"Tenemos miedo": el silencio de los catalanes no independentistas 
Para Mercé, de 26 años y estudiante de Ciencias Políticas, el auge independentista es "una cortina de humo" del Gobierno regional para distraer a la población de los problemas reales, incluyendo la corrupción

BARCELONA.- Detrás del estruendo político que sacude estos días España y Cataluña por el desafío soberanista en la región, llama la atención un silencio: el de los catalanes que se oponen a la independencia y al polémico referéndum de este domingo. Las encuestas dicen que son mayoría. ¿Por qué no se escucha su voz?

"Porque tenemos miedo. Miedo a perder el trabajo, a que te insulten. Es un reflejo del ambiente que hay", cuenta Xavier, abogado de 48 años. "Ser proindependencia es muy 'guay', queda muy democrático, está de moda. Pero si te atreves a cuestionarlo o simplemente a ser un poco escéptico, te tildan de facha y antidemocrático".

Hijo de catalanes, nacido en Cataluña y residente desde siempre en Barcelona, Xavier siente el autoritarismo del otro lado: "Los que estamos contra la independencia llevamos a nuestros hijos a la escuela en catalán, hablamos catalán en casa", explica. Pero aun así deben medir sus opiniones: "Con un comentario puedes perder amigos".

Es la polarización asimétrica que vive Cataluña: aunque las encuestas dicen que más de la mitad de la población rechaza la ruptura con España y el voto independentista se quedó en el 47.6 por ciento en las elecciones de 2015, el sistema electoral dio lugar a un Gobierno secesionista y solo los independentistas organizan marchas masivas.

Embed

"Los que están a favor chillan mucho, pero yo conozco mucha gente en contra que hacia fuera dice estar a favor por miedo", cuenta Roser. Como Xavier, la jubilada de 64 años ve una paradoja: quienes se manifiestan denunciando la "opresión" del Estado español son los mismos que no admiten luego crítica o disenso, acusa.

"En una época hubo represión", admite Roser sobre la situación de los catalanes durante la dictadura de Francisco Franco (1939-1975). "Pero ahora hay libertad. Puedes hablar catalán, nadie te priva de nada. La prueba es que la gente va por la calle chillando contra Rajoy y el Rey y no pasa nada. Pero sal a la calle a gritar contra el Gobierno catalán o (el partido independentista) la CUP, a ver cómo te tiran piedras. ¿De qué lado está la represión?"

Roser se siente "catalana y luego española", pero quiere que todo siga "como está". "Creo que los países se irán haciendo cada vez más grandes, y nosotros queremos ser más pequeños", lamenta.

Para Mercé, de 26 años y estudiante de Ciencias Políticas, el auge independentista es "una cortina de humo" del Gobierno regional para distraer a la población de los problemas reales, incluyendo la corrupción. Y admite que eso pudo ocurrir gracias al silencio de los no independentistas: "Nos hemos escondido, no hemos hecho nada".

La catalana residente en Barcelona cree que la falta de movilización se debe en parte al reparo con que muchos españoles ven los símbolos nacionales, herencia de su abuso por parte de la dictadura. "Es por el pasado que nos da un poco de miedo. Pero esto que está pasando en Cataluña también da bastante miedo", advierte. "Hay gente que te dice que hace falta una guerra. Es una bomba de relojería".

Desde sus visiones diversas, los tres coinciden en dos puntos: creen que en Cataluña debió haberse celebrado un referéndum legal pactado y culpan a Rajoy de haber alimentado la crisis por su falta de diálogo y su pasividad. "Es un agente doble", critica Xavier: "Ha creado más independentistas que (el partido secesionista) ERC".

Una encuesta publicada el domingo por el diario El País revela que ambos puntos unen a la mayoría de los catalanes, más allá de partidos y tendencias: un 82 por ciento ve en un referéndum legal la salida a la crisis y el mismo porcentaje cree que el Gobierno conservador de Rajoy reforzó el proceso independentista en lugar de debilitarlo.

Diversas entidades intentan dar voz a esa "mayoría silenciosa" de catalanes no independentistas. La principal es la Sociedad Civil Catalana (SCC), creada en 2014 por personas de diverso origen y signo político, que en marzo logró reunir en Barcelona varios miles de personas en una de las pocas marchas contra el secesionismo.

"Queremos seguir conectados con España y Europa por motivos de justicia y de eficacia", explica a la agencia dpa Miriam Tey, vicepresidenta de SCC. "La construcción de una nación es una ficción, como todo nacionalismo. No creemos en los nacionalismos en el siglo XXI. No existe un conflicto real. Se lo han inventado".

Y es una invención con consecuencias: también Tey denuncia un clima de temor entre quienes rechazan la independencia. "No quieren poner en riesgo a sus hijos, someterse a escraches o perder puestos de trabajo. Optan por no opinar, por el silencio, la no provocación".

Es una fractura social que contrasta con la imagen monolítica de una Cataluña pidiendo la independencia con una sola voz. "Dentro del marco mental creado por el nacionalismo, ellos han decidido quiénes son buenos y malos catalanes. Quienes no lo son, están sometidos al ostracismo", concluye May. "La opresión es brutal".