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MIAMI.- Maritza estaba escondida debajo de una banqueta que usó como trinchera de guerra, sin saber de dónde provenían los tiros. En ese momento, temiendo lo peor, una persona muy cercana se le pasó por la mente. Tomó el celular entre sus manos y, tratando de dominar el temblor de los dedos, escribió: “Nos están disparando. Te amo mucho. Ora por nosotros”. El destinatario del mensaje era su padre Manuel, que vive en Los Angeles.

Maritza Flores es una abogada de 40 años, de padres mexicanos, que hoy tiene la fortuna de contarse como una de las sobrevivientes de la peor masacre registrada en la historia moderna de Estados Unidos, después de los ataques terroristas del 9-11, en la cual murieron al menos 59 personas y más de 500 resultaron heridas, durante la celebración de un concierto de música country en Las Vegas, Nevada.

Esta mujer, que atribuye el hecho de estar con vida a su adiestramiento militar, y al de su esposo, pero también “gracias a Dios”, recuerda cada instante de lo que le tocó vivir como una “película de terror” que contiene unas escenas nefastas que, según cree, ya menos tensa y nerviosa, nunca podrán borrarse de su memoria.

Maritza perteneció al Army por espacio de ocho años, entre el 2001 y el 2009, y abandonó las filas militares con el rango de “especialista”. Su esposo, de 39 años, de quien prefirió no revelar su nombre, dejó ese organismo tras 14 años de servicio con el grado de sargento.

Los dos se conocieron vistiendo el mismo uniforme, tuvieron un noviazgo de un año, más tarde contrajeron matrimonio en el 2003 y, casi de inmediato, viajaron a Bosnia y Herzegovina, en donde estuvieron hasta el 2004. Ni en esa nación de la península balcánica, en el sureste de Europa, que fue sacudida por una guerra que dejó más de 100.000 víctimas fatales, Maritza y su esposo habían sentido la muerte tan de cerca.

Los hechos

Los primeros disparos comenzaron pasadas las 10 de la noche del domingo. Maritza era una de las 22.000 personas reunidas en el Route 91 Harvest Festival donde se confundieron los primeros sonidos de las ráfagas asesinas con los inofensivos fuegos artificiales del evento. Sin embargo, después del cuarto o quinto disparo, ella y su esposo supieron que las vidas de ambos corrían peligro, y que tenían que ponerse a salvo. “Él me agarró por la camisa y me lanzó al suelo”.

Fue entonces cuando el público comenzó a correr y el show se detuvo. “Yo estaba parada en una sección en el lado derecho del escenario donde estaba el cantante. A las 10:08 pm mi esposo había tomado una foto y la subimos a Facebook. De repente empezaron a llover balas por todas partes”, recordó Maritza, cuya voz todavía se escuchaba afectada por el hecho.

El atacante, que más tarde las autoridades identificaron como Stephen Paddock, disparaba desde el piso 32 del hotel Mandalay Bay, situado a pocos pasos del sitio donde se llevaba a cabo el concierto. Tanto Maritza como su esposo, actual alguacil en Los Angeles, pensaron que las balas procedían de tres frentes y que en medio estaba la gente, incluidos ellos, como “carne de cañón”.

La noche de la tragedia todo sucedió demasiado rápido y “no había tiempo para perder”. La pareja, ya en el suelo, logró arrastrarse hasta un primer punto en donde creían que no estaban “tan expuestos a la balacera”. Ese fue el instante en que Maritza decidió enviarle el angustioso mensaje a su padre como una manera de “despedirse de este mundo”, por si “algo” le ocurría. “Uno nunca sabe la hora en que se va a morir”.

Muertos y heridos

El riesgo era inminente. Desde la habitación que había rentado el jueves pasado, Paddock descargaba su furia contra unas personas que de un momento a otro dejaron de escuchar las canciones de la estrella de la música country Jason Aldean, para comenzar a sentir el sonido ensordecedor de las ráfagas de proyectiles lanzados por el agresor. “Los disparos sonaban, sonaban y sonaban, y aquello parecía que nunca fuera a parar”.

Según Maritza, el ataque tuvo una duración que osciló entre 10 y 15 minutos, con cuatro o cinco pausas que hacía el asesino “supuestamente” para volver a cargar las armas en su poder. Esos intervalos eran aprovechados por las víctimas para correr, quedando atrás, uno a uno, los cuerpos heridos de quienes habían sido alcanzados por los tiros.

Después, de acuerdo con su relato, el llanto desesperado de los heridos o lesionados por caídas, los gritos de algunos niños que también estaban en el festival y la angustia que se sentía por todas partes se sumaban al dolor de las personas que iban quedando tendidas en el suelo, indefensas, a merced de la muerte.

Maritza alcanzó a ver a varias personas que intentaban proteger sus cabezas con las manos y quedaron muertas de rodillas “como si estuvieran pidiendo perdón”. Tampoco olvida a un joven que sollozaba muy cerca de donde se encontraban ella y su esposo. De repente, un silencio pareció apoderarse del cuerpo del muchacho y “no lo escuchamos más…”.

Camino a la salvación

Pasaron unos minutos y los disparos dejaron de escucharse, pero corrió el rumor de que había un hombre armado dentro del área donde se había realizado el accidentado concierto. Salir o quedarse adentro se convirtió en un dilema para la pareja que, con solo cruzar la calle, podía ponerse a salvo en el lugar donde estaban alojados, el hotel Luxor.

De hecho, estaban muy cerca del hotel al que habían llegado, por coincidencias de la vida, el mismo día que el atacante se había hospedado en el hotel Mandalay Bay. Pero no se atrevían a dar un paso adelante porque –así lo pensaron– “afuera podía haber algún pistolero que al vernos salir, era fácil que nos matara”.

El entorno de Maritza era confuso. La gente decía cosas que no entendía; muchos gritaban. “Nosotros tratábamos de mantener la calma propia y la de los demás que teníamos alrededor, y creo que eso nos ayudó mucho. En estos casos hay que pensar con la cabeza fría”.

A punto de lograr su meta, a todas las personas que se tropezaban por el camino les pedían que corrieran y se protegieran bajo un techo o detrás de cualquier objeto de concreto. Desde el momento en que escucharon los primeros disparos, hasta el instante en que cruzaron la puerta de la habitación del hotel transcurrieron los 40 minutos más largos en la vida de la pareja.

Venciendo el miedo

El cuarto era un sitio seguro. Sin embargo, el miedo persistía. Maritza y el hombre con el que en febrero próximo cumplirá 15 años de “feliz matrimonio” llamaron y escribieron a sus familiares para informarles que estaban bien. Aun así, ninguno pudo dormir esa trágica noche.

Una noche que la pareja pensó sería de baile, risas y un poco de licor, y que se había convertido en un infierno por la acción de un enajenado que decidió disparar de manera indiscriminada contra un grupo de seres humanos, cuya única intención era pasar un momento de alegría.

Pero Maritza asegura que no se dejará vencer por el miedo que pretenden infundir los terroristas en el país que un día defendió portando la bandera y el uniforme del Army. El próximo domingo Jason Aldean ofrecerá un concierto, y entonces ella y su esposo estarán de nuevo en la zona VIP cantándole a la vida y al amor.

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