La demanda de información útil a tiempo real ha provocado el salto desde la domótica a las llamadas ciudades inteligentes que facilitan un entorno cada vez más organizado y controlado y nos sumerge en el vasto océano del Internet de las cosas, donde nos exponemos a nuevos retos y peligros.

La generalizada filosofía de las ciudades inteligentes encabezada por Tokio, Ámsterdam y Singapur, apuesta por proyectos de gestión energéticas que hagan sostenible el desarrollo urbano y aminoren el impacto negativo del hombre en el medio ambiente.

Estas ciudades se caracterizan por controlar casi todos los procesos de la urbe a través de Internet. Dispersan sensores por toda su geografía que envían múltiple información vía Internet para monitorear, por ejemplo, los riesgos de inundación; el flujo del tráfico; controlan la intensidad del alumbrado público para adaptarlo a las condiciones del clima. El acopio, procesamiento y difusión de esta información ayuda a la gobernanza y a la planificación urbana.

En San Sebastián, España, los contenedores de basura están dotados de sensores que informan vía Internet a qué por ciento de la capacidad se encuentran; miden la temperatura de los mismos para detectar un posible incendio y con un sensor de vibración pueden indicar si los contenedores han sido volteados en la calle.

Existen ciudades donde controlan la apertura y cierre de las compuertas en grandes embalses desde internet. Y otras dotan a los bosques de microchips que monitorean las temperaturas para detectar los incendios.

A un nivel doméstico, las casas de hoy día están dotadas de un sistema donde todo puede ser dirigido a distancia, la llamada domótica. Los cierres tienen reconocimiento facial o digital. Los aires acondicionados y calefacción se pueden encender desde la red. Los enchufes pueden conectar y desconectar los aparatos en función del gasto de corriente. Los toldos de las ventanas se dotan de sensores solares para dar sombra al sol y cerrarse de noche. Existen aparatos de riego con sensores que hacen brotar el agua a la hora y cantidad programada y se desactivan si llueve o detectan suficiente humedad en el suelo.

Las alarmas contra intrusos están conectadas a nuestra compañía de seguridad y desde la distancia tenemos la posibilidad de armarlas y desarmarlas. Estas aparatos tiene sensores de movimientos y cámaras para cuidar nuestras propiedades de posibles malechores.

Hoy la gran mayoría de las personas porta celulares inteligentes dotados de GPS, correo electrónicos. En estos aparatos se almacenan las contraseñas bancarias y firmas electrónicas que nos permiten, desde cualquier lugar, hacer una transacción. Estos móviles tienen aplicaciones que nos informan sobre restaurantes cercanos, situación del tráfico, y, a la vez, dejan nuestro rastro por el entorno.

La tecnología ha traído incontables ventajas para nuestras vidas. Ha estirado el tiempo. Tenemos la capacidad de estar en más sitios a la vez, de resolver más problemas a la vez. Podemos organizar de forma más eficiente nuestras vidas, nuestras casas y nuestras ciudades.

Somos capaces de controlar desde la distancia todos nuestros objetos y la paradoja, en la cara oculta del Internet de las cosas, es que estamos controlados a través de nuestros aparatos en todo momento.

Los mismos celulares que tantos servicios nos brindan están dotados de cámaras, gps y micrófonos. Las cámaras de vigilancias de los hogares o de los celulares pueden ser hackeadas, nuestra intimidad ha pasado a ser patrimonio potencial de muchas personas que ni siquiera nos conocen. Las ciudades y las casas, cada vez más conectadas a la red, se convierten en vulnerables objetivos de ciberataques.

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