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El empresario inmobiliario Donald J. Trump es ya el presidente electo de EEUU después de que logró imponerse en la casi totalidad de los estados claves y derrotar a su rival demócrata, la exsecretaria de Estado, Hillary Clinton.

El magnate surgió de la nada, logró imponerse en el horizonte político nacional como nadie antes, un ambiente que no tiene nada que ver con su pasado.

Trump ha ganado en estados claves, como Florida, Carolina del Norte, Ohio, New Hampshire y Pennsylvania. Mientras que Clinton, en términos claves lo máximo que podía aspirar era imponerse en Nevada, después que se alzó con Colorado y ampliar sus ganancias a aquellos estados que tradicionalmente votan por los demócratas.

Una sorpresa particular para la demócrata fue la victoria en Nevada y Virginia. Mientras fueron impactantes sus derrotas en las Carolinas y Florida, estados que le dieron la victoria al presidente Barack Obama.

Por otro lado, la victoria de Trump confirmó sus aseveraciones de que las encuestas de las últimas semanas estaban equivocadas y que eran ciertas las cifras de victoria que manejaban en su entorno de campaña.

Con la victoria de los republicanos en el Senado y la Cámara de Representes, el ahora presidente electo podrá manejar el ejecutivo con amplio margen de maniobra y, en la medida de las circunstancias, adaptar el tribunal Supremo a sus preceptos conservadores.

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Queda por establecer cómo piensa Trump manejar la fuerza política de toda esa masa electoral que le ha dado su voto y que representa un estamento de la sociedad profundamente descontento con 8 años de una Casa Blanca demócrata y, en general, desilusionada con la clase política.

Esta ha sido una de las campañas más difíciles de la era moderna, que del lado republicano comenzó hace 18 meses con una andanada de insultos contra los hispanos por parte de del candidato republicano y una demócrata que surgió amparada apenas en el nombre de familia y su pasado como funcionaria de la administración, vendiendo la imagen de que su experiencia como senadora y secretaria de Estado era suficiente para sentarse en la Oficina Oval.

La dureza y crispación de la campaña comenzó a manifestarse temprano durante las primarias, particularmente en los debates donde en la parte republicana todo comenzó con 15 precandidatos que se fueron, literalmente, despedazándose a insultos. Al final, terminó despuntando un magnate inmobiliario que en una campaña bastante inusual se impuso con un retórica muy particular llegando a una audiencia que por décadas se ha sentido desprotegida por parte del poder central y aspira a un cambio radical en la forma de hacer política en el país.

En particular en el medio oeste, donde la agricultura se ha visto comprimida a falta de subsidios estatales y el éxodo de la mano de obra. Trump también logró cautivar parte de su público conservador con una fuerte propuesta anti inmigrante y de refuerzo de la frontera sur lo cual ha apelado a los sentimientos nacionalistas del electorado blanco, principalmente el masculino.

Algunos consideraron peligroso el lenguaje de Trump, divisivo e insultante, nociones que al fin al cabo no tuvieron gran impacto en su electorado porque, en el fondo, el magnate inmobiliario lo que hizo fue llegar a la ‘américa profunda’ con un lenguaje accesible, entendible y popular. Trump siempre le dijo a su electorado lo que pensaba y este le agradeció.

Por su lado, Hillary Clinton se presentó como la tecnócrata, amparada en su experiencia y para lograr imponerse en las primarias tuvo que batallar duro contra un contendiente, el senador por Vermont, Bernie Sanders, que desde el inicio de la batalla logró captar la atención del voto joven.

Dueño de una oratoria particular, que tocaba frecuentemente los problemas sociales del país y que aquejan a los jóvenes, las mujeres y los inmigrantes, Sanders mantuvo a Clinton en vilo hasta el final de las primarias obligando a la exsecretaria de Estado a, por veces, abordar temas que normalmente no abordaría. Hubo momentos en que la candidata demócrata pareció abandonar la campaña, estuvo meses sin dar ruedas de prensa y muy pocos discursos, mientras, tanto Sanders como Trump se mantuvieron siempre en primera línea cada uno en su barricada.

Su repunte se dio gracias a dos cosas: el abandono por parte de Sanders que, aunque le dio su apoyo nunca logró convencer a sus huestes a que la apoyaran, y al hecho de que Trump haya radicalizado su discurso. Clinton, además, por una razón inexplicable, no logró llegar al elector blanco dejando de lado un discurso apetecible para la clase media que nunca logró recuperarse de la crisis económica ni estabilizar su nivel de vida. La candidata demócrata tampoco logró capitalizar la popularidad de Barack Obama, en parte porque muchos electores siempre la vieron como parte de una casta política de índole doméstico familiar, que implica el regreso de otro Clinton a la Casa Blanca.

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FUENTE: Especial

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