Publicado el 09-10-2011
New York
años después
Por Jesús Hernández
Recuerdo aquella imagen espléndida desde lo más alto del Twin Towers. Nueva York lucía infinito entre el río y el océano. Yo era tan sólo un punto en aquel colage pero me sentía grande. Hoy las Torres Gemelas no están para repetir aquel ensueño pero la ciudad sigue siendo tan magnífica como antes.
No importa si llego por tierra, aire o mar, lo importante es que llegue. Una ciudad que se muestra entre las diez más caras del Planeta, pero dejar de visitarla una y otra vez sería un sacrilegio.
De hecho, Nueva York es mucho más que edificios altos, tiendas por departamentos y grandes musicales en los teatros. La gran ciudad del norte, que muchos aseguran ser el ombligo del mundo, es la fusión de cualquier cosa que podamos imaginar, aunque la realidad supere a la imaginación muchas veces.
Atrás dejo el viejo Downtown con el recuerdo de las torres y me voy a SOHO. Un barrio que me llama la atención desde la primera vez que puse mis pies allí. Incluso antes que fuera el sector chic con pintores y galerías de arte que es hoy. Un lugar donde aprecio la permanencia de unas raras fachadas, hechas mayormente de hierro fundido, que fueron muy populares a finales del siglo XIX. Zona de bares, buenos restaurantes internacionales y casas que se hacen llamar de antigüedades. Un lugar donde los locos andan sueltos en la calle y eso me llama la atención. Igual tropiezo con alguien disfrazado de marqués, un chino que trata de cantar en español a todo pecho aquello de Granada o una señora muy emperifollada, con sobretodo y visón, que viste zapatillas Adidas con mugre incrustada camino a su bufete de abogados. La típica vorágine que hace a esta ciudad precisamente encantadora.
Cuesta arriba, andando por Broadway o Quinta Avenida, la ciudad se ilustra a sí misma. No importa si aparece o no otro marqués, un chino cantando cualquier cosa o uno de esos neoyorquinos más genuinos incapaces de pedir disculpas cuando tropieza. Sea eso o el anuncio de un negocio escrito en cualquier idioma menos el inglés, la ciudad logra ilustrarse a sí misma.
Unos pies debajo de la calle, donde poco imaginan el otro palpitar, el tren subterráneo atraviesa las entrañas de la ciudad con otras mil imágenes para mostrar. El trompetista que no le queda otra que conformarse con las monedas que recibe o el vendedor ambulante que vuelve a pregonar lo que pocos quieren comprar. Son cientos de miles de pies apresurados que suben a los vagones seguidos por miradas que no se cruzan, aunque los ojos coincidan frente a frente.
Vuelvo a evadir la plaza a donde los turistas van a tomarse fotos. No sé si quedarme colgado en la escalera de la biblioteca para ver la gente pasar mientras trato de leer algún libro o subir a las azoteas para contemplar la ciudad desde la altura.
Al neoyorquino le importa un bledo si hago una cosa o la otra y a mi me da igual entrar a una iglesia, una sinagoga o una mezquita. Nadie me mira y yo soy feliz. Hago lo primero, lo segundo y lo tercero también.
Si de azoteas se trata cualquiera viene bien. Sea alguna a unos pies de altura u otra a 50 pisos sobre la calle. Prefiero la menos alta para sentirme cerca del asfalto y escuchar el latido de la gente. De los millones que hacen posible el ruido y la pujanza de esta ciudad.
No obstante, subir a lo más alto también tiene sus ventajas, aunque nunca logre repetir el ensueño de las Gemelas.
Unos prefieren la vista del Empire State y se van al Rare View, el Hotel Metro o el Top of the Strand. Tres terrazas con bar y restaurante que se disputan la mejor imagen del edificio de King Kong.
Yo prefiero la azotea Upstairs del hotel Kimberly para tener al Chrysler cerca. Tal vez el Salon de Ning del Peninsula con amplia vista al Central Park. Incluso el palomar de la prima Ada, que sin más aditivo que estar en medio del Bronx muestra la otra cara de un New York que apenas conocemos. Abajo, al doblar de la esquina, los niños juegan a la pelota sin pensar en mañana. Desde el otro lado, donde los más jóvenes van a conversar y tampoco piensan en mañana, el olor penetrante de lo prohibido sube hasta alcanzar mi altura.
De vuelta a la Quinta Avenida, donde todo parece brillar, me voy al Central Park. Ese inmenso parque rodeado de edificaciones que, además de ser pulmón urbano y refugio de muchos, es mural de colores durante el otoño. Preámbulo del Met donde termino cada visita a Nueva York. El siempre apetecido Metropolitan Museum con sus egipcios, griegos y romanos. ¿Qué más pedir?
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