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Vista de uno de los edificios. Fotos Santi Palacios

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Publicado el 08-27-2011

Allá en las alturas

Por Javier Aliaga
Efe


La ciudad boliviana de El Alto, situada en el altiplano andino a más 4.000 metros de altitud y habitada principalmente por pobres indígenas aimaras, es la cuna de una vanguardia arquitectónica representada por edificios que inesperadamente rematan en sus terrazas con un chalet de lujo.

Las construcciones son consideradas como un aporte boliviano a la arquitectura, aunque tiene tantos defensores como críticos que polemizan sobre si el estilo puede llamarse popular, emergente, cholo, barroco contemporáneo o, simplemente, “arquitectura sin arquitectos” o “arquitectura en la que el cliente tiene toda la razón”.

“Para mí, es vanguardia. La arquitectura que se está produciendo hoy es una arquitectura boliviana que se puede traducir en términos de competitividad internacional”, afirma el arquitecto Randolph Cárdenas, uno de los que ha estudiado sistemáticamente estas obras, su estética y su significación cultural y social en El Alto.

Los chalets con sus balcones, columnas, frisos, balaustres, arcos, piscinas e incluso pasto sintético, coronan decenas de edificios de esta ciudad, que es una de las más pobres del continente 400 metros más abajo de La Paz, ésta sede del Gobierno de Bolivia, aunque no su capital (Sucre).

Los ricos comerciantes, transportistas y textileros de origen aimara, la etnia del presidente Evo Morales, son los dueños y diseñadores de estas construcciones radicales que han comenzado a revitalizar la imagen de El Alto, que hasta 1985 era apenas un barrio de La Paz, pero hoy le sobrepasa en población, aunque dos tercios de su millón de habitantes es pobre.

Un paseo por las ruidosas y caóticas avenidas de El Alto permite ver estos edificios de colores intensos, amarillos, naranjas, azules y verdes, con vidrios reflectivos y adornos andinos, aunque todavía dispersos, pero que en un futuro podrían convertirse en una verdadera atracción turística que le daría a esta ciudad una marca urbana si llegan a formarse barrios enteros con viviendas de esas características.

Los edificios también llaman la atención porque en ellos funcionan los más diversos negocios: servicios, entretenimiento o talleres de microempresarios. Por ello, no es extraño ver un restaurante junto a un instituto de educación o un salón de fiestas además de departamentos y oficinas. La razón es el máximo aprovechamiento comercial de las instalaciones para financiar la continuidad de las obras, apunta Cárdenas.

También es curioso ver que muchas de estas construcciones exhiben completamente acabado el chalet en la azotea y los locales comerciales en la planta baja, mientras al medio están cuatro o cinco pisos sólo con lozas y columnas, a la espera de que los hijos del propietario prosigan las construcciones cuando hereden su respectivo piso.

El director del Postgrado en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, Gastón Gallardo, comenta que un chalet sobre un edificio no es algo que se vea en otras partes del mundo y no hay dudas de que el origen del estilo está en El Alto, si bien ha comenzado a expandirse a otras ciudades del país y podrían comenzar a aparecer en casas de los inmigrantes bolivianos en países como Argentina.

Los propietarios participan activamente en el diseño de sus fachadas y compiten por presentar los diseños más originales y suntuosos que sus vecinos con la seguridad de que eso aumentará su prestigio social, aunque algunos parecen haberse inspirado en las casas de muñecas o en mansiones vistas por televisión.

Visitar esas casas por dentro es prácticamente imposible, pues los propietarios aimaras desconfían de las preguntas que se les hacen y prefieren mantener el anonimato por razones de seguridad, pues sus edificios son ostentosos en medio de barriadas visiblemente pobres, aunque también callan porque temen que quienes se acercan por curiosidad sean en realidad fiscalizadores municipales del pago de tributos.

“La casa no es mía y la dueña me dijo que no deje entrar a nadie”, advierte una mujer aimara, que viste el típico bombín, polleras y mantas de las cholas bolivianas. La mujer asegura que no tiene nada que ver con un edificio donde está su ferretería, y exhibe en su terraza uno de los chalets más llamativos del barrio alteño Río Seco porque tiene columnas y balcones, si bien está en un barrio visiblemente inseguro.

Al respecto, Cárdenas comenta que este próspero sector de origen aimara prefiere que los edificios hablen por sí mismos de la identidad de sus dueños: “La casa se constituye en la imagen del propietario”, al punto que si alguien imita los diseños de un vecino, provoca airados reclamos que pueden terminar en conflictos y peleas.

En el barrio 2 de Febrero hay una vivienda azul con símbolos amarillos que puede ayudar a conocer el pensamiento de los propietarios a la hora de diseñar sus casas, aunque en este caso se trate de una vivienda modesta comparada con los edificios citados. El frontis exhibe una balsa de totora (especie de junco) que representa el lugar de nacimiento de la esposa en un pueblo del Lago Titicaca; y una Puerta del Sol de las ruinas arqueológicas de Tiahuanaco donde nació el esposo, en medio de gotas que son un homenaje a la lluvia y varios rombos que representan a los hijos.

“De este modo, la arquitectura se transforma en un lienzo en el que se plasman los deseos, los tributos, los reconocimientos y otros sentimientos que contribuyen a mostrar la identidad individual familiar de los propietarios”, apunta Cárdenas.

En su momento, Gallardo fue uno de los duros críticos de estas construcciones a las que, según admite, trató de forma despectiva; aunque, con el paso del tiempo, su postura ha cambiado porque hoy cree que los edificios son sobre todo “una expresión de identidad, como no se había visto hasta ahora” de los exitosos comerciantes alteños aimaras que resisten culturalmente ser asimilados por el mestizaje.

“Estilísticamente, yo la llamo arquitectura del barroco de origen popular porque creo que es una expresión de lo barroco del sentir de nuestro pueblo: los colores de nuestro pueblo, de la vestimenta de la gente del altiplano”, sostiene Gallardo.

Hay otros arquitectos que siguen descalificando las construcciones usando frases como “arquitectura sin arquitectos” porque los propietarios hacen prevalecer sus opiniones sobres criterios académicos en el diseño y la funcionalidad, o también la llaman “arquitectura chola”, término que, según apuntan Gallardo y Cárdenas, es usado de forma peyorativa y con el fin de asociar un supuesto mal gusto con la palabra “chola”, que alude a un mestizaje en el que el bagaje cultural aimara o quechua es mayor.

“El arquitecto no enseña un cuerno a nadie. Es lo mismo que pensar que los arquitectos diseñan las ciudades. Las ciudades tiene vida propia y los arquitectos no definen nada”, afirma Gallardo, mientras Cárdenas sostiene que la nueva arquitectura de El Alto es un aporte a la disciplina porque se trata construcciones con una estética que representa fielmente la identidad de los propietarios, lo cual no es fácil de lograr hoy en día.

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