Las cinco vidas de Horacio Aguirre
Palabras pronunciadas por el escritor y periodista Carlos Alberto Montaner en la misa de cuerpo presente del doctor Horacio Aguirre, director emérito y fundador de Diario Las Américas, celebrada en la Iglesia Católica Santa Rosa de Lima, en Miami Shores

POR CARLOS ALBERTO MONTANER
25 septiembre 2017

Les agradezco a Alejandro Aguirre y a esa querida familia el privilegio de compartir con ustedes la despedida del Dr. Horacio Aguirre, una persona admirable a quien quise y respeté de una manera excepcional.

Éste es el momento de pasar balance y hacer las sumas y las restas, porque, de algún modo, se vive para enfrentar este juicio final que, para los creyentes, es la tarea de Dios y, para el resto, para quienes no hemos sido tocados con esa gracia divina, es la inevitable obra de los hombres.

Me explico.

No sólo vivimos una vida. Vivimos al menos cinco. O vivimos cinco dimensiones muy bien diferenciadas de una misma vida.

Vivimos una vida personal, esencialmente introspectiva, en la que se aloja nuestra coherencia interna. Ésa que algunos llaman nuestra psicología, nuestros valores, nuestras creencias más arraigadas.

Lo que se espera de las personas cabales es que vivan esa vida íntima con integridad. Sin disonancias entre lo que se piensa y dice y lo que se hace.

Horacio Aguirre fue un modelo de integridad. Vivió y actuó con total coherencia, sin dobleces ni contradicciones. Fue un conservador honrado y así vivió toda su larga existencia. Eso le permitió estar en paz consigo mismo.

La segunda vida de Horacio Aguirre transcurrió en el ámbito familiar. Fue un hermano, un esposo y un padre y abuelo magnífico. Aquí están todos sus hijos y nietos para dar testimonio de ello. Los quiso mucho. Cuidó de ellos. Los educó con el ejemplo para que fueran útiles a la sociedad. Y lo logró con creces.

La tercera vida fue la profesional. Horacio Aguirre estudió derecho, y hubiera sido un gran abogado, porque era culto e inteligente, si los avatares de su exilio no lo hubieran llevado a Panamá, donde aprendió el oficio de periodista.

De esa experiencia surgió el Diario las Américas en 1953, tras llegar a Estados Unidos con muy poco dinero.

No obstante, Aguirre traía el fuego de los inmigrantes emprendedores y se lanzó a una quijotesca aventura: hacer en Miami un diario en español en momentos en los que esta ciudad era un soñoliento balneario norteamericano con muy pocos latinoamericanos avecindados en ella.

Probablemente, Horacio Aguirre se dio cuenta de que la ciudad sería, como Nueva York y Los Ángeles, una de las puertas de entrada de los latinoamericanos.

Tanto en New York como en Los Ángeles había prensa escrita y radial para hispanohablantes. Pero, a mediados del siglo XX, atribuirle a Miami esa destino, y escribir en español para ese casi inexistente público, era empresarialmente muy arriesgado.

El tiempo le dio la razón a D. Horacio. A partir de los años sesenta comenzó la gran migración cubana, que no se ha detenido desde entonces. El Diario las Américas fue uno de los puntos de reunión de la diáspora cubana. Una de las instituciones que le dio forma y sentido a nuestro exilio.

La década de los ochenta fue la de los nicaragüenses, la de los compatriotas de Aguirre que llegaron huyendo de los desmanes sandinistas. También les abrió las puertas de su diario.

Los noventa trajeron oleadas de argentinos, colombianos y hondureños. Los argentinos huían del desbarajuste económico. Muchos colombianos y una buena parte de los hondureños escapaban de la violencia social.

El siglo XXI vio la llegada de los venezolanos. Hasta la entronización del chavismo Venezuela había sido una sociedad receptora de inmigrantes. A partir de ese punto se había tornado en expulsora de sus mejores hijos, de los más educados.

