MIAMI.- El miércoles Miami amaneció con mejor cara. Unas cuantas barriadas recibieron la madre de todas las bendiciones: ¡la electricidad! Muchos pudieron descansar como Dios manda.

Lamentablemente, aún hay miles de personas sin ser “bendecidas”. Algunas de esas pobres gentes relatan que intentaron dormir en el portal o en el piso de la habitación. Otros ya tienen récord de viajes a la ducha: tres y cuatro veces en la noche. Hay un descubrimiento inusitado de abanicos olvidados. No es nostalgia sino necesidad, que, como se sabe, “hace parir hijos machos”, con perdón del feminismo ortodoxo.

Las comunicaciones nos jugaron una mala pasada, pero aprendimos algo nuevo. Usted puede haberse ufanado de poseer el iPhone de último modelo, pero ya vio que eso no le salvó de carecer de conexión. Somos más iguales en la desgracia.

En el hogar ya comenzó el balance de los alimentos que, real o supuestamente, se echaron a perder. “Todo esto hay que botarlo”, dice ella. “Aguanta, que hay cosas que resisten más”, dice él. “Es que nos vamos a enfermar”, replica ella”. “Déjame oler y te digo”, replica él. Maravilloso olfato de algunos…

Los supermercados, aunque tibiamente, abrieron sus puertas. “Caballeros, solamente latas y paquetes. Nada de leche ni de carne; de ningún tipo”, afirma el supervisor. “La del almacén se echó a perder o no, pero la vamos a eliminar”, advierte. ¡Cuántas toneladas de alimentos se habrán deteriorado, entre viviendas, grandes almacenes, supermercados, restaurantes y cafeterías! Seguramente cubriría la cuota de carne anual de Cuba o Venezuela, por ejemplo.

No hay mejor momento para recordar estos versos de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681):

Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?;
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó.

La moraleja es clara: siempre hay alguien en peor condición, más golpeado, más apolismado; vaya, más jodido. Anoche, en medio de una cena caliente, incluso regada con vino Cabernet, una amiga me comentaba: “En estos días me di cuenta de lo mucho que tenemos: aire acondicionado, agua fría, celular, internet”. Y en voz baja: “Lo damos por granted y, sin embargo, en un tris puedes perder todo eso”.

Al amanecer, algunas gasolineras mostraban vehículos en filas pequeñas, pasables y silenciosas; diez minutos de sabrosa espera y te ibas con el tanque lleno. Pero ojo: es muy probable que la gasolina escasee en las próximas semanas. Si tiene oportunidad haga su colita ahora y lleve lo necesario.

En la calle, algunos restaurantes y cafeterías abrieron normalmente. Grupos de gente esperaba con inigualable satisfacción. Mientras tanto, como si fueran viejos amigos, intercambiaban animadamente anécdotas sobre sus percances. Se sentía en el ambiente un inefable amor por el prójimo (¿cuánto habrá de durar?).

Las vías siguen con montones de ramas en las orillas; en ciertas calles los árboles caídos impiden el paso. Tiempo de recordar la famosa frase del detective Chan Li Po —protagonista del programa radial, creación del cubano Félix B. Caignet, que se transmitió en países de América Latina allá por los años 40—: “Paciencia, mucha paciencia”. Las cuadrillas están limpiando, pero tienen trabajo para varios meses. Todavía algunos semáforos no funcionan; por eso la Policía se aposta en ciertos cruces para evitar accidentes, que por suerte han sido pocos. Por estos días los conductores manejan sin prisa y sin ira. Nunca sentimos tanta amabilidad: “Usted primero; no usted; no usted…”.

Ya se sabe: en las situaciones límite aflora lo mejor y peor del ser humano. Hubo muestras incontables de altruismo para con los más desvalidos. Hogares de ancianos vulnerables pudieron evacuar y buscar refugio. A otras personas del ALF, con necesidades especiales, como la tía Fifi, la ingresaron para que el suministro de oxígeno no le faltara. Pero en otros lugares no previeron que en cierto momento no habría electricidad: hoy en Hollywood, condado Broward, lamentan varias muertes por ese imperdonable error.

Sí, en verdad mucha gente vivió estos tres días en puro terror. Como esa pareja de ancianos, de más de 90 años cada uno. Permanecieron solos en su casa y siguieron las noticias hasta que se fue la electricidad. El miércoles ya se sentían más tranquilos y salieron a tomar el aire. “Menos mal que ya pasó todo”, dice la señora. Le pregunto por la familia. “¿Tienen hijos?”. “Sí, dos”, afirma. “¿Ya pasaron por aquí?”, indago. “No, ellos están lejos”, comenta la atildada anciana. “Bueno, seguramente estuvieron en contacto”, indago. “No; ellos están lejos…”. Y entra en su casa, resignada, con paso de hormiga.

Así, poco a poco, aunque con un andar más largo y resuelto, Miami se levanta. Hay mucho por hacer, mucho que analizar. Mucho también de lo que podemos alegrarnos: de haber sobrevivido, de no sufrir demasiados daños y de contar con la oportunidad de participar en la reconstrucción de nuestra ciudad. Por ahí vamos.

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