Cada día que pasa, la crisis de los refugiados cubanos en Centroamérica se enreda y se agrava.

Aplicando viejos métodos de una dinámica perversa (recuerden Camarioca, 1965; Mariel en 1980 y la "crisis de los balseros", 1994) el régimen de los Castro está cumpliendo su estrategia de forzar la salida de cubanos atrapados en una guerra de supervivencia política y económica dentro de su propio país, obligándolos a vagabundear por diferentes países centroamericanos.

Si bien esa es la causa de que se haya incrementado el número de migrantes en los últimos meses en esta zona de fronteras vulnerables, especialmente en Panamá y Costa Rica, ni la OEA ni ninguna de las autoridades centroamericanas (como sí lo ha hecho Nicaragua al cerrar de forma unilateral su frontera), pueden bajo ningún concepto enfrentar este chantaje orquestado desde La Habana por la vía de contravenir el deber de auxilio a desheredados que buscan sobrevivir.

Da la impresión de que tanto el régimen cubano como el Gobierno de EEUU (que pasaron de puntillas sobre el tema durante la reciente visita de Obama a Cuba), han entrado en una de esas desidias en las que la ausencia de voluntad política para resolver esta crisis humanitaria, genera las condiciones para que ésta se agrave, una dinámica que contribuye a su vez a entorpecer la solución.

Asimismo, resulta lamentable ver la incapacidad de países con peso en la zona (Colombia y México, por sólo citar algunos) a la hora de buscar la articulación de una política común de asilo y una gestión concertada del problema.

Frente a esta realidad tan decepcionante, crece el miedo de la población local por la falta de control sobre estas oleadas imparables, una situación que además de cobijar discursos xenófobos del populismo radical, compromete la posición de algunas organizaciones internacionales y hasta del propio Vaticano que tratan de acotar las consecuencias de la crisis presionando a los países limítrofes para que inmovilicen a través de controles fronterizos la avalancha en sus territorios.

Todos saben que Costa Rica, el país que ha mostrado más solidaridad con los refugiados cubanos, no puede afrontar sola semejante desafío. “Costa Rica no es el origen ni destino de cubanos y ha hecho todo el esfuerzo necesario para atender la situación responsablemente y en estricto apego a los instrumentos internacionales”, ha asegurado en un comunicado el Ministerio de Relaciones Exteriores costarricense.

Puede que tales advertencias tengan algún efecto de consumo doméstico, a tenor del aumento de la xenofobia que se observa en la zona, especialmente en los países afectados por este drama. Pero en verdad resultan muy poco eficaces ante un régimen totalitario como el de Cuba que, en lugar de asumir su enorme responsabilidad por esta crisis humanitaria, culpa de manera cínica al Gobierno estadounidense de incentivar que los ciudadanos de su país se jueguen la vida para emprender peligrosas travesías en manos de traficantes sin escrúpulos.

Esta vileza contribuye a deshumanizar el conflicto y alentar el rechazo de una comunidad internacional, desconcertada por una escalada en la que cada país busca la forma de protegerse transfiriendo el problema a otro, en una deriva individualista e insolidaria que agrava las consecuencias de la crisis humanitaria desatada en última instancia por el país verdaderamente responsable: el Gobierno cubano y las miserables condiciones económicas, políticas y sociales a las que ha sometido a su pueblo.

La incapacidad del Gobierno de La Habana para abordar una solución conjunta precipita comprometidamente el momento en que el cierre progresivo de fronteras decidido por los países de la zona, acabe con los acuerdos migratorios y ponga fin a la libre circulación de personas que tanto ha favorecido al proyecto de una América unida.

La misma América Latina que ha decidido implicarse en la transición democrática de Cuba no puede desentenderse de sus efectos. Tampoco tratar de hacerles frente en la dirección que promueven Raúl Castro, Maduro o Daniel Ortega, si no desea descender a un peldaño todavía más bajo que la insolidaridad.

Una vez más, el problema de los refugiados cubanos -al que ahora se han sumado centenares de africanos- sorprende a las instituciones latinoamericanas y norteamericanas en la contrariedad de no saber qué hacer.

La acumulación de emergencias (desplazados, inmigrantes políticos, económicos, de origen diverso) demuestra que el problema es estructural, con serias dimensiones diplomáticas y de seguridad, sobre todo porque no se observa voluntad de abordarlo a fondo. Lo que pone en evidencia que ni la propia América en su conjunto está exenta del riesgo de asediarse con sus propias migraciones internas, que son el elemento de acomodo que les queda a las economías del sur frente a las del norte. Un cóctel peligroso y maleable en manos de los que buscan políticas, por una parte cada vez más totalitarias e irresponsables, y por otra, más exclusivistas y xenófobas.

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