En definitiva, Horacio Aguirre tuvo una gran vida profesional. Les dio trabajo a decenas de personas. Les dio voz a los demócratas que querían expresarse. Obtuvo un gran reconocimiento de sus colegas, que lo hicieron presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa, la SIP, como también lo fue su hijo Alejandro, al extremo de convertirse en uno de los grandes referentes hispanos de los Estados Unidos.

Les cuento una anécdota inédita.

En 1994, cuando Mario Vargas Llosa obtuvo el Premio Cervantes, muy generosamente propició que yo me reuniera a solas con el rey de España, Juan Carlos de Borbón, en el Palacio de Oriente, para que le hablara de Cuba.

La reunión duró media hora y fue muy interesante, pero una parte sustancial la dedicó el Rey a elogiar a Horacio Aguirre y a celebrar que todos los días le llegaba puntualmente el Diario las Américas con sus mensajes en defensa de la hispanidad.

Para el rey Juan Carlos, Horacio Aguirre era la gran referencia entre los hispanos de Estados Unidos.

La cuarta vida de todas las personas es la cívica. La que tiene que ver con nuestras responsabilidades con la sociedad y con las instituciones donde anida nuestra existencia en común.

Horacio Aguirre nunca se evadió de ellas. Cuando era muy joven se enfrentó a la dictadura del primer Somoza y debió exiliarse. Cuando, años después, fundó Diario las Américas, lo consagró a la defensa de la democracia y la libertad.

No hubo causa justa en la que no se enrolara Horacio Aguirre. No hubo polémica sustancial en la que el periódico no participara, pero siempre con una exigencia clara: que se cuidaran las formas, que se discrepara sin ofender.

He dicho, en otras circunstancias, y ahora lo reitero, que no se puede hacer una historia de los hispanos en Estados Unidos, o de la ciudad de Miami, sin consultar la colección de este singular y valioso periódico.

Ahí está todo: informaciones y análisis, desde una perspectiva original.

Y llegamos, por último, a la quinta vida de Horacio Aguirre: la vida lúdica. Aguirre comprendía que no sólo de éxitos profesionales vive el hombre.

Los seres humanos necesitan divertirse, escapar de la rutina y adentrarse en el terreno de la literatura, la música y las ensoñaciones.

Como buen nicaragüense, como latinoamericano muy culto que fue, amaba la poesía de Rubén Darío, pero no se limitaba a su “inevitable compatriota”, como le llamara Coronel Urtecho.

Conocía a fondo la obra de Amado Nervo, de José Martí, de Juan de Dios Peza y de toda aquella gran generación de precursores del Modernismo que escribieron a fines del siglo XIX y primer tercio del XX.

Como era un conservador consecuente y honrado, fiel a sus raíces, Aguirre también amaba la zarzuela y el bel canto, y él y Diario las Américas se volcaron en promocionar la sociedad Pro-Arte Grateli con el objeto de revivir formas musicales españolas y cubanas que en la propia España y, por supuesto, en Cuba, habían sido orilladas.

Le encantaba patrocinar estas formas muy constructivas de cultivar el ocio. Lo hacía para mantener vivas las mejores y más rancias tradiciones culturales hispanas, no sólo porque le parecían valiosas, sino porque era una manera de enriquecer el patrimonio cultural estadounidense.

El melting-pot también era eso. Mezclar a Aaron Copland con Ernesto Lecuona. Colocar La verbena de la paloma junto a Porgy and Bess.

Concluyo.

No hay la menor duda de que Horacio Aguirre fue un ciudadano ejemplar. Nos dio sus cinco vidas.

Todos, en una u otra medida, nos beneficiamos de su existencia.

A sus hijos y nietos les deja la memoria de un gran padre y un magnífico abuelo.

A quienes lo tratamos, nos deja el recuerdo de un gran amigo.

A los latinoamericanos, en general, nos lega una vida dedicada a la defensa sin fisuras de la libertad.

Al periodismo, el ejemplo de varias décadas de una buena prosa al servicio de las mejores causas.

Francamente, no se me ocurre un mejor modelo para las generaciones venideras.

Gracias, Horacio. Gracias por esa vida afortunadamente larga y plena dedicada al bienestar de todos.

Muchas gracias.