

 

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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