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Las adversidades de la infancia proyectan una larga sombra sobre la salud del adulto y pueden conducir a un envejecimiento mucho antes que quienes no han sufrido traumas infantiles.

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Publicado el 08-31-2010

Estrés infantil

Por María Jesús Ribas.
Agencia EFE

La tensión nerviosa, prolongada o intensa, que sufre un niño durante sus primeros años de vida puede determinar las enfermedades que sufra al llegar a la edad adulta.

No es una novedad que el alto grado de estrés que generan los vertiginosos estilos de vida actuales, sobre todo en las grandes ciudades, guarda alguna relación con el malestar psicológico y los trastornos de la salud de infinidad de personas jóvenes y adultas, causándoles desde problemas para digerir y dormir hasta un mayor riesgo de problemas cardiovasculares.

Pero lo que se ignoraba, o al menos no se conocía tan bien como ahora, es que el estrés afecta a cada vez más pequeños y a edades cada vez más precoces incluso antes de que vengan al mundo, con consecuencias que se harán sentir no sólo en sus primeros días, meses o años de vida, sino a lo largo de toda su existencia, aumentando su vulnerabilidad a enfermar.

Separaciones y divorcios, enfermedades, conflictos familiares, accidentes, pérdidas y duelos, ambientes crispados, problemas escolares o con los amigos, cambios de domicilio o situación económica, sobrecarga de actividades, prisas continuas…

Los desencadenantes del estrés infantil son diversos, pero sus consecuencias son similares. Además de problemas de aprendizaje, concentración, conducta y relación, así como desequilibrios anímicos y psicológicos, el estrés sostenido puede producir en los pequeños, alteraciones fisiológicas importantes.

“Uno de cada tres niños de entre dos y once años de edad padece estrés, superando a la cifra de padres que se reconocen estresados”, según el ‘Estudio sobre hábitos de vida saludable’, elaborado por el Instituto de Creatividad e Innovaciones Educativas de la Universidad de Valencia (España), para el cual fueron entrevistados padres de entre los 30 y 50 años de edad.

PADRES E HIJOS

BAJO PRESIÓN

Los padres admiten que para reducir el estrés de sus hijos deberían tomar medidas como limitar el tiempo que los menores dedican a ver la televisión y jugar con la videoconsola, prestar más atención a cada miembro de la familia para así liberarles de tensiones y ocupaciones, o reducir el número de actividades extraescolares y ocupaciones.

También consideran que para ‘ahorrarle’ estrés a sus hijos, deberían mejorar los hábitos alimenticios manteniendo una dieta sana y equilibrada y practicando deporte con regularidad.

Uno de los principales efectos del estrés es la bajada de las defensas orgánicas de los niños, lo que amenaza su salud infantil, porque al debilitarse su sistema inmunológico aumentan las probabilidades de que sean vulnerables a las enfermedades, de acuerdo a este trabajo, dirigido por Petra María Pérez, catedrática de Antropología de la Educación.

Apunta en la misma dirección otra investigación realizada por un grupo de expertos de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA, por sus siglas en ingles), según la cual el estrés infantil puede determinar las enfermedades que va a sufrir una persona en la adultez y hace a los niños más proclives a padecer una enfermedad de larga duración o incluso tener una muerte más prematura.

Según la APA, algunos estudios demuestran que el estrés padecido en la infancia debido a la pobreza o al abuso emocional puede fomentar las enfermedades del corazón, un mayor riesgo de inflamaciones y un aceleramiento en el envejecimiento de las células.

Las adversidades de la infancia proyectan una larga sombra sobre la salud del adulto y pueden conducir a un envejecimiento prematuro mucho antes que quienes no han sufrido traumas infantiles y en algunos casos la esperanza de vida puede reducirse hasta en 15 años, según una investigación de la Universidad de Pittsburgh (EE.UU.).

CUANDO EL CUERPO

SE AGOTA

La investigación americana confirma resultados de otros estudios que han establecido una relación entre el estrés de infancia y las futuras enfermedades cardiovasculares, según su autora principal, Karen Matthews, quien asegura que los “entornos impredecibles y estresantes conducen a los niños a ser “vigilantes en exceso” respecto de las amenazas reales o supuestas que perciben.

Según Matthews, para los niños estresados las interacciones con otros individuos se convierten en una fuente de estrés, que puede aumentar la excitación, la presión arterial, los niveles de inflamación y acabar con las reservas del cuerpo, lo que produce un riesgo mayor de sufrir dolencias cardiovasculares.

Cada vez hay más evidencias científicas no sólo del impacto físico del estrés emocional en los menores de edad, sino de que sus efectos comienzan a producirse precozmente incluso en los bebés, recién nacidos o en proceso de gestación.

Un dato preocupante es que actualmente un bebé tiene 50 veces más probabilidades de sufrir estrés que hace 15 años, según un estudio dirigido por Francisco Miguel Tobal, profesor de la Universidad Complutense de Madrid.

El estilo de vida actual, con mayores exigencias y cambios en el modelo social y familiar, es el causante de esta mayor incidencia del estrés en la infancia, que puede producirse antes del nacimiento, según esta investigación.

“Las hormonas de la respuesta de activación del estrés de la madre pueden pasar al hijo en formación y durante el parto”, según el estudio, que destaca como causas del estrés infantil: la enfermedad, la falta de cuidados, la alimentación insuficiente o inadecuada, un entorno familiar con falta de afecto o cariño, discusiones o incomunicación, así como diversos factores ambientales como ruidos, aislamiento, soledad u oscuridad.

El llanto, un estado de alerta elevado, irritación y alteraciones en el sueño y en la alimentación, son las formas más habituales de expresar ese estrés, que según el estudio “puede detectarse en el sistema inmunitario de los niños, porque provoca una bajada de sus defensas naturales y, además, puede afectar al desarrollo emocional y social del niño, y causarle baja autoestima y capacidad para relacionarse y problemas de memoria.

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