Esta semana, la comisión encargada de analizar la intervención de Reino Unido en la guerra de Irak ha entregado su informe final. Las conclusiones son, sin ningún género de dudas, relevantes. 

Primero, Gran Bretaña –y con ella España y Portugal– aceptó la intervención en Irak para derrocar a Saddam Hussein sobre la base de informes de inteligencia cuyo contenido debe ser calificado, como mínimo, como erróneo. 

Sin embargo, fueran cuales fueran las fuentes, la inteligencia británica se mostró innegablemente incompetente a la hora de discernir la verdad. 

Segundo, el Gobierno británico era partidario de retrasar el ataque contra la dictadura de Saddam Hussein. No dudaba de que era la acción que había que emprender, pero consideraba, de manera bastante razonable, que resultaría mejor contar con una nueva resolución del Consejo de seguridad que reforzara la legitimidad de la intervención especialmente ante una opinión pública que no era, precisamente, favorable a la invasión. 

Tercero, Gran Bretaña quiso siempre que la administración de posguerra estuviera en manos de la ONU. No contemplaba una ocupación por parte suya y de Estados Unidos sino una supervisión internacional. 

Cuatro, el Reino Unido fue a la guerra sin preparación. No sólo es que su ejército carecía de los medios idóneos sino que no contaba con un plan de posguerra. De hecho, tras la caída de Saddam Hussein el único plan de Gran Bretaña era salir cuanto antes de Irak. 

Quinto, esa combinación de improvisación, de incompetencia en la inteligencia y de falta de un plan coherente de posguerra tuvo consecuencias fatales. No sólo murieron más soldados británicos sino que además se provocó una situación caótica que llega hasta el día de hoy y que ha tenido consecuencias –“humillantes” las denomina el informe– como que Reino Unido haya tenido que pactar con algún grupo que, precisamente, lo combatió a muerte. 

El informe insiste en que la guerra con Saddam Hussein seguramente hubiera sido inevitable no mucho después, pero no es menos cierto que la empresa se realizó pésimamente y que sus malas consecuencias llegan hasta hoy. 

Entre líneas puede vislumbrarse también el papel de España en el conflicto. Su visión estuvo más cerca de la británica que de la americana e incluso fue mucho más prudente que durante la primera guerra del Golfo, cuando Felipe González envió soldados de reemplazo a zonas de guerra. 

Sin arriesgar una sola vida, España se colocó en aquel entonces en la primera línea de relevancia internacional como no sucedía desde el siglo XVII. Sabidas son las consecuencias. Los atentados del 11-M fueron relacionados falazmente por la izquierda y los nacionalistas catalanes y vascos con la intervención en la guerra de Irak; el PP perdió unas elecciones ganadas y el socialista Rodríguez Zapatero llegó a la Moncloa para ocasionar daños que persisten hoy. 

En otras palabras, España actuó con más prudencia que Gran Bretaña, pero con peores resultados. Y, como colofón, no es difícil comprender la actuación de la administración Bush, pero de eso hablaremos la próxima vez.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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