CUBA.- IVÁN GARCÍA / ESPECIAL DLA

Cuando a principios de octubre me invitaron a un taller de periodismo de investigación en una universidad de San Diego, lo primero que hice fue rastrear por internet los antecedentes de esos cursos.

Supe que los ponentes eran de primera. No todos los días un periodista independiente cubano tiene la oportunidad de dialogar con reporteros estadounidenses de calibre, algunos de ellos ganadores de Pulitzer.

Confieso que me asaltó el escepticismo cuando vi el cronograma del taller. Las ponencias versaban sobre el conflicto fronterizo entre México y Estados Unidos, nuevas herramientas tecnológicas para el periodismo investigativo y cómo abordar de forma creativa y amena el periodismo ambiental y de salud.

¿De qué forma podría acoplar esas materias con la realidad de mi país, desde hace 56 años gobernado por dos autócratas de apellido Castro? Teniendo presente, además, que existe una ley que puede sancionar a un reportero independiente hasta con 20 años de cárcel. Y que internet es un lujo caro. En una nación donde el salario promedio es de 20 dólares mensuales, una hora de internet cuesta 5 dólares.

Con esas dudas me incorporé al taller. Veintidós colegas de Colombia, Venezuela, México, Panamá, Guatemala, Costa Rica y Cuba, que viven en contextos diferentes. Quizás para los venezolanos las realidades eran análogas. Fue un honor ser el primer cubano invitado por el Instituto de las Américas de la Universidad de San Diego en California.

Soy de los que piensa que el periodismo es un oficio siempre abierto a nuevas experiencias. El taller estaba diseñado de manera meticulosa. Denisse Fernández, la asistenta, estaba al tanto del más pequeño detalle. Desde el alojamiento y la transportación hasta dejarte una cena en la carpeta del hotel, previendo que arribaría a San Diego rozando las doce de la noche de un domingo.

Desde la primera ponencia del periodista Andrew Becker, el taller despertó mi entusiasmo. Conocer la cruda realidad de la frontera de Tijuana, su emigración y trasiego de drogas, contada desde una perspectiva novedosa fue una lección magistral.

Las herramientas que aprendí y las experiencias narradas intentaré adecuarlas al contexto cubano. Aunque el claustro de ponentes no era la del típico académico seducido por la revolución de Fidel Castro, el estado de cosas en la Isla, obviamente, no lo dominaban.

Les tuve que explicar reiteradas veces nuestra realidad. Y por qué ciertas reglas o herramientas del periodismo moderno eran anacrónicas en Cuba, donde no existe ninguna ley que obligue a una institución a ofrecer datos y estadísticas.

Sí, fueron novedosas ciertas aplicaciones de la web para realizar periodismo de investigación. Pero, si no tengo internet en casa, ni existen redes públicas, sin contar que muchos sitios están bloqueados cómo puede utilizar esas herramientas?

-Se imagina, le dije a Lynne Walker, una de las periodistas más extraordinarias que he conocido, que le pida a mi jefe en DIARIO LAS AMÉRICAS dos mil dólares para cubrir una historia cuando trabajan con un presupuesto en mínimos.

-Si demoro ocho semanas para hacer un reportaje, simplemente me muero de hambre. El periodismo independiente que se hace en Cuba, en páginas webs que reciben fondos de instituciones extranjeras o periódicos de escaso poder financiero, no lo permite.

-Son medios como moledoras de carne. Constantemente debes estar enviando artículos que, debido a la falta de un modelo de negocio rentable, hace del periodismo digital un oficio de sobrevivientes.

Lynne escuchó mis argumentos con paciencia. Sonriente, respondió: “Entonces nos damos por vencidos. ¿El miedo a morir asesinado por un cartel de drogas en Tijuana, a quedarse sin trabajo en Caracas, estar mal pagados o no tener acceso a internet en Cuba los va a detener? De lo que se trata es ser creativos. Superar barreras. Y siempre pensar en grande. Nunca aceptar un no. Son las reglas básicas". 

Aparte de nuevos conocimientos y técnicas periodísticas, lo mejor fueron los nexos de amistad con colegas latinoamericanos. Por esa mentalidad un tanto egocentrista de muchos cubanos, creemos que nuestros problemas políticos y sociales son los más graves del mundo.

Pero cuando usted conoce a reporteros del México profundo, quienes durante meses han tenido que asistir a su redacción con escolta policial por causa del narcotráfico, o tipos como los colombianos Fabio Posada, quien fuera jefe de una unidad de investigación del diario El Espectador o John Jairo, quien desde una redacción en Cúcuta a ratos recibe amenazas de muerte, tiene que modificar su forma de pensar.

Con los seis reporteros venezolanos asistentes al taller hubo una química casi natural. Ellos están viviendo lo que sucedió en Cuba hace 56 años. Los compadres del PUSV intentan desmontar, pieza a pieza, las instituciones democráticas y la libertad de expresión.

Desde luego, Cuba sigue estando a la zaga en cuanto al ejercicio del periodismo libre. Pero el resto de América Latina no anda mucho mejor. 

 

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