SINYAR.- El cordero sonríe de oreja a oreja y el ratón a su lado tiene los brazos abiertos, como si éste fuera un lugar en el que alguien pudiera sentirse bienvenido.

Los peluches se balancean con el viento invernal colgados de una valla, empapados por la lluvia de los montes iraquíes de Sinyar. Detrás de esa valla probablemente se encuentren los niños a los que esos peluches pertenecían.

Este es uno de los más de 30 lugares sin nombre en el noroeste de Irak en los que se encontraron fosas comunes. La milicia terrorista Estado Islámico (EI) asesinó aquí a innumerables yazidíes, y cuanto más se hace retroceder a los yihadistas estos días en la ofensiva por Mosul, más fosas se encuentran y más patente se hace el horror de las atrocidades de los extremistas.

Las fosas comunes de Sinyar son testigos mudos de cara a un posible juicio por genocidio contra el EI ante el Tribunal Penal Internacional de La Haya.

El 3 de agosto de 2014, en las primeras horas de la mañana, cientos de combatientes del EI partieron en sus vehículos acorazados desde sus bases al este y al oeste de la cordillera de Sinyar, arrasando con cientos de pueblos que rodeaban estos montes.

Apenas hubo resistencia, pues las fuerzas Peshmerga kurdas se habían retirado de la región. La mayoría de los yazidíes, de los cuales cientos de miles viven en el norte del país, fueron sorprendidos por los extremistas, que consideran a esta minoría "adoradores del diablo".

Aido Kidshan Jussef, un combatiente peshmerga, se quedó para luchar. En su mejilla izquierda tiene una cicatriz desde que un mortero explotó a su lado lanzándole a la cara lascas de piedra. Huyó con decenas de miles de yazidíes a las montañas, donde cayeron en una emboscada cuando el EI los asedió. Jussef y sus hombres defendieron los accesos a los montes con sus vidas.

Pero allí, en el calor sofocante de las montañas, con temperaturas en torno a los 50 grados, la emergencia humanitaria se agudizó. Cuando aviones de una alianza militar dirigida por Estados Unidos lanzaron desde el aire productos de primera necesidad, la situación mejoró algo, pero para algunos ya era demasiado tarde. "La gente murió por falta de agua y alimentos", lamenta Jussef. "Yo los enterré", agrega.

Los refugiados que sobrevivieron pudieron ser rescatados más tarde, cuando se hizo retroceder al EI. Pero muchos otros yazidíes perdieron su vida en alguno de los campos que ahora están vallados y señalizados con un cartel que dice: "Atención. Aquí se encuentra una fosa común".

A unos centenares de metros de la carretera que discurre por detrás de las montañas, cerca de la capital de la provincia de Sinyar, que fue casi completamente destruida, comienza el territorio actualmente controlado por el EI. Hace apenas unas semanas, algunas partes de esta zona fueron liberadas. Sobre la hierba marchita hay casquillos de bala, cargadores y objetos personales.

En algunos de los montones de arena se ven agujeros del tamaño de un puño que han escarbado las ratas. En otra fosa se ven huesos, entre ellos un cráneo humano y una mandíbula en la que solo quedan las muelas.

Hussein Hassun aún está indignado. Se podría haber evitado el genocidio de su pueblo, dice. "Los aviones de los estadounidenses volaron sobre la zona y vieron cómo la gente era masacrada", afirma.

Ahora, agrega, Occidente hizo famosa a Nadia Murad, una mujer yazidí que fue esclavizada y violada por el EI y que ahora es embajadora de la ONU. "¿Se supone que ahora tengo que estar feliz?", pregunta Hassun. "No", responde y asegura que la comunidad internacional es cómplice de los monstruosos crímenes cometidos por el EI.

Hassun está sentado en su casa, en la ciudad kurda de Dohuk. En la mesa frente a él hay una pistola. La televisión está encendida y el móvil suena continuamente, como la noche en la que el presidente kurdo, Massud Barsani, lo despertó y le preguntó si un abogado de La Haya, en calidad de asesor especial, podía preparar una denuncia ante el TPI.

Hassun, que es yazidí, quiere ahora demostrar que los crímenes del Estado Islámico fueron un genocidio. Los investigadores se enfrentan a un gran reto. Deben recoger pruebas en las fosas comunes, encontrar testigos de la matanza y contrastar la información aportada, incluyendo los videos de propaganda que el propio EI difundió de las masacres.

Finalmente, también deben comparar el ADN de los restos en las fosas con las muestras de los familiares de los fallecidos. "La exhumación comenzará en uno o dos meses", dice Hassun.

Sin embargo, incluso si se demuestra la conexión entre el EI y las muertes, se necesita más para poder probar que se trató de un genocidio, como por ejemplo que hubo premeditación.

Eso también lo podría demostrar, afirma Hassun. "Lo que hicieron cuando invadieron Sinyar estaba preparado. Aplicaron el mismo modus operandi en varios sitios a la vez".

Un informe de la ONU también lo confirma. La forma de actuar de los combatientes del EI se regía por un "patrón claramente acordado previamente". Separaron a las mujeres de sus maridos y muchos de ellos fueron asesinadas en aquel lugar, algunos fueron decapitados. Numerosas mujeres fueron secuestradas, esclavizadas, violadas y vendidas.

Aún hay miles de desaparecidas: "Es un genocidio en curso, porque aún hay 3.700 mujeres y chicas en manos del EI", dice Hassun.

Pero incluso si la lucha contra el EI terminara, sería difícil llevar ante el Tribunal de La Haya a los líderes de los extremistas. Todos son sirios e iraquíes, y ninguno de estos países es miembro del Tribunal. E incluso si el Consejo de Seguridad de la ONU hiciera una excepción para facilitar la celebración de un juicio, ¿realmente algún líder del EI se dejaría capturar con vida?

Hassun está "completamente seguro" de que el genocidio se puede demostrar sin lugar a dudas. Solo depende, dice, de que la comunidad internacional le dé una oportunidad.

FUENTE: dpa

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