Me lo cuenta una amiga hispana, de esas que llegan a diario a los Estados Unidos en busca de libertad y de prosperidad aunque, en este caso concreto, no haya recalado en Miami. En una época de su vida, ya un tanto distante, tras llegar desde su cálido país en busca de mejor fortuna, trabajó en Michigan. Como era católica, se veía obligada a conducir una hora entera para llegar a una parroquia de su confesión religiosa ya que la inmensa mayoría de la población local era protestante.

Agradecida por el consuelo espiritual que recibía, decidió colaborar como voluntaria con un grupo de monjas que se dedicaban a atender a la gente necesitada. Entonces descubrió una serie de conductas que le resultaron –lo confiesa con sinceridad– absolutamente insólitas. Por ejemplo, cuando se telefoneaba a las familias para que recogieran los paquetes de ayuda, si entremedias habían encontrado trabajo, renunciaban a la donación. Por supuesto que se les insistía en que pasaran a por ella, pero se negaban al considerar que no era ético recibir lo que ahora podía servir a otros en peores condiciones. En otros casos, la ayuda se entregaba a domicilio. 

Mi amiga jamás se encontró con la circunstancia de que los miembros de una familia mintieran sobre el número de ancianos, de hijos o de personas necesitadas que iban a recibir socorro. Informaban con veracidad acerca de las personas que serían objeto de donativos. Tampoco dejó de ver mi amiga la vergüenza pintada en el rostro de aquellos que se llevaban la ayuda, vergüenza ocasionada por la sensación de que no habían logrado mantenerse por su propio esfuerzo y que, finalmente, eran los demás los que los ayudaban a comer a diario. 

En aquel bienio –bienio caracterizado por una fuerte crisis económica y un aumento del desempleo – sólo llegó a toparse con un episodio de falta de honradez. Un día, al llegar al lugar donde prestaba su labor de voluntaria, no encontró a la mexicana que colaboraba con ella. La monja a cargo de aquel trabajo asistencial le explicó que había tenido que echarla. ¿La razón? Lisa y llanamente: robaba.

Aquellos dos años resultaron extraordinariamente reveladores para ella. A decir verdad, le permitieron descubrir la enorme diferencia de mentalidades existentes a uno y otro lado del río Grande. Ha pasado ya tiempo de aquella temporada pasada en Michigan, pero mi amiga –vuelvo a recordar que es hispana– la rememora para explicarme el apoyo que millones de norteamericanos conceden a Donald Trump. 

Para ellos, no poder ganarse la vida con el esfuerzo personal es un drama; vivir de las ayudas ajenas, sean públicas o privadas, no sólo no es deseable sino lamentable y los inmigrantes que acuden a Estados Unidos no a contribuir al engrandecimiento de la nación sino a vivir de ella son vistos como gente a la que habría que echar como a aquella mexicana que robaba en el almacén de ayuda de las monjas.

Se esté o no de acuerdo, habrá que reconocer que se trata de material para la reflexión.

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