Mi madre, una de nueve hermanos, se distinguió en el colegio por ser una alumna sobresaliente, hablar perfectamente el inglés y el francés y no faltar un solo día a clases. Le dieron toda clase de diplomas y medallas. En aquellos años pensaba ser profesora de inglés.

Como es muy guapa, tuvo muchos pretendientes y aspirantes a conquistarla. Ella, sin embargo, prefería dedicarse a dos deportes que la apasionaban y en los que llamaba la atención por su arrojo y excelencia: los saltos ecuestres, en los que era una campeona natural, amansando a los caballos más chúcaros y guiándolos a sobrepasar todos los obstáculos, aun los que parecían insalvables, y correr olas no en una tabla hawaiana sino a colchoneta, como se decía entonces, bajando y surcando y zigzagueando olas tan grandes y bravas que parecían monstruos marinos. Sus enamorados y pretendientes en la sombra la miraban embelesados y no podían creer cómo una mujer tan bella, frágil y delicada era, al mismo tiempo, intrépida y valerosa, a menudo más que los propios hombres, para montar a caballo o para bajar a colchoneta las olas más rompedoras, sin perder la sonrisa, como si todo aquello fuese muy fácil y pudiera hacerse sin esfuerzo.

Su vida cambió para siempre cuando se enamoró, muy joven, con apenas veinte años, de mi padre. En la primera entrevista que me concedió en mi programa de televisión, me confesó que se enamoró de mi padre viendo sus manos, cómo sus manos guiaban el timón del auto, cómo buscaban una canción en la radio, girando el dial. Se casaron un año después. Ninguno de los dos fue a la universidad. Ella quería casarse y tener hijos, sentía que estaba llamada a ser madre, esa era su vocación más profunda, y por eso tuvo diez hijos a los que ha dedicado su vida entera. Papá no fue a la universidad porque vivía cómodamente bajo el amparo de sus padres, que tenían dinero, y se dedicaba a montar en moto, a comprar armas de fuego y a disparar a todo animal que se moviera, pasiones que con los años se fueron acentuando en él, particularmente el oficio de cazar animales, ahora tan en desuso y deplorado por las almas sensibles.

Mi padre era cojo, lo era desde niño, enfermó de un mal que le corroyó y recortó el hueso de una pierna, y ahora pienso que tal vez mi madre se enamoró de él precisamente porque era cojo, además, claro, de guapo, galante y bien plantado, pues nadaba mucho y levantaba pesas y tenía una musculatura prominente que imponía respeto. Como mi madre, desde muy joven, y hasta hoy, se entregaba sin reservas a servir a los más necesitados, a los que a sus ojos requerían que los auxiliara con una palabra reconfortante o un gesto de afecto genuino, no dudó en socorrer a ese muchacho cojo, peleador, pistolero, cazador y buscapleitos, mi padre. Puede que esté delirando y mi teoría carezca de todo fundamento, pero creo que ella se enamoró de él porque su cojera la enterneció, la conmovió y le dictó la obligación moral de acompañarlo y hacerle la vida más fácil y llevadera.

De niño yo solo tenía ojos para adorar a mi madre, no había nadie a quien quisiera más, el tiempo con ella era el que más disfrutaba, bien fuera rezando el rosario en latín, acompañándola a misa, contándole mis días en el colegio, ayudándola en lo que me pidiera, por ejemplo batir el maná espeso en una olla, un dulce que le salía glorioso, insuperable, tanto que sus amigas en ese barrio muy en los suburbios, un cerro a una hora de la ciudad, con casonas muy grandes, le pedían que no se olvidara de dejarles unos manás cada tanto. Estar con mi madre o no estar con ella era la medida de mi tiempo, y cuando salía del colegio y el chofer me llevaba hasta la casa, un trayecto largo y pesado que duraba más de una hora, solo quería ver a mi madre, abrazarla, conversar con ella, contarle las cosas que me habían pasado en el colegio, a menudo fantaseando, inventando hazañas que yo había protagonizado, solo para complacerla, para que me mirase con orgullo y ternura, como nunca nadie ha vuelto a mirarme.

