@sergiootalora

MIAMI.- Era apenas obvio, una especie de predestinación, que en una comunidad con un 75% de pobreza y en la que 79.000 estudiantes se encuentran en el proceso de aprender inglés, es decir, jóvenes inmigrantes, hubiera un porcentaje de escuelas con la peor calificación posible: F.

“Algunas personas me dijeron: 'Es imposible eliminar el fracaso'. Pero yo les respondí: 'Es inevitable eliminarlo'”, sentenció Alberto Carvalho, superintendente del distrito escolar de Miami-Dade, quien el miércoles pasado sorprendió con la noticia de que en ese condado se habían eliminado los colegios con la peor calificación posible.

“No me importa dónde nació, si es blanco, negro o trigueño, si es inmigrante. En realidad yo me identifico con muchos de esos rasgos, y pude tener éxito. Vengo de nada, de una pobreza extrema. Si pude superarme, cada uno de nuestros estudiantes también lo puede hacer”. Esa es la convicción más profunda de Carvalho, que lo hace creer en las potencialidades de la comunidad en la que desarrolla su trabajo, y en la efectividad de un plan de acción con unas metas concretas.

De ahí se puede seguir la pista de cómo fue el proceso para que el Condado Miami-Dade tenga en 2017 las escuelas de mayor desempeño en el estado de la Florida y las de más alto rendimiento en el país en un área urbana.

Llegaron los mejores

Para empezar, había grandes obstáculos difíciles de superar. Por una parte, una pobreza profunda, muchachos provenientes de otros países y una desconexión con sus padres.

La experiencia de Carvalho como educador lo hace partir de una certeza: “Los fracasados no son los jóvenes, sino sus padres o el sistema que no empodera a esos muchachos”.

Bajo dicha perspectiva, envió a los mejores directores de escuela y a los maestros más sobresalientes a los colegios con mayores problemas. Además, creó una red de apoyo e involucró a la comunidad y a los padres de familia en el proceso. Antes y después de la horas de clase, hubo tutorías especiales, inició programas de verano “y tecnología, tecnología y más tecnología que los muchachos pudieran llevar a la casa”, enfatizó.

Consiguió recursos financieros adicionales para sostener esa operación y abrió una oficina especial “para transformar la educación en esos vecindarios”.

Sin embargo, para el superintendente otra de las claves ha sido el equipo que ha armado. “Cada uno de los miembros de mi equipo es mejor, en lo que ellos hacen, de lo que soy yo”, dijo y complementó: “Son capaces de aceptar riesgos, incluso cuando la gente quiere hacerlos retroceder porque van muy rápido. Y creo que los resultados son evidentes”.

La condena

Hay un concepto que pasa de boca en boca y con el tiempo se ha convertido en ley: si quieres que tus hijos estudien en buenas escuelas, lo aconsejable es que busques “buenos” vecindarios.

“Eso me enfurece porque es inmoral y es como si fuera una acusación”, respondió Carvalho con elocuencia. Calificó esa idea como una especie de “prejuicio solapado” en el que se crea un sistema de bajas expectativas no porque los estudiantes de bajos recursos no sean inteligentes, sino por las condiciones económicas en las que viven.

Para Carvalho esa estratificación implícita de vecindarios y escuelas lo toma como algo muy personal. De una familia de seis hermanos, fue el único que logró terminar colegio, y varios años después otro de sus hermanos, el menor, pudo también culminar sus estudios secundarios.

“Mis otros hermanos y hermanas también eran inteligentes, pero carecieron de oportunidades. Estaban rodeados por personas que pensaban exactamente esto: 'Si usted es pobre, no se baña todos los días y sus padres son analfabetos funcionales, usted tiene que ser como ellos'. Y esa era una condena”.

En 2016, sólo siete escuelas del condado tenían calificación F. “Me dijeron que eso era todo, que de ahí no podía pasar”.

Reconocimiento

Según Carvalho, el llevar su distrito escolar a tener 0% de escuelas con calificación F, es la prueba fehaciente de que hay una inmensa desconexión entre la percepción de cómo es la educación en Miami, las potencialidades de desempeño y los recursos financieros que apoyen dichas potencialidades.

“¿No sería apropiado para los congresistas, en Tallahassee, que hubiera un reconocimiento de ese desempeño académico?”, se preguntó el superintendente al considerar, por ejemplo, el caso de Ponciana Park Elementary, una escuela que pasó de tener una F a una A. Ahí el 100% de los estudiantes es pobre y perteneciente a comunidades minoritarias. “Es más duro pasar de una C a una B en esas comunidades que en un condado como Sarasota. Mi pregunta en Tallahassee es por qué no reconocen las diferencias y financian esas escuelas de manera apropiada”.

Después de todo, Miami-Dade es más diverso y pobre que el resto de los condados de la Florida y, sin embargo, el 39% de sus escuelas obtiene una calificación de A, y el 94% de las mismas tiene A, B o C.

Mientras que en otros estados, al norte del país, el sistema público de escuelas destina por estudiante $15.000 o $20.000 al año, en Florida es de $7.000. El 90% de los estudiantes salen de los colegios públicos. Por qué entonces el ataque permanente a la educación pública, por qué no se pone ese tema al margen de las duras peleas bipartidistas.

“Porque hay un sinnúmero de intereses creados, algunos inspirados por la ideología y otros por la ganancia económica”, respondió Carvalho. Sin embargo, cree en la oportunidad de escoger y también en los chárter schools (colegios por concesión, financiados con dineros públicos y operados por particulares) siempre y cuando sean respetuosos y cumplan con las mismas exigencias de las otras escuelas, es decir, que acepten a todos los estudiantes, a los discapacitados, los pobres, a todos, independientemente de su desempeño académico.

“Debemos rechazar la industria de los colegios chárter, peleo ante la posibilidad de que haya dineros públicos que los financien”, enfatizó el superintendente.

Al final, para Carvalho, educación y democracia son dos caras de una misma moneda. Llegar a los resultados que exhibió el pasado miércoles le demostró a este maestro por vocación (sigue dando clases, a pesar de su agenda frenética) que “no se pueden subestimar el poder, la honestidad y las habilidades de los estudiantes inmigrantes. Hay que tener cuidado de a quién se está dejando por fuera del sistema educativo, porque puede ser un futuro Steve Jobs (su padre era de origen sirio), o el futuro superintendente, que pudo haber llegado aquí en balsa, o en avión, y se volvió alguien”.

 

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