Hace pocos años, el lingüista y activista político Noam Chomsky señalaba que Richard Nixon había sido el último presidente “liberal” de los Estados Unidos.  La afirmación, sin duda, llevará a no pocos a arquear las cejas en un gesto de sorpresa, pero resulta menos disparatada de lo que parece a primera vista.  Chomsky, a fin de cuentas un profesor universitario, pero no un político, es uno de los poquísimos norteamericanos que, efectivamente, se puede considerar de izquierdas.  Sus palabras, análisis de otros tipos aparte, dejan de manifiesto un mal cada vez más acentuado en las últimas décadas y es la radicalización de los candidatos republicanos.  Esa circunstancia puede tener como consecuencia que, a pesar de los triunfos estatales o en el legislativo, durante más de década y media seguida, no haya un presidente republicano.  La razón fundamental es que, para obtener la nominación, el candidato debe desplazarse hacia posiciones muy extremas y, acto seguido, correr a la desesperada hacia el centro que, con los matices que se deseen, es el lugar donde se deciden las elecciones en Estados Unidos.  Dado que además en las de hace cuatro años, el partido republicano decidió mostrar desprecio tanto hacia el voto hispano como hacia el negro, la derrota de Romney estaba cantada y así lo pronosticamos algunos analistas varias semanas antes de que los ciudadanos acudieran a las urnas.  No parece que la situación sea mucho mejor para los republicanos a día de hoy.  Si Donald Trump consigue la nominación –lo que no es imposible ni mucho menos– va a resultar muy difícil que gane las elecciones siquiera porque hay segmentos enteros de la sociedad norteamericana que lo ven con creciente malestar.  Los hispanos que no desean que se cierre la puerta de la nación a futuros inmigrantes, los negros y, en general, cualquier votante moderado contemplan con enorme inquietud, si es que no con verdadero horror, a Trump.  En otras palabras, Trump sería un casi seguro perdedor frente al candidato elegido por los demócratas.  ¿Qué sucedería si, por el contrario, el nominado fuera Cruz o Rubio?  En el caso de Cruz, podría contar con el voto evangélico, de enorme relevancia, así como con el conservador, pero es más dudoso que pudiera atraerse los de la minoría negra, los de no pocos hispanos o los de los moderados que son un porcentaje nada desdeñable del electorado.   Por lo que se refiere a Rubio, es posible que sea el que cuente, en comparación, con una imagen de menor intransigencia e incluso se trata de un cubano-americano.  Sin embargo, esta última circunstancia no le garantiza el respaldo de los hispanos.   La comunidad cubano-americana es muy relevante en el sur de la Florida y también en New Jersey, pero, más del ochenta por cien de los hispanos son de origen mexicano y no cubano.  En otras palabras, ni Cruz ni Rubio son garantías firmes de que el voto hispano vaya a parar a un candidato republicano.  Si los republicanos desean llegar a la Casa Blanca en el curso de esta década, tendrán que sortear su crisis actual.  Ese objetivo exige, de acuerdo a su propia Historia, moderar sus posiciones, armarse de una sensibilidad social que no pocas veces parecen despreciar y tender la mano a minorías como la hispana y la negra a las que han considerado prescindibles durante mucho tiempo.  De no ser así…  los demócratas se sucederán a sí mismos en la Casa Blanca.

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