Especial

La relativa paz mundial vuelve a estar tácitamente en vilo. Corea del Norte lanzó una amenaza directa a Estados Unidos a través de su embajador ante la Conferencia de Desarme de la ONU, Ham Tae-Song, van a recibir “más paquetes de regalos” si mantiene sus “provocaciones temerarias” y “presiones” en forma de sanciones contra Pyongyang”.

Aunque el éxito de cualquier prueba nuclear no deja de ser una amenaza de muerte para millones de personas, la peor temeridad es mezclar programas nucleares con frases irresponsables y con chantajes. Las expresiones y palabras que prevalecen en esta escalada en la que dos naciones se amenazan con las peores herramientas de negociación que existen, la intervención bélica y los misiles nucleares, no pueden dejar indiferente al resto de naciones ni a los organismos internacionales.

El día anterior, el Consejo de Seguridad de la ONU fue convocado por la vía de urgencia tras los últimos sucesos relacionados con una amenaza mundial nuclear de las más peligrosas que existen, una que compromete la palabra de un dictador frente a su oprimido pueblo. Allí la embajadora de EEUU ante la ONU, Nikki Haley, dijo que Kim Jon-un “está implorando una guerra”.

No se entiende esa estrategia porque precisamente Corea del Norte es una de las dictaduras más férreas que existen, una nación fuera de control en la que, si el dictador que la dirige de verdad quisiera guerra, guerra tendría. Costase lo que le costase. No solo es el líder irrevocable de una nación que le rinde pleitesía ciega, también es el mando superior de las fuerzas armadas y la máxima autoridad sobre su arsenal nuclear.

Los ultimátum van de un lado al otro, como pequeños misiles tentativos que terminan armando uno mayor, sin embargo, aún no hay una solución concreta y definitiva sobre la mesa. Eso sí, las bravatas siguen lloviendo. El embajador estadounidense ante la Conferencia de Desarme ONU, Robert Wood, dijo a sus homólogos que en el pasado EEUU había intentado entablar conversaciones con el régimen norcoreano “que no tiene ningún interés por el diálogo y continúa con sus programas balísticos”.

Instó a todas las naciones con las que Pyongyang tiene acuerdos a “ahondar en su aislamiento diplomático y económico”. En la gestualidad del embajador norcoreano, se notaba el orgullo de quien representa a una nación que está dispuesta a intimidar a Estados Unidos incluso con los hechos. Lo dice a una semana de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volviera a activar las alarmas en la red social Twitter, “voy a permitir a Japón y Corea del Sur comprar una cantidad sustancialmente mayor de equipos militares altamente sofisticados de Estados Unidos”.

La semana pasada, después del lanzamiento de un misil de hidrógeno de 100 kilotones que sobrevoló Japón, soldados sudcoreanos realizaron maniobras en la zona con fuego real. Este martes han dado un paso más allá, el Ministerio de Defensa sudcoreano afirmó estar dispuesto a permitir el despliegue de armas nucleares estadounidenses en la región. Algo que contrasta con otra de las declaraciones hechas en rueda de prensa por Moon Sang-gyun, en las que afirma que su país mantiene el “principio de desnuclearización”, según un comunicado de la agencia local Yonhap. Como aliados, EEUU y Corea del Norte han manifestado gráficamente la necesidad de dar una respuesta militar contundente. Una foto de Scott Switt, comandante de la flota estadounidense del Pacífico y Uhm Hyun-seong, jefe de operaciones navales de Corea del Sur, aparecen dándose un buen apretón de manos mientras sonríen confiados. Su pacto ya está sellado.

Desde “fuego y furia”, aquellas palabras dichas por Trump para intimidar a Corea del Norte, a Kim Jon-un, la escalada conflictiva y desestructurada ha ido a más con “con todas las opciones sobre la mesa”, supone toda la humanidad, por el bien de todos, que también esté la del dialogo.

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