MIAMI.- Apenas conoció la noticia que daba cuenta de la muerte del dictador Fidel Castro, las imágenes de tres seres entrañables pasaron por la cabeza de la comisionada del Condado Miami-Dade, de origen cubano, Rebeca Sosa: sus dos abuelos y su padre.

Como si fuera una película, el rollo de la vida de la carismática dirigente política tuvo un intempestivo retroceso en el tiempo y, sin proponérselo, apareció con solo siete años en el momento justo en que hombres al servicio del régimen castrista le gritan a su abuelo materno: “Ya esta tienda no es de usted. Entregue las llaves”.

El escenario era Florida, una pequeña población en la provincia de Camagüey, cercana al oriente de Cuba. La casa, amplia y de varios cuartos, era “visitada” por agentes del Gobierno a cualquier hora del día o de la noche. Pero esa vez llegaron decididos a quitarle a Roque Arias (abuelo de la entonces niña Rebeca) el negocio del que la familia devengaba el sustento diario. Todavía en la mente de la hoy comisionada condal resuenan en su mente los gritos y el llanto de todos en casa por la conmoción que vivieron en ese duro momento.

“A mi abuelo le quitaron una tienda. Sólo llegaron y le dijeron que entregara las llaves, que esto no es suyo más; un negocio que había trabajado toda su vida, con el sudor de la frente. A raíz de eso le dio un derrame cerebral y quedó incapacitado para el resto de sus días”, recuerda Sosa sin quebrar la voz, con palabras que aún encierran rabia e impotencia.

Otro episodio que marcó la infancia de la comisionada no fue menos impactante. Para narrarlo, explica que sus padres y abuelos jamás estuvieron de acuerdo con el sistema político que nacía entonces en Cuba, con la llegada al poder de un Fidel Castro de vocabulario ampuloso y decidido a cambiar las costumbres de la gente, desde las creencias religiosas hasta la forma de comer.

El padre de Rebeca era José Díaz, un hombre que nunca entendió el embeleco del sistema de gobierno propuesto por Castro, y menos que bajo el supuesto de darles a todos por igual los negocios privados pasaran a ser manejados por el estado. Y como el que no comulgaba con los postulados del dictador era su enemigo, el “disidente” José encabezaba la lista de los opositores al nuevo gobierno.

Muchas veces los militares fueron a buscarlo a casa, pero él sabía esconderse, como 57 años más tarde todavía le toca a muchos cubanos. Hasta que un día fallaron sus previsiones y terminó en poder de agentes de la seguridad que lo condujeron a una cárcel para luego llevarlo a juicio. “Gracias a Dios, un buen amigo lo sacó de la prisión aprovechando la noche”, rememora Sosa.

Pero después vendría otro momento muy doloroso. Nunca se le ha borrado de la memoria la despedida que tuvo con su padre, ella en un balcón y él en otro, entre lágrimas que siguen brotando tanto tiempo después.

“Eso fue en un hotel, y yo siendo tan niña, con menos de ocho años, o quizás un poco más, me estaba despidiendo del ser que más amaba desde un balcón, en un hotel, junto a mi madre Isabel y mi hermana Guadalupe. Fue el momento más duro de mi vida”, afirma como apretando los dientes para contener el llanto.

Sin embargo, la muerte de Fidel Castro, anunciada el pasado 25 de noviembre en medio de la celebración del tradicional día de compras “viernes negro” en EEUU, destapó otro recuerdo que la conocida dirigente política del sur de Florida guardaba con recelo. El protagonista fue su abuelo paterno, también llamado José Díaz.

Al escapar de la cárcel “donde lo iban a matar como a muchos otros”, el padre de la comisionada tomó un vuelo hacia México para tratar de rehacer su vida. Pocos meses más tarde, las condiciones se dieron para que el resto de la familia abandonara Cuba con destino a los Estados Unidos, aprovechando uno de los denominados Vuelos de la Libertad, que facilitaron la salida de la isla de miles de cubanos.

“El día que mi madre, mi hermana y yo tomamos el tren hacia La Habana, para después volar hacia Puerto Rico y reencontrarnos con mi papá, nos fue a despedir a la estación mi abuelo José. Yo tenía menos de nueve años. Pero a pesar de mi corta edad, no he podido olvidar ese momento tan fuerte. Mi abuelo se abrazaba a una columna llorando como un niño al vernos partir. Eso fue realmente desgarrador”, cuenta Sosa con una voz temblorosa.

¿Quién era el dictador?

Rebeca Sosa, con el temple que siempre la ha caracterizado en su trayectoria por la vida pública, no duda en calificar al recién fallecido Fidel Castro como un tirano “que va a tener que pedir mucho perdón en donde quiera que se encuentre en estos momentos”.

Para la comisionada por el distrito 6 de Miami-Dade, un ser humano es aquel que puede cometer un error un día, arrepentirse y enmendar el camino, comportamiento que nunca mostró el dictador cubano, al que se le atribuyen decenas de fusilamientos, violaciones a los derechos humanos y un clima de terror en la isla.

“Por un ser humano que tenga compasión y que haga cosas buenas por la humanidad, tú sientes dolor cuando se va, pero por una persona que entre más sangre tenía, más sangre quería, y más poder quería, que desmembró familias enteras, yo no puedo verlo como un ser humano”, sostuvo.

Asimismo, Sosa describe a Castro como “un instrumento de odio, un instrumento de egoísmo, un instrumento de poder absoluto, y un instrumento sanguinario como no ha habido otro en el mundo entero”.

¿Cambios?

Sosa considera que tras el deceso de quien lideró la denominada revolución cubana, no habrá cambios sustanciales que favorezcan a la población, pero –cree– que no hay que dejar de soñar con una Cuba realmente en libertad, sin el castrismo en el poder.

“Tengo el sueño de que sucedan [esos cambios] porque el mundo está cambiando y es algo que ellos [el Gobierno] tendrán que aceptar porque solos no van a poder mantenerse, no pueden subsistir. Yo tengo fe en Dios en que podamos ver cambios algún día”, aseveró.

Anotó que Fidel Castro fue un instrumento para llevar el problema de Cuba a Venezuela, sembrando en ese país el germen que ha mantenido en la miseria a millones de cubanos durante casi seis décadas.

“Así que al mismo tiempo que rezamos para que todo esto pase en Cuba, igualmente rezamos para que pase por los otros países que han tenido la influencia de Fidel”, afirmó.

Finalmente dijo que también reza constantemente por la libertad religiosa en su país porque hay otro hecho que jamás ha podido olvidar. Sucedió en el colegio Lestocnac, en su natal Florida. Las monjas de esa institución educativa fueron literalmente sacadas a la calle por orden de Castro, que prohibió la educación religiosa en la isla.

“Imagínese usted, yo siendo una niña, lo que pude sentir al ver cómo sacaban por la fuerza a esas monjitas del colegio delante de todo el pueblo, y ellas se despedían de nosotros llorando. Fidel Castro no era un ser humano”, subrayó.

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