Como ha informado la prensa, un grupo de 21 diplomáticos estadounidenses han sufrido náuseas, mareos, pérdida de la capacidad auditiva y hasta daños menores en el cerebro. Diplomáticos canadienses se han quejado también de lo mismo.

El último incidente data del 21 de agosto, pero los primeros ataques se remontan a noviembre de 2016, durante el gobierno de Barack Obama y en plena Luna de Miel con el otrora enemigo. Eso es, precisamente, lo que saca de quicio a los analistas: que en tales circunstancias ocurra algo así es, a todas luces, incoherente e incomprensible.

En todo caso, varios senadores, entre ellos Marco Rubio, han pedido el cierre de la embajada. Cinco miembros del Comité Selecto de Inteligencia del Senado solicitaron en carta al Secretario de Estado, Rex Tillerson, tomar medidas en respuesta a los sucesos. En una parte de la misiva a Tillerson señalan:

“Le urgimos a recordarle al gobierno de Cuba su obligación y a que le exija adoptar medidas verificables para eliminar estas amenazas a nuestro personal y sus familiares. Le solicitamos además que declare inmediatamente persona non grata a todos los diplomáticos cubanos acreditados en Estados Unidos y a cerrar, si Cuba no toma medidas tangibles, la Embajada de los Estados Unidos en La Habana”.

Por último, precisan que “el incumplimiento por parte de Cuba de su deber de proteger a nuestros diplomáticos y sus familias no puede quedar sin respuesta”.

El secretario Rex Tillerson declaró el domingo que se estaba evaluando el tema. "Es un asunto muy serio algo que afecte la salud de ciertos individuos", en referencia a los diplomáticos afectados. “El tema está bajo revisión”, apuntó.

Lydia Barraza, portavoz en español del Departamento de Estado de Estados Unidos, dijo el lunes a la emisora radial 1040 que las investigaciones proseguían, basadas en el diálogo con el gobierno cubano y las pesquisas del FBI. Barraza subrayó que Estados Unidos aún no había elaborado ninguna acusación, pero señaló la responsabilidad de la parte cubana, de acuerdo con la Convención de Viena, de garantizar la seguridad de los diplomáticos.

Lo que sí parece ingenuo, por decir poco, es concebir que un país extranjero emprenda —en las quietas calles de Miramar, donde se localizan las residencias diplomáticas, o frente al céntrico hotel Capri, en El Vedado— acciones contra estadounidenses, o que una facción militar extremista sabotee, al estilo “muerde y huye” de guerrilla, el proceso de acercamiento entre Cuba y EEUU.

James Cason, exembajador de Estados Unidos en La Habana, hizo declaraciones desde Francia a la radio miamense: “Resulta algo insólito y merece investigarse en profundidad. Es difícil pensar que en un estado totalitario que lo controla todo no puedan saber lo que pasó”.

La inteligencia estadounidense —y los miles de exiliados cubanos que conocieron el rigor de los métodos de vigilancia y control— saben perfectamente que en la isla no se mueve nada sin el visto bueno de las autoridades. Si una visa a un disidente debe aprobarse en el nivel más alto, resulta inimaginable que alguien se atreva a hacer algo de tan graves consecuencias. Mucho menos órganos de inteligencia, ellos mismos vigilados y controlados.

Como de costumbre, la prensa cubana ha mantenido el silencio habitual. Un cubano llegado a Miami hace dos semanas se quedó boquiabierto cuando supo de la gravedad del suceso. La única mención al caso es una declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores, publicada en el diario Granma el 9 de agosto, refiriéndose a “incidentes que causaron afecciones a algunos funcionarios” de la embajada estadounidense en Cuba. Nada más se ha dicho, hasta ahora.

Ahora bien, un cierre definitivo o temporal de la legación estadounidense en la isla significaría un duro golpe para el Gobierno de Raúl Castro, en la medida que pondría en peligro todo lo conseguido durante el gobierno de Obama —que no es poco—, y, además, presentaría una pésima imagen ante el mundo, precisamente en momentos en que, tras un devastador huracán y con la reducción al mínimo de la ayuda venezolana, el país clama por auxilio a las 11 mil vírgenes.

Es todavía temprano para pronosticar si, efectivamente, habrá cierre. Seguramente EEUU habrá de esperar a tener algo concreto en mano, cosa que, hasta el presente, no existe. Lo que se sabe, es que —al menos de esta parte— no se sabe absolutamente nada. ¿Acción deliberada o inconsciente? ¿Instrumento sónico o electromagnético? ¿Acción ofensiva o una “medida activa” ida de las manos? El Gobierno de Cuba rechazó su implicación en el incidente y colabora en la investigación. Incluso Raúl Castro defendió su inocencia ante el embajador, Jeffry DeLaurentis, un gesto que sería impensable en su hermano Fidel y que la prensa oficial pasó por alto.

Pese a todo, algunos conocedores de los recovecos del poder en la isla aseguran que la alta dirección cubana posee información en detalle de lo acontecido. Al parecer, arguyen, revelarla le traería más problemas que mantenerla en reserva. Tomando en cuenta el alto grado de secretismo y compartimentación —recordar el caso Ochoa en 1989— y el implacable castigo a los infidentes, será muy difícil aclarar este espinoso asunto. Coincido con el analista de la CIA, Brian Latell: es muy probable que la verdad no se sepa nunca.

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