En la adolescencia me volví rebelde, dejé de ir a misa, no quise confirmarme, escapaba con frecuencia de la casa de mis padres porque tenía una relación muy mala con papá, y entonces ella, sabiamente, me mandó a vivir con sus padres, con quienes viví cinco largos años, los últimos del colegio y los primeros de la universidad, años en los que ya casi no veía a mi padre, aunque mi madre sí venía a visitarme con frecuencia y siempre que la veía salía el sol para mí. Luego ella tomó otra decisión muy juiciosa que habría de cambiarme la vida para siempre: habló con los jefes de un periódico conservador, amigos suyos, y les pidió que me dieran un trabajo en mis vacaciones de verano, y entré al periódico con apenas quince años y allí descubrí mi vocación tempranamente, la de ser periodista y luego escritor, nada de lo cual, sospecho, hubiera ocurrido de no haber mediado la intervención providencial de mi madre.

En mis años universitarios me alejé de ella porque tomaba muchas drogas, viajaba con frecuencia, hacía cosas que a sus ojos eran indebidas e indecentes y supongo que ella rezaba mucho por mí. Creo que nunca supo bien cuán metido estaba en las drogas, menos mal, pero ella sentía que algo andaba mal conmigo y sin embargo respetaba mi libertad. Cuando publiqué mis primeras novelas, de una sensibilidad muy gay, ella sufrió mucho, creo que no las leyó, trató de leerlas pero fueron demasiado chocantes y dolorosas para ella, y tuvo que soportar estoicamente, a pie firme, los escándalos, revuelos y comidillas que esos libros provocaron en nuestra ciudad, aunque yo ya me había ido a vivir al extranjero. Ella hizo todo lo que pudo para disuadirme de publicar mi primera novela, pero yo no le hice caso y la publiqué, y ahora lamento todo el dolor que le provoqué, aunque tampoco me arrepiento de haber publicado los libros que publiqué, supongo que era mi destino.

No solo sufrió con mis primeras novelas, también la pasó muy mal cuando me divorcié de mi primera esposa y tuve un novio, todo lo cual, dada mi condición de famosillo impresentable, tuvo mucha prensa en la ciudad donde ella vivía. Mi madre no aprobó el divorcio, le pareció un error, me rogó que reconsiderara aquella decisión, me pidió que me mantuviera cerca de mis hijas, y en cuanto a mi novio, nunca quiso conocerlo ni ver una foto suya tan siquiera. Siendo una persona religiosa, de misa diaria, militante en un grupo católico, el Opus Dei, no veía con simpatía mis exploraciones del amor entre hombres y cuando podía me decía que yo había tomado el camino equivocado y que rezaba para que corrigiera lo que le parecía una ofensa a Dios y a mí mismo. Discrepábamos, desde luego, y era una discrepancia tan tensa y radical que inevitablemente nos distanciaba.

Cuando dejé a mi novio y me casé con quien es ahora mi esposa y la madre de mi tercera hija, creo que mi madre debió de sentir una felicidad muy grande, un alivio y un júbilo y una gratitud infinitos porque seguramente pensó que sus incesantes plegarias habían sido atendidas. Desde entonces, y van siete años ya, mi madre y yo hemos vivido nuestros años más felices, más completos, más divertidos, una verdadera luna de miel entre madre querendona e hijo consentido. Me ocurre que la extraño tanto que necesito viajar a verla o pedirle que venga a verme unos días. Los días con ella son perfectos, insuperables. Hablamos de todo, nos reímos como en los viejos tiempos, me provoca hacerle los mejores regalos, invitarla a viajar a ciudades lindas, tenerla cerca de mí. Si me pide que la acompañe un momento a la iglesia, la acompaño encantado. Si me cuenta un problema familiar, la escucho pacientemente. Si me pregunta cómo están las cosas con mis hijas mayores, le respondo con franqueza. Si me entero de que todavía habla con mi ex esposa y mi ex suegra, y es cariñosa con ellas, no me molesto, respeto su libertad.

Una de las cosas que más nos gusta es hablar de política. Muy infrecuentemente discrepamos, y cuando eso ocurre, pasamos a otro tema. A veces pienso meterme en política y ser candidato presidencial solo para complacerla. Me imagino dando un discurso inspirado, caudaloso, persuasivo, y la veo a ella escuchándome con orgullo y aplaudiéndome, y me pregunto si debería dedicarme a la política para darle esa felicidad. Porque si algo he aprendido de mi madre los últimos cincuenta años es que ella nació para servir y proteger a los demás con un poderoso instinto maternal, especialmente a los más pobres y necesitados, y que sirviéndolos, guiándolos y cubriéndolos bajo su manto protector, se redime de todas las adversidades y vuelve a ser la mujer que no le tiene miedo a nada y que es feliz siendo generosa y compasiva, la madre ejemplar de sus diez hijos y de todos los que necesiten de su bondad sin límites, infinita.

 

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