Cuando con tan sólo 14 años quedó impresionado por unas brillantes luces de Miami, a pocas millas desde el mar, José Fernández nunca imaginó lo que en algún momento significaría para la ciudad, ni lo que sucedería en esas mismas aguas 10 años después. Pero realmente en ese momento no le importaba, él sólo quería llegar vivo a suelo norteamericano, con su madre a un lado.

Esas mismas luces se apagaron en su nombre, representando la tristeza que ha dejado su partida de una ciudad que lo elevó como un símbolo, en especial para los cubanos y latinos en general, que buscan como él, cumplir el anhelado “sueño americano”.

José es Miami

Él, como miles de niños que llegan a Estados Unidos, pasó trabajo. Le costó aprender el idioma mientras intentaba ayudar a su madre de cualquier manera –así fuera vendiendo plátanos en la calle—para aportar su granito de arena en la casa. Típica vicisitud de un inmigrante.

Pero su escape siempre fue la pelota. Y aún hasta el último juego que lanzó, seguía siendo su pasatiempo, no un modo de vida. Fernández amaba al béisbol, pero más amaba la vida.

La salida

En cuestión de años pasó de estar entre delincuentes en un calabozo en su natal Cuba, a estar rodeado de los mejores jugadores de las Grandes Ligas en un Juego de Estrellas. Así de volátil fue la vida de José.

El plan de Ramón Jiménez, padrastro de Fernández, era irse él primero a Estados Unidos para comenzar a preparar todo para la posterior llegada de su familia. Trece veces falló el plan de Jiménez, quien terminó tras las rejas en varias de esas ocasiones, porque la policía cubana lo descubría en su intento de escape. La número 14 fue la vencida.

En Tampa fue donde Jiménez comenzó a sembrar las raíces para que su familia, aún en Cuba, consiguiera un territorio menos hostil.

Llegó el turno para Fernández y su madre, Maritza, de dejar la isla. Los primeros intentos fueron fallidos. Primero fueron atrapados antes siquiera tocar el océano, mientras que en otro de los intentos, estando a 10 millas de las costas de Miami, fueron capturados por el Servicio Guardacostas.

El muchacho de 14 años ingresó a una celda, rodeado de los peores criminales de Cuba, pero cuando salió siendo un quinceañero, tenía la misa intención que cuando había entrado meses atrás: escapar de Cuba.

Esta vez el plan fue irse vía México, el cual a pesar de ser un camino más largo y peligroso, estaría menos plagado de policías costeros. Y así fue que pudo escapar, no sin pasar por varias dificultades, incluyendo la vez que tuvo que salvar a su madre, quien había caído al agua de la embarcación en que viajaban durante una peligrosa marea; Fernández se lanzó al agua y logró rescatarla.

Todavía no había llegado a Estados Unidos, cuando con tan solo 15 años ya tendía incontables experiencias que contar.

Una vez en Tampa, en donde se juntó con su padrastro, comenzó a reencontrarse con el béisbol y trabajó hasta 10 horas diarias para hacer realidad sus sueños: poder ayudar a su familia a financieramente y llegar a las Grandes Ligas.

Y fue en ese orden: primero su familia, sus amigos, su vida, y después la pelota.

Nada le quitó la sonrisa, ni la cárcel, ni la cercanía con la muerte, ni la cirugía Tommy John, nada. Disfrutó sus 24 años como pocos lo hacen con una vida más prolongada. Fernández logró estampar un sello en Miami que jamás será olvidado.

“El niño”, como le decían sus compañeros de equipo por parecer un muchacho atrapado en un cuerpo de adulto, que disfrutaba cada out como si fuera el último y cada ponche como si hubiera sido el que definiera una Serie Mundial, llegó a una ciudad que representó mejor que nadie.

Cómo ese niño que vive en Cuba y que espera un futuro mejor no va a sentirse identificado con José, o ese otro adolecente que apenas llega a Estados Unidos, o el otro que nació aquí pero es hijo de inmigrantes y sabe lo que pasaron sus padres, o incluso esa señora, que aunque no le presta mucha atención al béisbol, veía a “Joseíto” como un nieto más. Cómo no sentirse identificado con él, si una de las primera palabras de su abuela al reencontrarse con su nieto después de seis años fue: “Mi’jo, usted sí está flaco”.

Si hay que explicarle a alguien lo qué es Miami, mejor cuéntele la historia de José Fernández.

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