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OPINION
Publicado el 07-31-2010

El engaño viene de lejos

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Por el Rev. Martín N. Añorga


El día 3 de noviembre del año 1952 el envejecido tirano de hoy, Fidel Castro presentó ante las cortes de justicia en La Habana una demanda contra el presidente Fulgencio Batista que recién había escalado el poder por medio de un incruento golpe de estado, acusándole de haber violado la Constitución de la República de 1940. Con este paso inicial quiso Castro perfilarse ante el pueblo como un defensor de sus derechos, adjudicándose la falsa imagen de un amante de las leyes y la libertad.
Un año después, al frente de grupos armados por él organizados, Castro perpetró los asaltos al cuartel Moncada y al Palacio de Justicia en Santiago de Cuba y al cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en las inmediaciones de Bayamo. Este hecho, acaecido el 26 de julio del año 1953, fue conmemorado la pasada semana en la ciudad de Santa Clara. Fue un sorpresivo ataque que cobró decenas de víctimas inocentes. Por medio del mismo Castro quiso iniciar un movimiento revolucionario para derrocar al régimen del presidente Batista. Terminó aferrándose a las túnicas eclesiásticas del Monseñor Pérez Serantes. Fue preservada su vida, disfrutó de un juicio con todas las garantías, cumplió una corta condena carcelaria, pues el 15 de mayo del año 1955 fue objeto de un indulto auspiciado por el Congreso de la República. Todo haría pensar que habiendo sido tratado de manera civilizada en una sociedad de leyes y justicia, él decidiría si algún día escalaba el poder, contribuir a que en Cuba prevalecieran para siempre el orden y la justicia.
No obstante la forma en que fue tratado, y establecidas en Cuba organizaciones que propugnaban por medios civilizados y reconciliatorios la reorganización del gobierno, Fidel Castro desembarcó clandestinamente en la costa sur de la provincia de Oriente para iniciar una lucha guerrillera por su propia cuenta. En esta acción de la que sobrevivieron solamente doce participantes, estaba ya anexado al grupo belicoso el asesino Che Guevara, sobre cuyos supuestos restos se celebró en días pasados un acto de reafirmación revolucionaria.
Castro se las arregló para internarse con unos doce hombres en la intrincada selva de la Sierra Maestra, y su movimiento hubiera perecido casi en el anonimato si no hubiera sido por la aparición de Herbert Mathews, un periodista con ánimo aventurero, del diario “The New York Times”, que lo dio a conocer al mundo como un romántico luchador que prometía la libertad y ...
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