Trabajar en un restorán de comida rápida es convivir con la “América profunda”, como quizás fue en su tiempo laborar en las plantaciones algodoneras del Sur.

Muchachos nacidos en el país, incluso bilingües, junto a jóvenes inmigrantes inundan esos establecimientos.

Al parecer, los años mozos son un blindaje contra el altísimo estrés que causa recibir un pedido, y en menos de 90 segundos servírselo a un cliente y a uno más a continuación; cada quien impelido por mayor prisa.

En cada de esos sitios, una hora de jornada es de cinco cuartos. Las reglas ideadas en oficinas y laboratorios centrales establecen un montón de quehaceres, como para no dar lugar al respiro.

Es mucha la brega, como usual la fragilidad de los enseres de aseo, pero en esos sitios los pisos, baños y trastos casi siempre andan chirriando de limpio.

Después de todo, por culpa de tanta juventud hay chance para la camaradería. La rivalidad es cosa de otros gremios. En definitiva, no hay porqué competir. Pocas son las posibilidades de ascenso.

Un buen número de esa muchachada hace malabares tratando de sufragar sus estudios universitarios con un salario frisando el mínimo por Ley. Otra notable porción, quizás con menos méritos académicos ni otras metas, con el mismo sueldo se gana malamente la vida.

Pero ya no son sólo adolescentes quienes laboran en esos centros gastronómicos. Ahora muchos padres y madres de familia, incluso profesionales, con suerte consiguen emplearse en ellos.

Así las cosas, raramente alguien completa las 40 horas semanales, como para no  merecer un seguro de salud u otros beneficios. Los horarios no suelen ser fijos. Y ningún empleado recibe propinas, según dictan las mismas normas que los conmina a comprar juguetes nuevos dentro de las campañas filantrópicas de sus empresas.

Entonces, la paga tampoco alcanza para quienes deben cubrir los gastos de un hogar, cuando mucha gente sea por edad, preparación profesional o condiciones sociales ya han perdido sus esperanzas de ser tenidos en cuenta por los actuales requerimientos del mercado laboral para empeños mejor remunerados.

De tal modo, no es de extrañar que trabajadores de estos restoranes conformen precisamente buena parte de los 40 millones de estadounidenses con alguna subvención por parte del Gobierno Federal, como los bonos de alimentos, por ejemplo.

A partir del 2014 surgen a lo largo de toda la Unión grupos demandantes de un sueldo mínimo de 15 dólares por hora en tales centros gastronómicos.

La cifra puede sonar cuantiosa. Pero analizando el alza del costo de la vida desde hace medio siglo, ¿no se justificaría la implantación de una tasa mínima de 10 dólares?

Las empresas matrices de estos centros aducen que elevar el jornal implicaría un desbordado costo de producción, y por ende, despidos masivos.

Sin embargo, suman millardos de dólares los gastos publicitarios de esas mismas cadenas para seguir engatusando a nuevos comensales, sobre todo a los niños.     

Finalmente, ¿hasta qué punto no somos todos cómplices del agobio de esos asalariados tan semejantes a nosotros?

Resulta frecuente llegar a ellos con un apremio inexplicable, exigiendo petulantemente tal si fuéramos sauditas, para luego devorar sus servicios como normandos, en apenas segundos.

Aún así, solemos recibir sobrados gestos de cortesía y hasta de cariño de uno y otros tantos seres anónimos en esos lugares, quienes al final del día llevan a casa un mísero salario con hedor a comida grasienta.

Llegado el caso, olvídese de los cánones comerciales. Si le sonríen, es por pura bondad de alguien tratando de hacer lo mejor, aunque las circunstancias le impidan amar su trabajo.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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