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Publicado el 04-27-2011

Emilio Salgari: el olvido y la memoria

Por Uva de Aragón


Cuando a los 12 años comencé a estudiar en Ruston Academy, descubrí que mientras mis compañeras y yo habíamos devorado las novelas de Luisa May Alcott y las hermanas Brontê, los chicos de la clase leían con gusto a Eduardo Salgari. Fue suficiente para interesarme por el escritor que contaba historias de piratas y aventuras que transcurrían en tierras lejanas y misteriosas como India y Malasia. Enseguida me di cuenta que sus cuentos eran mucho más divertidos que la trágica vida de Jane Eyre, que llenó de pesadillas mis años preadolescentes. De Salgari recuerdo en especial una escena de “La Perla Sangrienta” que describía vívidamente como la sangre iba siendo succionada de los tentáculos de un pulpo. Debió impresionarme cuando más de medio siglo después retengo aún la memoria de ese pasaje.

También me agradaba Salgari porque, contrario a los libros de textos de historia que condenaban a los piratas, el autor los favorecía. Entonces, a mi edad, simplemente intuía la singularidad de un escritor italiano del siglo XIX cuyas aventuras, aunque imaginadas, atentaban contra el poder colonial.

Pese a que en los cincuenta, décadas después de su muerte, Salgari continuaba siendo el novelista favorito de muchos jóvenes, su vida no fue nada fácil. Nació en Verona en 1862. Desde niño, ansiaba explorar el mar. Estudió en la Academia Naval de Venecia, pero no llegó a graduarse por sus malas calificaciones. Sin embargo, se firmaba Capitán Salgari e incluso peleó en un duelo cuando alguien osó cuestionar su rango. Como tantos escritores, comenzó su carrera de reportero. Se inventó una biografía. Aseguraba haber explorado el Sudán, conocido en Nebraska a Buffalo Bill y navegado los Siete Mares. El Capitán Salgari sin embargo nunca había viajado más allá del Mar Adríatico, pero su poder narrativo era tal que se hizo famoso como hombre de aventuras. Sus fuentes eran librescas: literatura extranjera, periódicos, revistas de viaje, enciclopedias, Él añadía ese maravilloso elemento de incalculable poder: la imaginación. Así creó una galería de héroes, principalmente piratas, corsarios, fugitivos de la ley, maleantes, que peleaban contra el abuso del poder, la corrupción y la ambición. Publicó más de 200 cuentos y novelas de aventuras, situadas en lugares exóticos, al menos para esa época en que el mundo era mucho más ancho y ajeno.

Aunque Salgari se hizo célebre en vida --incluso en Italia en una época era más leído que Dante-- y el Rey lo invistió como caballero, su existencia estuvo marcada por la pobreza y la tragedia, al punto que se suicidó hace exactamente 100 años, el 25 de abril de 1911, de forma sin duda novelesca, destripándose el vientre con un cuchillo de cocina, en una imitación poco elegante del “seppuku” o “harakiri” que se hacían los antiguos samurais para salvar el honor. Dejó tres cartas, una a sus cuatro hijos, otra a los editores del periódico para el que escribía en Turín, y una tercera a su editor a quien acusaba de haberse enriquecido con su trabajo mientras su familia y él sufrían en la mayor miseria. Era verdad.

Después de su muerte, muchos escritores trataron de imitar su estilo, pero ninguno logró alcanzar la misma popularidad. Varias de sus novelas han sido convertidas en libros de historietas y hasta en películas, en ocasiones sin dársele el crédito debido.

Hace pocos días les pregunté a mis cuatro nietos adolescentes si alguna vez habían leído a Emilio Salgari. Me apenó que nunca ni habían escuchado el nombre. En el mundo actual en que podemos viajar hasta al espacio a golpe de ratón, tal vez las novelas de aventuras sean ya cosa del pasado. Pero no dudo que mis antiguos compañeros de aula y muchos otros de mi generación, recuerden con nostalgia las horas que pasaron leyendo al novelista que no pudo ser capitán y navegó los océanos de la imaginación. A ellos dedico este saludo al escritor italiano en el centenario de su muerte.

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