Se cumple en estos días el siglo de la revolución bolchevique y debemos reconocer que su estudio arroja lecciones de innegable relevancia relacionadas con el análisis histórico, el desarrollo de la ingeniería social y la geopolítica.

En la extinta URSS, no fue difícil imponer una visión oficial –y falsa– de lo sucedido. Entre las groseras simplificaciones propagandísticas se encontraban la de la inevitabilidad de la revolución o la consideración del período situado entre la revolución de febrero y la de octubre como un paréntesis. Igualmente, el golpe de estado bolchevique de octubre de 1917 fue trasmutado en acción de masas.

El colofón era que los bolcheviques habrían sentado las bases de un estado verdaderamente obrero y campesino en cuyo seno el terror sólo había sido una respuesta a las provocaciones contrarrevolucionarias y la dictadura de Stalin un accidente dramático. Lo cierto, sin embargo, es que la revolución de febrero, inicialmente, fue pacífica e incruenta y si el zar Nicolás II hubiera decidido mantenerse en el trono a sangre y fuego ni los primeros revolucionarios ni los bolcheviques habrían alcanzado el poder.

Incluso con la abdicación del zar, si el régimen revolucionario de febrero hubiera podido estabilizarse, el resultado hubiera sido una Rusia regida por el sistema más moderno, democrático y socializado hasta entonces. Sin embargo, el gobierno provisional de Kérensky no supo manejar la situación bélica, respetó la legalidad de manera exageradamente garantista y temió más a los militares que a los bolcheviques. Lenin no tuvo esos escrúpulos. Cuando las elecciones a la Asamblea Constituyente concluyeron con una derrota bolchevique, Lenin la disolvió y comenzó a detener masivamente a sus adversarios. Lenin nunca creyó que pudiera mantenerse en el poder sino por el terror y así lo comunicó vez tras vez a sus compañeros.

En los documentos aparecen instrucciones precisas ordenando matanzas en masa, la creación de campos de concentración y el desencadenamiento de represalias sobre los familiares de los simples sospechosos. Lenin incluso cedió inmensas porciones del imperio ruso a sus enemigos simplemente para ganar tiempo.

La victoria bolchevique derivó de una mezcla de superioridad material, terror despiadado –la expresión es de Lenin– pragmatismo, indiferencia hacia Rusia como nación e intereses de una clientela activa, la comunista, cuyo partido alcanzó durante la guerra una cifra cercana a los tres cuartos de millón de personas. El final de la guerra civil no trajo consigo la conclusión del terror sino que éste quedó configurado, según había dejado bien sentado Lenin en multitud de ocasiones, como elemento sustancial e inseparable del régimen. Así, Stalin no fue una mutación peligrosa sino un hijo directo y legítimo de Lenin y de sus planteamientos. Sólo entre 1929 y 1953, veintitrés millones y medio de ciudadanos de la URSS fueron encarcelados, terminando la tercera parte de ellos su vida ante un pelotón de ejecución.

Sin embargo, no sólo Rusia pagó un precio elevado. Las potencias occidentales, ciertamente, no adoptaron medidas para provocar el final del gobierno leninista. Además no faltaron los empresarios y financieros que vieron a los bolcheviques como una vía directa y segura para acceder a las inmensas materias primas yacentes bajo el suelo ruso. El triunfo de Stalin lo impidió al final, pero una situación muy similar se repetiría con más éxito cuando tuvo lugar el desplome de la URSS.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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