Me cuentan que en España medios y políticos andan todavía sumidos en la más honda perplejidad ante los resultados de las elecciones presidenciales. No sólo eso. Los que no atisbaron ni de lejos los resultados, ahora intentan explicarlos.

Que así sea en una nación que, de manera proverbial, ni entiende a los Estados Unidos ni realiza el menor esfuerzo por conseguirlo no sorprende.

Poco o nada ha cambiado desde 1898, cuando los clérigos animaban a sus ovejas españolas a enfrentarse con los Estados Unidos porque los “choriceros” – sí, confundían los hot dogs con el chorizo – nada podría hacer dada su condición de protestantes.

Más llamativo resulta que también esté sucediendo algo similar en Estados Unidos. A mí, las cosas como son, lo acontecido en este maravilloso país nación no me ha sorprendido lo más mínimo.

A inicios del mes de octubre, ya publiqué una columna titulada de manera bastante clara Trump puede ganar.

En este mismo periódico, dos semanas después, también en ese mismo mes, escribí El efecto Colombia donde advertía de una posible reacción del electorado ante la disparidad de medios con los que contaba Hillary, similar a la que había provocado la derrota del Sí en el referéndum colombiano.

Por supuesto, en todas mis crónicas, dijeran lo que dijeran otros medios, insistí en que Hillary no había ganado ni uno solo de los debates aunque, teóricamente, tenía que haber barrido el suelo con Donald Trump.

No me voy a parar en la manera en que explican la victoria del republicano, aquellos a los que ni se les pasó por la imaginación.

Sí deseo detenerme en la clave de todo este peculiar episodio. Se piense lo que se piense de Trump, bocazas, fanfarrón o incluso rijoso, su victoria ha sido la del pueblo frente al establishment.

A Hillary la respaldaron Hollywood y Wall Street, las televisiones y los periódicos principales, los poderosos lobbies gay, feminista y judío. Incluso se daba por seguro el apoyo total de hispanos y negros.

Enfrente, teóricamente, tenía sólo, según decía Assange unos días antes, a los evangélicos “que no son ni un lobby”.

No ha sido así. Como a Nixon, a Trump lo ha apoyado la mayoría silenciosa, la que está harta de ser acallada por la dictadura de lo políticamente correcto, la que se revuelve porque las minorías agresivas se imponen sobre ella, la que desea vomitar al ver que el dinero de sus impuestos se emplea en subvencionar clínicas abortistas o en enviar maestros a las escuelas que difundan el falso evangelio de la ideología de género.

Son esos ciudadanos que aman a su país con toda el alma y que no están dispuestos a que se lo quiten, los que han dado la victoria a Trump.

Por eso era más que previsible que se impondría en las urnas porque, a diferencia de otros pueblos, el estadounidense no ha tenido históricamente la menor voluntad de someterse y además siempre ha admirado a aquellos que se enfrentaban al poder como ha hecho Trump.

Quizá por eso hay gente que no lo puede entender en España e incluso en Estados Unidos, sale a protestar a la calle con banderas mexicanas y estandartes con la hoz y el martillo. Sin embargo, la realidad se ha impuesto. Por esta vez, el pueblo ha vencido al establishment.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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