Alguna vez alguno de esos amanuenses dedicados a resaltar cualquier resquicio de su vida escribió que "Fidel Castro era el más grande deportista cubano de todos los tiempos'', una frase cursi con algo de verdad en sus extremos, porque el dictador cubano lo supervisaba todo en su país y el deporte no era ajeno a su mano larga y temible.

Castro tomó ideas del modelo soviético, algo del chino y bastante de lo que él creía idóneo y generó un programa deportivo que le servía para darles motivo de orgullos a sus ciudadanos y crearle banderas y temas de interés político.

No había delegación antillana que asistiera a evento en el extranjero a Centroamericanos, Panamericanos, Mundiales y Juegos Olímpicos que no pasara por el tamiz del Deportista en Jefe, que planteaba cada embajada como una punta de lanza del socialismo, del triunfo sobre la podredumbre capitalista, donde el atleta era una mera mercancía, intercambiable.

Castro veía los triunfos de sus atletas como espolones que agujereaban ese mundo decadente al que cada vez más escapaban los héroes surgidos de su programa masivo de generación de campeones.

Alrededor de su figura se tejieron mitos: que si alguna vez hizo una demostración para un equipo de Grandes Ligas, que si era un gran jugador de básquetbol, que si era capaz de atravesar a nado bahías y recorrer montañas sin una gota de cansancio. Todo en torno a Castro era superlativo, en el límite de lo verdadero y lo borrascoso. El deporte tampoco escapaba a esta hagiografía.

Al menos, no era de esos gobernantes que se mezclaban a medias. Castro era de los que se aparecía de cuando en cuando por el estadio, conversaba con los jugadores y seguía los eventos, como aquella vez en un mundial de boxeo celebrado en Houston, en que llamó para que los púgiles se retirasen en masa ante lo que él pensaba era una injusticia de los jueces. ¿Qué otro presidente de un país haría algo igual?

A los Juegos Olímpicos de Los Angeles 1992 no fue para respetar la posición en masa del bloque socialista, a Seúl 1988 tampoco fue porque simpatizaba con Kim Il Sung o porque no le interesaba, que eso nunca se sabrá, pero privó de la mayor gloria deportiva a varios de los mejores exponentes de la actividad muscular de esas épocas.

La selección de pelota era su instrumento preferido, sobre todo cuando enfrentaba a la de Estados Unidos, casi siempre universitaria, juvenil, y si un pelotero era el Héroe de Cartagena, otro era el Héroe de Parma o de Quisqueya. Siempre había que encontrar estas figuras pundonorosas que encarnaban el ideal social, el hombre nuevo, vitoreado por el pueblo y encarnado él en ellos.

Con Castro fue posible un Alberto Juantorena, un Teófilo Stevenson, pero también la fuga masiva de otros campeones de boxeo, de los grandes peloteros de una etapa escasa de esos mismos héroes. Cuba asiste, de manera gradual, al desmontaje de ese mismo sistema creado por él, tremebundo e incopiable. Ni los Estados Unidos, como estado, gastan en sus delegaciones olímpicas.

Su muerte ha lanzado una onda expansiva que se escuchará en todos los sectores de la sociedad cubana, hasta en el llamado Instituto Cubano de Deportes y Recreación (INDER), tan dado a esperar órdenes de arriba para ordenar a los de abajo. Lo que viene ahora es un misterio, pero no será igual.

La misma semi apertura económica, la evolución de las relaciones con el vecino del norte y las nuevas realidades van llevando a la isla por un sendero que ni el mismo Castro reconocerá en unos años si sale de su tumba y no cabe duda de que el deporte cambiará en sus expresiones y sostenes.

Si es cierta esa babosada de que Castro es el deportista más grande que ha dado Cuba, pues al deporte cubano habría que enterrarlo, a esperar que nazca otra cosa.

FUENTE: Especial

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